Opinión |20 Feb 2012 - 10:00 pm

Ciudades invisibles

Ciudades invisibles

El derecho al silencio

Por: Ciudades invisibles

La calidad de vida en las ciudades contemporáneas se valora con base en la concurrencia de una diversidad de indicadores. Entre ellos, y aunque resulte extraño entre nosotros, el grado de contaminación sonora y el ejercicio efectivo del derecho al silencio, como una política de salud pública que preserve individual y colectivamente adecuados umbrales de intensidad auditiva.

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Su origen es el incremento lesivo del ruido emanado por motores, frenos y pitos de vehículos automotores o motocicletas, por perifoneos, altavoces publicitarios y músicas atronadoras e indiscriminadas, además de ensordecedoras emisiones derivadas del tráfico aéreo —entre otras adversidades ya mitigadas decididamente en muchos países—, pero particularmente, por el trasiego indescriptible de sirenas de ambulancias que maltratan por doquier y a toda hora nuestra ciudad.

Están comprobados los crecientes casos en que tales vehículos no albergan enfermo alguno, pues se disponen al servicio de sanos y solventes clientes, urgidos por acceder con rapidez a sus lugares de destino, a la manera de un singular servicio exclusivo y expreso, cuando no se dedican a eficientes modalidades de mensajería, evidencias ambas claramente abusivas e ilegales.

El hecho cierto es que atormentan a diario y sin descanso, más aún ante la comprobación de que las presuntas urgencias se incrementan en las horas de mayor congestión vehicular y que por una insondable reiteración del destino, descienden en las horas valle, fines de semana u horarios nocturnos y que, claro, como siempre, nuestras autoridades ambientales y de Policía permanecen a espaldas de una situación que ya se tornó endémica en Bogotá.

Preocupa además, ante tan indignante y fastidiosa circunstancia, la progresiva indolencia de la ciudadanía frente al paso prevalente que debe brindarse a este tipo de vehículos, quizás anestesiada ante la frecuencia e intensidad de unas sirenas que, sumadas a la velocidad y a los aullidos amplificados de sus energúmenos conductores, no pueden menos que agravar, en caso de haberlos, la condición médica o psicológica de sus atribulados pacientes.

Sergio Trujillo

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