Por: Héctor Abad Faciolince

El arte como obligación

Estoy seguro de que si yo hoy declarara —en pleno Domingo de Resurrección— que no me gusta ir a misa (cosa que efectivamente me pasa: las misas me aburren tanto como las obras teatrales), esta declaración sería tomada por los eclesiásticos con mucha más serenidad y tolerancia de la que exhibieron muchos teatreros ante mi confesión de que no me gusta el teatro.

Que yo recuerde, pocos artículos míos han despertado tanta ira como ese, lo cual me confirma en una vieja creencia: los artistas se sienten intocables; si uno los critica, reaccionan como hienas asustadas. Se retuercen, echan babaza, escupen fuego, muerden. Los más tranquilos y seguros, por suerte, sencillamente se ríen, como debe ser.

A alguien que está seguro de lo que vale el vino, le importa un bledo si un abstemio dice: “no me gusta el vino”. El bebedor o el productor de buen vino, en vez de declarar que el que no toma es un imbécil, alzará los hombros y dirá: “usted se lo pierde”. Es lo que me han dicho, sinceros y serenos, los buenos teatreros. Los malos —que son la inmensa mayoría— se han dedicado a insultarme como doncellas mancilladas, o a pedirme que pida perdón y me retracte, como párrocos de aldea ante un ateo pueblerino. Todos al unísono me dicen ignorante y me buscan la caída. Por ejemplo, que Homero no compuso cantares de gesta sino poemas épicos. ¿Serán bobos o se harán los bobos? Mi observación, muy simple, era que para mí hacer teatro hoy en día es algo tan anacrónico como escribir épica (homérica o de gesta, me da igual).

Cuando el teatro estaba vivo y era una fuerza retadora importante, las autoridades lo combatían, lo atacaban como una actividad nociva para las costumbres, incluso lo prohibían. Hoy, en cambio, como las salas están vacías aunque el teatro sea gratis, las autoridades lo tienen que financiar, patrocinar, promocionar. Y ya veo yo que si fuera por los teatreros energúmenos y ridículos, habría que declararlo obligatorio, como la misa para los creyentes. Si es tan bueno el teatro, ¿por qué no se dedican a gozárselo en vez de perder el tiempo atacando con furia al que no lo disfruta? Quizá lo que temen —porque muchos de ellos viven de la teta pública— es que el Estado se entere de que el teatro es una necesidad común un poco menos importante que el agua potable, las escuelas o las alcantarillas, y les dé más fondos a estas cosas que a las obras dramáticas de los iracundos que viven de subvenciones públicas, pero no de público.

Siempre me ha impactado la gran diferencia de carácter y de respuesta que hay entre los ingenieros y los artistas. Los primeros hacen su trabajo útil y necesario en silencio, y casi nadie los recuerda. Si un ingeniero se especializa en construir alcantarillas eficientes para evacuar las aguas negras, en general no pasa a la historia, como sí lo hacen los actores y los comediantes (o los pintores, novelistas y poetas, para no ir tan lejos). No hay quien no conozca a Racine o a Garrick, pero muy pocos saben quién fue Joseph Bazalgette. Este hombre supo diseñar las alcantarillas de Londres, el modelo para las ciudades modernas, y se inventó un sistema de túneles y diques gracias a los cuales las megalópolis pueden deshacerse de la porquería que todos producimos. El mundo está lleno de estatuas de dramaturgos, pero a Bazalgette no se le hacen bustos.

El caso es que gracias a su trabajo ingenioso y callado la gente dejó de morirse de cólera por millones, en Europa y en América. Hasta sus soluciones hidráulicas, los humanos de las ciudades —sin exagerar— chapoteaban en mierda a nivel de los pies, muchas veces al año. Los médicos, los ingenieros y los matemáticos son los que efectivamente nos cambian y mejoran la vida (anestesia, vacunas, acueductos, computadores, aviones, barcos). Pero los famosos y los intocables son los teatreros y los escritores. Una secta de seres vanidosos, intocables, rencorosos, dañinos. Esta semana el gremio de los artistas no me produce sino asco. Y me incluyo.

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