Por: Juan Gabriel Vásquez

Delirios del excapitán Garfio

"Hablar de legalización en la Cumbre sería la legitimación del narcotráfico", dijo o escupió Uribe la semana pasada, "y motivo de desánimo de las Fuerzas Militares, quienes lo combaten".

Esta declaración, que supera en varios grados los niveles de miopía, desconocimiento e insensatez a que nos ha acostumbrado el expresidente, puede ser comentada de varias formas. Admitamos que la primera parte es francamente necia: que a estas alturas del partido un político censure el hecho de hablar de algo debería parecernos, más que preocupante, abiertamente reprensible, por más que ese estilo —el estilo de no escuchar nada que no sea el propio monólogo incansable y tedioso, el estilo de obliterar cualquier idea contraria, no vaya a ser que tenga algún mérito— haya sido en efecto el de la administración uribista.

Pero el contenido mismo es un delirio: un delirio que sería cómico si no fuera peligroso. ¿Cuántos se darán cuenta de que la frase, desde el punto de vista de la lógica, no resiste el más mínimo examen? En ese mundo de fantasía en que Uribe sigue siendo presidente, hablar de una medida que conduciría a la desaparición del narcotráfico es legitimarlo: hablar de una medida que dejaría de financiar nuestras violencias internas es desmoralizar a las víctimas predilectas de esa violencia. Es verdad que la relación de Uribe con la verdad nunca ha sido más que casual, pero esto es ridículo. Ahora bien: establecer una equivalencia entre la discusión sobre una medida legal y la desmoralización de los soldados es un truco retórico, apenas más digno que las exageraciones de un publicista mentiroso; pero lo más grave es notar, entre las palabras de Uribe, el descaro con que quiere someter a todo un país —su política presente y futura, su legislación, la vida civil de los que en él mueren todos los días por causa del negocio de la droga— a la “moral de la tropa”, esa abstracción que le ha servido antes de argumento para tantas otras cosas. Así como creyó varias veces que Colombia era un Estado confesional, ahora parece creer que la democracia está al servicio del Ejército, y no al revés.

Antes de lo que muchos esperábamos, Uribe se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Pero no es una caricatura graciosa: en toda la historia colombiana del siglo XX, ningún expresidente se ha comportado de manera tan ignominiosa, tan desleal, tan vergonzante y tan irresponsable como él. A mí, al contrario de mucha gente, no me sorprende nada que las irresponsabilidades y las vergüenzas y las deslealtades y las ignominias ocurran en Twitter: en esencia, el formato de los 140 caracteres no difiere en nada de lo que ocurrió durante el gobierno uribista: ideas a medio hornear, eslóganes de oídos tapados que no admiten réplica porque se lanzan desde la trinchera, consignas unilaterales en vez de cualquier cosa que huela a debate. Sus trinos tienen un objetivo único: ponerle palos entre las ruedas al gobierno de Santos, con el cual Uribe tiene pesadillas aun cuando está despierto. El gobierno de Santos es a Uribe lo que el cocodrilo es al capitán Garfio: su obsesión malsana, el causante de sus rabietas infantiles y sus pataletas ridículas. La diferencia, quizás, es que Uribe ya no está al mando del barco. Alguien debería hacerle la caridad de recordárselo.

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