Por: María Elvira Samper

La alegría de leer

Como onda expansiva, la carta de renuncia del profesor Camilo Jiménez a su cátedra en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Javeriana ha producido reacciones a lo largo y ancho de la red y de los medios tradicionales, reacciones que van desde cuestionamientos por su incapacidad para, como él mismo lo reconoce, sintonizarse con los nuevos tiempos, pasando por interrogantes sobre de quién es la responsabilidad de que los jóvenes aprendan a leer y escribir y cuál es el modelo de educación que queremos, hasta análisis sobre las diferencias generacionales, la cultura multitarea y los sistemas de pensamiento.

Para mí, que clasifico en la categoría de los “clásicos y antiguos”, que no pertenezco a la generación del chip y de Google sino a la del tubo y las enciclopedias y que no soy capaz de escribir, ver televisión, hablar por celular, mirar el correo electrónico y oír radio al mismo tiempo, el profesor toca un punto vital para mi oficio y muy sensible en lo personal, dadas mi formación universitaria y herencia familiar, pues crecí rodeada de libros con un abuelo ratón de biblioteca: los estudiantes no leen. Una queja vieja y generalizada en un país que no es ni ha sido de lectores: 13 millones de colombianos leen, en promedio, un libro al año, y la mayoría son estudiantes de entre 12 y 25 años, la misma franja que lee más en internet, según la encuesta sobre Prácticas de Consumo Cultural del DANE (2009).

El problema es que pese a que ha aumentado la lectura en internet, que permite circular por varias rutas, los jóvenes tampoco saben leer en internet. Así lo revela una evaluación internacional de comprensión y lectura de textos digitales hecha por PISA (2009), en la que participaron Colombia, Hong Kong, Macao y los 16 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y en la que ocupamos el último lugar. De los 1.500 estudiantes de 15 años de 140 colegios que fueron evaluados, el 68% quedaron por debajo de los niveles más bajos de la prueba. Podían navegar y encontrar información, pero tuvieron dificultades para calificarla o valorar su utilidad para responder a las preguntas de la evaluación.

Los “nativos digitales”, como los llama el profesor Jiménez, pueden ser más ágiles mentalmente, más rápidos con los dedos, más veloces para encontrar información y respuestas inmediatas, pero son también más dispersos, con dificultades para concentrarse y con no poca frecuencia incapaces de integrar información dispersa en significados nuevos. Razón tiene el profesor Jiménez cuando dice que algo está pasando en la educación básica y en las casas de los menores de 20 años. Corresponde, entonces, a maestros y profesores entender las nuevas tecnologías, que hay nuevos lectores y que los modos de leer están cambiando, que su tarea es ayudarlos a desarrollar competencias para utilizar la información en forma creativa. Y a los padres comprender que ellos son los primeros responsables de sembrar en sus hijos las semillas del amor por la lectura.

Por lo pronto, y para terminar, yo reivindico, como el profesor Jiménez, el placer solitario de leer libros de papel. Bien dice el profesor Harold Bloom en Cómo leer y por qué *: “A la información tenemos acceso ilimitado; ¿dónde encontraremos la sabiduría? Si uno es afortunado se topará con un profesor particular que lo ayude; pero al cabo está solo y debe seguir adelante sin más mediaciones. Leer bien… es el placer más curativo”. ¡Feliz Navidad!

* Bloom, Harold, Cómo leer y por qué (Editorial Norma, 2000).

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