Por: Julio César Londoño

Si el mundo terminara…

Desde hace mucho tiempo, tal vez desde Rousseau, ha hecho carrera la opinión de que el progreso no existe, que todo tiempo pasado fue mejor, que la especie corre rumbo al abismo y que el fin del mundo es inminente. Argumentos no faltan: las hambrunas, las guerras, las catástrofes naturales, las epidemias, la pobreza, el cáncer, el crecimiento de la población, los índices de criminalidad, la corrupción y el calentamiento global parecen darles la razón a los profetas del apocalipsis.

Otros creemos que, pese a todo, la historia de la humanidad es una curva de progreso empinado y sostenido. Y también tenemos buenos argumentos. Veámoslos. Aunque la población se ha multiplicado por seis desde 1800, la esperanza de vida es el doble y el ingreso real se ha incrementado nueve veces.

“Entre 1955 y 2005 el asalariado promedio triplicó sus ingresos, comió un tercio más de calorías, enterró un tercio menos de hijos y su esperanza de vida aumentó un tercio. Era menos probable morir por guerra, asesinato, parto, accidentes, tornados, inundaciones, hambre, tosferina, tuberculosis, malaria, difteria, tifus, tifoidea, sarampión, viruela, escorbuto o poliomielitis. Era más probable estar alfabetizado y haber terminado la escuela, ser dueño de un teléfono, un retrete conectado al alcantarillado, un refrigerador y una bicicleta” (Matt Ridley, El optimista racional, pág. 25, Taurus, 2010).

Hay un dato que me interesó personalmente: con una hora de trabajo, hoy podemos pagar 300 días de luz eléctrica para leer. Con una hora de trabajo de 1800, apenas habríamos podido pagar diez minutos.

Ahora podemos comprar en la esquina, y por tres centavos, unos discos blancos que nos quitan en segundos el dolor.

Ahora los negros tienen alma, los indios reservas, las minorías representación, las mujeres oportunidades y los niños derechos. Todavía hay abusos, claro, pero al menos ahora son mal vistos. Antes, los derechos humanos eran un chiste. Hoy se consideran incluso los derechos de la naturaleza.

Si hay tantos índices de progreso en la historia de la humanidad, ¿por qué predomina una visión pesimista del futuro? Creo que hay dos razones. La primera es morbosa: tenemos una debilidad atávica por la tragedia (en la literatura clásica hay diez trágicos por cada cómico). Gritar que el mundo termina en diciembre de 2012 es más emocionante que pronosticar que será “ventoso y parcialmente nublado”.

La segunda razón es práctica. El pesimismo tiene un valor preventivo que no tiene el optimismo. Hay que reconocer que, a pesar de los notables avances en bienestar e incluso en ecología, los problemas a superar son enormes. Para empezar, tenemos que encontrar la manera de meter en cintura la economía de mercado, esa deidad irascible y omnívora.

Quiero pensar que la especie sobrevivirá. Somos el animal más raro del universo conocido; mucho más interesante, si me disculpan, que el cóndor y el chigüiro. Y sería una pena que ya no hubiera quien elucubre ecuaciones, entone canciones, eleve plegarias y trame aforismos. Y medidas para proteger a los cóndores y a los chigüiros.

Ahora, si los pesimistas tienen razón, si la especie humana desaparece por su torpeza y mezquindad, ojalá que no nos lo llevemos todo por delante, que queden siquiera algunos vestigios de vida, unos brotes con los cuales la naturaleza pueda volver a llenar el mundo de vida y color, de flores y pájaros; y ojalá que alguna de estas criaturas, una orquídea o un delfín, evolucione hasta alcanzar un nivel de pensamiento complejo, porque es una lástima pensar que un día renacerá la belleza en el mundo y no habrá entonces una inteligencia capaz de celebrarla en himnos y cifrarla en ecuaciones.

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