Por: Pascual Gaviria

Enfermedad vaticana

Tal vez sea imposible encontrar a alguien más burdo a la hora de los prejuicios sexuales que Álvaro González Alzate.

Su ignorancia y sus pesadillas sirvieron para alimentar la risa y la rabia durante una semana. Lo suyo es la caricatura involuntaria, el desparpajo de un contertulio de cafeterías en la orilla del fútbol aficionado. Pero hay hombres con majestades que pueden ir un paso más allá. Han aparecido las declaraciones de los Monseñores y uno se da cuenta que hay personajes más cínicos y más perversos que el presidente de la Difútbol. Porque una cosa son los disparates de lesa estupidez, y otra los sermones en causa propia que buscan discriminar y al mismo tiempo exculpar los delitos de miles de sacerdotes.

El Vaticano acaba de reconocer las culpas de su rebaño en 4000 casos de pederastia que las víctimas se atrevieron a denunciar en los últimos 10 años. Y reconoció también que intentó tapar bajo el velo oscuro de la confesión lo que eran delitos graves. Siempre han preferido llamar pecadores a los violadores con sotana. El largo escándalo de abusos por parte de sacerdotes y laicos vinculados a la iglesia debería suscitar un necesario Mea Culpa: no estaría mal que la jerarquía católica se impusiera un silencio (y un cilicio), una especie de inhabilidad para hacer recomendaciones públicas respecto a temas de orientación y derechos sexuales. Que intenten expiar sus pecados en los claustros, los colegios y las iglesias antes de pontificar y rezar por una sociedad que consideran mundana. Es difícil buscar la santidad con los retorcimientos de El Bosco como telón a la espalda.

Hace unos meses Monseñor Juan Vicente Córdoba dijo, respecto de la adopción de dos niños colombianos por parte de un homosexual gringo, que eso era tan peligroso como poner a diabético a vivir en una dulcería. Una muestra de que las obsesiones sexuales de los sacerdotes han llegado muy lejos y necesitan tratamiento. Ellos mismo lo saben y eso se les aplaude: el reconocimiento de los 4000 casos de pederastia se da en el marco de un simposio en la Pontificia Universidad Gregoriana llamado “Hacia la curación y la renovación”.

Pero Monseñor Córdoba no ha sido el único. Hace unos días le siguió los malos pasos Monseñor Rubén Salazar, Presidente de la Conferencia episcopal colombiana. Sus declaraciones iban en contra de las clases en colegios bogotanos que intentan mostrar la diversidad sexual como algo natural que no debe generar asco ni rechazo. La idea es tan simple como que los homosexuales no deben ser crucificados. Hace unos años dos adolescentes lesbianas en Manizales fueron señaladas por la rectora y chifladas por todo el colegio en una especie de sacramento de crueldad. A Monseñor Salazar le parece que erradicar los prejuicios y alejar el miedo puede “inculcar” valores malsanos en los jóvenes. Según su cátedra la homosexualidad no es contagiosa pero su práctica se alienta al levantar los estigmas que le ha colgado la sociedad.

Y sin embargo uno debe condolerse de los sacerdotes y su fragilidad. Ellos son víctimas de un mundo perverso que los incita al pecado. Le preguntan a Monseñor sobre la dificultad de los hombres de sotana para mantenerse castos y dice que no es fácil, que antes se respiraba un ambiente más sano y que la sociedad de hoy los “incita al sexo”. El mundo “erotizado” enferma a los curas. Solo falta que no solo haya que perdonarlos sino pedirles perdón. Definitivamente prefiero tomar gaseosa con González Alzate que comulgar con Monseñor Salazar.

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