Por: Felipe Zuleta Lleras

No más toros

En las redes sociales se ha puesto de moda nuevamente el debate sobre las corridas de toros. Pero como todo en Colombia, cuando hay personas que disienten, sin importar el tema, son víctimas de toda clase de insultos y alevosos ataques. Claro, eso no es raro en un país intolerante como el nuestro, en donde pensar diferente lo vuelve a uno objeto de amenazas permanentes. La civilización y el diálogo respetuoso ciertamente no forman parte de nuestra idiosincrasia.

Durante muchos años fui a las corridas en la plaza de toros de Bogotá y, precisamente por eso, es que dejé de asistir al convencerme que la llamada fiesta brava es de una barbarie monumental. La manera como transcurre el espectáculo, las trompetas sonando mientras el toro va siendo sometido a la crueldad de los picadores y toreros no deja de ser, en mi concepto, un rito cruel y despiadado. Los trajes de luces, el paseíllo, la pompa casi celestial, para matar a unos animales que salen con bravío a defenderse de sus verdugos engalanados.

La cólera que se les siente a los asistentes cuando el toro busca las tablas, como queriendo escapar de la masacre a la que lo están sometiendo, la vociferación perversa que se oye cuando el matador no logra enterrar su brillante y afilada espada en el corazón fatigado de su víctima, la descabelladla insensible porque el animal se resiste a morir.

Y este debate se ha dado en otras latitudes. Es más, la plaza de toros de Barcelona dejó de serlo por decisión de los legisladores que consideran que este espectáculo es cruel. Eso es civilización. Pero claro, eso jamás pasará en este país, porque nuestra mal llamada clase dirigente es la que asiste a los toros, unos para lucirse y pasearse como reinas, y otros, porque verdaderamente saben de toros y los disfrutan, como si se tratara de una cosa natural y sana.

Aun entre los taurófilos existen serias rivalidades. Por ejemplo, en estos días mi amigo Germán Jaramillo, taurófilo como nadie y conocedor como ninguno, razón esta que no interfiere con nuestra amistad, se atrevió a comentarle al señor Felipe Negret, presidente de la Corporación Taurina de Bogotá, alguna cosa sobre la temporada que se avecina. A este señor no se le ocurrió nada más que insultar a un caballero que hacía algún comentario. En un gesto de intolerancia característico de los que se sienten los dueños de la verdad revelada y aún de la misma plaza. Pero claro, qué le puede importar al señor Negret si maneja la plaza de toros de Bogotá como a bien le viene en gana.

Porque dentro del debate que se debe dar está no sólo el de si deben o no matarse los animales, sino también el de cómo y quiénes manejan las diferentes plazas en el país. Y que empiecen los insultos, que serán recibidos con la tolerancia que no tiene el señor Felipe Negret y quienes asisten sagradamente a soslayarse con la muerte de unos animales que parecen no tener quién los defienda. ¡Y que empiecen los sanguinarios insultos!

 

Twitter @Fzuletalleras

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