Por: Klaus Ziegler

Disgrafía y el doctor Google

La carta de renuncia del profesor Camilo Jiménez ha tocado una fibra sensible. Solo así se explica el caudal de tinta que ha corrido acerca de un acontecimiento intrascendente, una decisión personal quizá más motivada por un afán de protagonismo que por otra cosa. Si la deficiente preparación del estudiantado o su falta de entusiasmo fuesen motivo para abandonar la academia, los profesores tendríamos que haber renunciado en conjunto, hace años.

Son muchas las razones que se han dado para explicar la lastimosa situación que llevó a Jiménez a dejar su cátedra. Un columnista de este diario situó el origen del problema en el momento mismo en que los bogotanos comenzaron a pensar en su ciudad como la Atenas suramericana, una conclusión algo curiosa, por decirlo de manera educada. Otros, con mejores razones, le atribuyen la culpa a la reforma del sistema educativo, la cual permitió que los alumnos ganaran el año, así reprobaran varias materias. Pero entre todas las explicaciones hay una, la más obvia, aunque pocas veces se menciona: los jóvenes no saben escribir porque ni en bachillerato ni en la universidad se les enseña.

Hay que entender que el desarrollo de una destreza particular requiere un entrenamiento específico. El ajedrez se aprende jugándolo, y no estudiando matemáticas, de ahí que un buen matemático no sea necesariamente un ajedrecista competente, ni viceversa. Conozco pensadores brillantes, nada talentosos a la hora de escribir. Hay escritores destacados, pero incapaces de generar una sola idea de valor. Y hay individuos de extraordinaria capacidad literaria, aunque de pobrísimas facultades para el razonamiento abstracto, como es el caso de un gran novelista colombiano cuya megalomanía lo ha llevado a publicar libros ridículos en los que presume de haber refutado a Darwin o a Einstein.

Para aprender a escribir hay que ejercitarse en la escritura, y como todo aprendizaje, entre más temprano más provechoso. Sería conveniente que en las clases de español de la secundaría se insistiera en ejercicios semanales en los cuales el alumno se viera forzado a escribir pequeños ensayos, a resumir lecturas cortas, o a narrar historias breves. Cada escrito no debería extenderse más allá de unos cuantos párrafos, lo que facilitaría la corrección de errores de estilo, redacción, ortografía y gramática más frecuentes. De otro lado, sería preferible recomendar la lectura de textos que fueran de interés para los adolescentes, y que correspondiesen a su madurez intelectual, y soslayar aquellas obras literarias más complejas, que resultan aburridas e indescifrables para la mayoría de los jóvenes.

Dejando de lado las cuestiones de estilo, un texto bien escrito debe ser ordenado, claro, conciso y sin faltas gramaticales, tarea de por sí nada fácil. Incluso la carta del profesor Jiménez no pasaría el examen riguroso de un comité editorial, pues no está libre de algunos defectos menores, como el hecho de que en una misma frase haya números cardinales escritos en palabras, unas veces, y otras veces con guarismos, cuando en ese caso específico los manuales de estilo recomendarían escribirlos todos en palabras.

Para los nostálgicos del pasado, los estudiantes no aprenden a escribir porque pierden el tiempo frente a la pantalla de un computador. Olvidan que este instrumento, más que cualquier otro, ha facilitado la escritura. Conozco niños de escasos cuatro años que se las ingenian tecleando para buscar en YouTube sus canciones favoritas, o para contactar a sus amiguitos a través del chat. Sé de jóvenes que crean sus propios blogs y se animan a escribir porque saben que sus artículos serán leídos. Generaciones atrás, en contraste, los muchachos perdían igualmente el tiempo, pero en actividades que no dejaban ningún desarrollo intelectual. Y no era que escribieran mejor, ni peor: ¡no escribían! Y hoy son adultos que no leen, y escriben menos.

En su carta, el profesor Jiménez se precia de no usar Power Point en sus clases. Y sobre el internet comenta: “Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos veinteañeros alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google”. “No me he sintonizado con los tiempos que corren”, reconoce Jiménez. Pero esta falta de sintonía muestra un conservadurismo que se traduce en un desperdicio de recursos invaluables. El “doctor Google” bien puede ser el salto cultural más grande de la humanidad, después de la imprenta. Nunca antes se había tenido una enciclopedia del tamaño de Wikipedia, ni el acceso inmediato a diccionarios en línea, tratados de gramática, vademécums, textos especializados, mapas, imágenes, cursos interactivos… Hay allí partituras, tutoriales, e instrucciones para realizar prácticamente cualquier cosa, desde un examen de mama hasta doblar una camiseta. Sus anaqueles virtuales contienen todas las grandes obras literarias, y sus traducciones a todos los idiomas; las grandes composiciones de la música universal; las interpretaciones de Gould, de Rubinstein, de Caruso… Todas las melodías y canciones populares, desde la inmortal “Innsbruck, ich muss dich lassen”, hasta Juanes. Y todas las obras de arte, sin movernos de la pantalla.

Es lamentable que el apego romántico al pasado de algunos educadores los lleve a desaprovechar esta verdadera “biblioteca de Babel”, así como los recursos que proporcionan los procesadores de palabras, los correctores de ortografía, los traductores…, instrumentos que podrían utilizarse para mejorar la calidad de la educación, desde el kínder hasta el posgrado.

Nota: En respuesta a las inquietudes de algunos foristas, puedo asegurar que en ningún momento he suprimido opiniones en este foro. Ni siquiera dispongo de esa posibilidad. Los lectores están invitados a que expresen libremente sus puntos de vista, sus desacuerdos y sus quejas. Aprecio sus críticas, y disfruto de la polémica que las ideas aquí expuestas usualmente generan. Totalmente opuesto al espíritu de esta columna sería tratar de imponer una censura al pensamiento contrario.

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