Opinión |16 Mar 2012 - 11:00 pm
Surco de amor
Por: Alberto Donadio
El día de mi cumpleaños fue el domingo 19 de febrero. Ese día recibí un regalo de Silvia, la señora de trenza, sonrisa dulce, corazón incandescente y alma sublime que conocí en 1983 y cuya ausencia es una presencia infinita.
Ese domingo, sin saber que era mi cumpleaños, me buscó Marlene Murcia, que había sido secretaria de Silvia y que en 1984 fue la encargada de cerrar su oficina de periodista y desocupar su escritorio en el periódico que fundó el papá de Silvia, Alejandro Galvis Galvis.
Me contactó para contarme que en un baúl había encontrado tres hojas en la caligrafía indudable de Silvia. Como no eran papeles del periódico, Marlene las guardó en su casa, y después las olvidó, hasta que reaparecieron hace poco. No estaban en un diario, pero sí son un día de un diario, son un instante de cielo en la vida de Silvia, muestran el surco que el amor acababa de abrir en su corazón, son el más emotivo electrocardiograma, entendido literalmente, que uno pueda recibir en un cumpleaños. Es el ECG, firmado no por el médico, sino por la propia dueña de un corazón electrizado e infartado ante el enamoramiento, por la propia víctima huracanada de un amor ardoroso y epidérmico. Lo recibí como otra muestra de la sincronía que nos sigue guiando a Silvia y a mí. Escrito por ella en 1984 para que me lo entregaran 28 años después. Dice así, con el título subrayado que Silvia le puso:
La última noche que pasé contigo
Cómo son las cosas de la vida. Cómo es la vida de las cosas. Ay cosita linda mamá.
Cómo son las cosas de la vida, cuando son tuyas. Son maravillosas. Son días sin fin y sin comienzo. Lo mismo es la noche. Eres deliciosamente cotidiana. La cotidianidad de lo inesperado pero siempre esperado. La esperanza de que suceda lo que es inesperado pero siempre esperado. La esperanza de que suceda lo que es inesperado pero que tenemos la esperanza de que suceda porque es lo único que nos salvará. Nos salvará sin saber para qué.
A veces pensaba que eras una aparición, mejor dicho eres una aparición que se puede tocar. Empecé contigo, como el que no quiere la cosa y la cosa queriendo. No sé cómo terminaré. Voy queriendo la cosa y la cosa queriéndome. No hay nada eterno. La noche de anoche, la última que pasé contigo, fue una noche tibia.
Afuera llovía. Tú hablabas de comprar un calentador de ambiente y de traer un despertador. Hicimos lo que hicimos. Mi alma se expandió por el mundo y el alma del mundo ocupó la nada que había dejado lo que se fue para ti.
Ese instante en que, en él perdí mi alma y gané la tuya, es el amanecer de la resurrección que me das tú, cotidianamente.
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