Por: María Elvira Bonilla

El derecho al disfrute

Un grupo de taurófilos encabezado por los escritores Antonio Caballero y Alfredo Molano firmaron una manifiesto en defensa del disfrute de las corridas de toros o de la fiesta brava, como se le dice con solemnidad.

Lo suscitó, y con razón, la actitud drástica del alcalde Gustavo Petro frente a este espectáculo con tres siglos de antigüedad, pero que genera polémica y resulta incomprensible para muchos.

Petro no sólo actuó en lo que le concierne y tiene incidencia directa: utilizar o no el palco reservado para él, su familia o las personas del gobierno que designe, y decidir sobre la pauta publicitaria de las empresas del Distrito en la plaza de toros. Su negativa en ambos casos refleja su posición: no apoyar el espectáculo. Ha dejado saber, incluso, que estaría dispuesto a prohibir las corridas en Bogotá.

El cierre de la Plaza de Toros de Barcelona el año pasado creó un precedente que ha dado cabida a actitudes como la de Petro o la de cualquier otro alcalde al que no le gusten las corridas o crea estar interpretando un sentimiento popular. Pero un gobernante no puede excederse en prohibiciones ni legislar sobre temas que están asociados más al disfrute individual y el derecho que tiene cualquier ciudadano de impulsar espectáculos que no atenten contra el bienestar colectivo, sin que tengan que ser del agrado de todos. Y éste es precisamente el espíritu del Manifiesto de los periodistas, que dice lo siguiente: .

“Las corridas de toros, como las conocemos hoy, datan en España y en la América española de la época de la Ilustración (1750-1850). Los señores de a caballo de las antiguas fiestas son sustituidos por los peones, y se escriben los primeros reglamentos taurinos, que buscan tanto proteger la vida del torero como preservar la integridad del toro hasta el momento ritual de su muerte. Son normas que al ser observadas permiten que el juego del toreo se transforme en arte. Un arte específico que contiene los ideales de la cultura hispánica: el sentido trágico y heroico de la vida. El toreo es así una gran metáfora sobre la vida y la muerte.

Como todo arte, el del toreo no es comprendido por todo el mundo. Pero esa no es una razón para atacarlo y pretender prohibirlo con el argumento de que es cruel, detrás del cual se esconde el simple afán de prohibir los gustos y aficiones de los demás.

Nosotros, aficionados a la llamada fiesta brava, reclamamos y defendemos nuestro derecho a gozar de una tradición artística pacífica. Reclamamos nuestro derecho a la libertad de opción cultural, como se respeta la libertad de conciencia. El ataque a las corridas es una manifestación violenta de intolerancia cultural y social. Así como no pretendemos imponerle a nadie nuestra afición, exigimos respeto absoluto por nuestros gustos y sentimientos.

También nosotros somos defensores del medio ambiente y de la conservación de las especies, que incluyen la del toro bravo, y en consecuencia las condiciones que hacen posible su crianza y su existencia”.

Lo de Petro respecto de la fiesta brava podría repetirse con otras formas de entretenimiento. El alcalde no debía traducir sus gustos o cálculos políticos en normas para los ciudadanos. Un comportamiento que linda con el autoritarismo, que desdice del talante democrático que alimenta buena parte de su propuesta política. Mal precedente, alcalde.

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