Por: Ramiro Bejarano Guzmán

En defensa de unos magistrados

Confieso mi asombro por la ligereza e irresponsabilidad con las que la jauría de la ultraderecha y el Gobierno descalificaron el contundente fallo que ratificó la condena al coronel Plazas Vega, por la desaparición de dos personas en los hechos de la toma del Palacio de Justicia.

Para empezar destaco que los magistrados, incluido quien salvó el voto, coinciden en señalar que el M-19 fue un grupo terrorista y que sí hubo desaparecidos. No hay tal, pues, que el magistrado disidente hubiese discrepado de todo, pues inclusive estuvo de acuerdo en la exhortación a la CPI y en exigir al Ejército pedir perdón.

Las pruebas que permitieron ratificar la condena, se ofrecen verosímiles. El cuento de que el testigo Édgar Villamizar nunca declaró y que se trató de un invento de la Fiscalía, fue destrozado. El Tribunal no dejó duda alguna de que es un señor de carne y hueso que trabajó en inteligencia militar y en la Fiscalía, y que rindió la declaración que pretenden ignorar con artificios. Quedó también sepultada la afirmación mendaz de que a Plazas Vega lo condenaron solamente con el dicho de este único testigo, pues son muchas las evidencias que permiten concluir que sí participó y es responsable de los hechos punibles por los que ha sido condenado.

La defensa del coronel Plazas Vega —el único preso del mundo que tiene micrófonos abiertos para insultar a sus jueces— se ha enderezado a sostener que él no es responsable porque no tuvo mando. Otra cosa revelaron unos documentos cardinales que lo comprometen y varios testigos —inclusive de militares— que lo vieron muy activo en esos azarosos días de noviembre de 1985, como lo vimos los colombianos anunciando su peculiar defensa de la democracia.

La decisión del tribunal de exhortar a un fiscal extranjero para que examine la eventualidad de presentar el caso ante la CPI, no es una decisión descabellada, como lo pregonó el alto Gobierno. No sólo el tribunal encontró probado que en el rescate atroz del Palacio hubo una estructura de poder dirigida por un comandante en jefe, que era Belisario, sino además que en las dos ocasiones que la Comisión de Acusaciones lo ha exonerado, lo hizo con razones insólitas. En efecto, en 1986 sostuvo que Belisario no tenía que responder penalmente porque había ejercido con libertad un acto político que no estaba sujeto a control jurisdiccional; y en 1990 fue peor, porque desechó la investigación penal, para que todo quedara a juicio de la historia. ¿Es eso justicia? Es inexplicable que el Gobierno que quiere acabar con la Comisión de Acusaciones, ahora la defienda como emblema de la justicia. ¡Qué horror!

A lo mejor la CPI reitera su providencia de que en estos casos no hay lugar a adelantar pesquisa alguna, pero su sola intervención despejará para siempre a las víctimas el sinsabor de que no contaron con un juez imparcial, pues jamás fueron oídas en las actuaciones de la Comisión de Acusaciones.

Que el Ejército pida perdón, no es una afrenta, ni algo nuevo. Ya lo han ordenado la Corte Suprema y la Corte Interamericana de Derechos Humanos en otras ocasiones, como en las masacres de Trujillo y Mapuján, donde actuaron agentes del Estado. Que el M-19 haya ejecutado la toma, no purga el imborrable error de las Fuerzas Militares de haber ejecutado la demencial estrategia de retomar el Palacio menospreciando la vida de los rehenes del grupo terrorista.

Mal paso el del presidente Santos, al romper la neutralidad que su dignidad le impone, para ofender gravemente a la justicia toda, otra vez por cumplir su deber.

Con razón el inmolado magistrado Reyes Echandía, con ocasión del homenaje que sus amigos y discípulos le rendimos por su designación como presidente de la Corte, nos dijo unos meses antes de que cayera calcinado ante la indolencia del Gobierno: “ Paradoja brutal la del juez que, siendo titular del soberano poder de juzgar a los hombres, sea al mismo tiempo el más indefenso de los mortales”.

Adenda. Y hasta cuándo tendremos que soportar a ese troglodita dirigente del fútbol, Álvaro González, diciendo sandeces.

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