Por: Piedad Bonnett

De lo que se extingue

"Todos los días del mundo/ algo hermoso termina", escribe el poeta checo Jaroslav Seifert.

Piedad Bonnett

En efecto, cada tanto muere un arrecife de coral, se agota un bosque, o una estrella da paso a un agujero negro. Cada hora desaparecen tres especies de flora y fauna y cada dos semanas se extingue una lengua para siempre. En este mismo momento miles de relaciones que fueron excelentes se rompen, cientos de viajes extraordinarios terminan.

El proceso de extinción de costumbres, dichos, nombres y objetos es continuo. Muchas cosas que conocimos en nuestra infancia o en nuestra adolescencia han desaparecido o van desapareciendo, algunas veces para nuestra fortuna: ya las señoras no usan enaguas, ni los hombres pañuelo o zapatones para la lluvia. Desaparecieron el esténcil, el radio transistor y los pisacorbatas. Y numerosas palabras del habla cotidiana también van cayendo en desuso y finalmente mueren. Si usted dice taburete, opina que ese vendedor es una posma o pide que le traigan la comida en el azafate, es que tiene más de cincuenta años. Y no le pida a sus empleados que se sienten en corro porque lo van a mirar con extrañeza.

Pues bien: me parece que esa misma suerte le espera al punto y coma. Sí, al efectivo punto y coma, que nos salva de la escritura telegráfica que implican las frases muy cortas o de la confusión que muchas veces resulta de usar sólo comas en una oración. A ese signo que tan bien se porta antes de un pero, de un más, del sin embargo, del por consiguiente; el que nos sirve para ligar de una manera sutil —ni tanto ni tan poco— una idea con otra; el que enriquece los ritmos de las oraciones.

Comencé a notar su desaparición mientras leía los textos de mis alumnos, la mayoría de los cuales jamás ha reparado en su existencia. Pero como escribir bien no es hoy por hoy algo corriente en los estudiantes, me fui a indagar en periódicos y revistas. Comprobé, con cierta alarma, que una gran mayoría de cronistas o columnistas jamás acude a su ayuda y que en los espacios dedicados a las noticias no se le ve por ninguna parte. Bueno, el periodismo casi siempre va de prisa. Entonces fui a mi biblioteca y abrí algunos libros al azar. Empecé por los novelistas: allí está en Piglia, en Borges —por supuesto— y en el gramático Fernando Vallejo. Como no lo encontré por ninguna parte en Vila-Matas ni en Saramago ni en el joven Zambra, me dije que quizá en estos creadores de ficción su omisión sería una cuestión de estilo. Entonces corrí a consultar a los ensayistas: al fin y al cabo es en trabajos argumentativos donde el punto y coma resulta más útil. Mi primer descubrimiento me puso a temblar: en La tentación de lo imposible, de Mario Vargas Llosa, ¡no hay ni un solo punto y coma! Tampoco en ese enamorado de las palabras que es Alex Grijelmo, ni en otros de cuyo nombre no quiero acordarme.

Mi breve pesquisa me hace pensar que estamos ante un signo, si no amenazado de muerte inmediata, sí debilitado y condenado a la extinción. Algunos dirán que más se perdió en la guerra. Yo me duelo. En un mundo que tiende a la rotundidad y la simplicidad del blanco y negro, ese pequeño alfil de la lengua castellana, de uso tan subjetivo, siempre ha cumplido el humilde pero importante papel de poner el matiz, marcar los grises.

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