Por: Héctor Abad Faciolince

La nueva América y la vieja Europa

A la gente le encanta decir frivolidades mal pensadas como si fueran verdades definitivas.

Una de las más recientes dice más o menos así: “El modelo europeo ha fracasado; hay que demolerlo y buscar otro”. No puede haber un diagnóstico más erróneo, ni una frase más peligrosa, si efectivamente se pusiera en práctica. Europa occidental —incluso la Europa de hoy, en plena crisis económica— es el experimento político, cultural y social más exitoso de la historia del mundo. Los 67 años transcurridos desde la Segunda Guerra Mundial consiguieron producir —poco a poco y con altibajos— un milagro de prosperidad, convivencia, paz, igualdad y libertad que no se había visto nunca antes en la historia del planeta. Desde Suecia hasta Italia, jamás había habido una proporción tan alta de la población viviendo tan bien y tan pacíficamente en el mismo espacio.

El modelo europeo es imperfecto, como todo lo humano. Para muchos, además, hace agua. El caso es que, por imperfecto que sea, ningún otro experimento político y económico de los últimos cinco mil años (más atrás no se sabe casi nada) ha producido nada mejor. Y de los existentes (China, Corea del Norte, Cuba, Irán, Venezuela, Arabia), todos son menos buenos y hacen más agua —mucha más agua— que Europa. Esto no quiere decir que no haya que enderezar y cambiar cosas. Aunque esto sea lo menos malo que haya logrado la humanidad, no quiere decir que no podamos soñar con nada mejor. Lo que no se puede hacer es tirar al niño junto con el agua sucia.

Hace algunos años, durante una conferencia en San Juan, el poeta Álvaro Mutis tuvo una salida memorable. Cuando le preguntaron si Puerto Rico debía “independizarse del yugo imperialista norteamericano”, Mutis dijo que sí, pero con tal de que volviera al venerable seno del imperio español. A más de 200 años de la independencia de los países americanos uno se pregunta si —al menos a algunos— no les habría ido mejor si hubieran seguido siendo colonias europeas. Al territorio de ultramar francés llamado Guadalupe le ha ido menos mal que a Haití independiente (con todos los méritos que tuvo la gloriosa liberación de los esclavos); si yo tuviera que escoger —para vivir hoy— entre la muy independiente isla de Cuba y la muy dependiente isla de Puerto Rico, no dudaría en escoger la segunda. Para un argelino sin vendas ideológicas es por lo menos dudoso si para su país no hubiera sido mejor seguir siendo un departamento de Francia. A las Malvinas les va mejor con Inglaterra que con Argentina.

Los tres experimentos anticoloniales más exitosos de América son Canadá, Estados Unidos y Brasil, que han conseguido superar a sus metrópolis originales. Pero a varios de los países y paisitos latinoamericanos les iría hoy mejor como departamentos de ultramar de Europa, que como están. Bastaría que tuvieran un régimen autonómico y todos los ciudadanos fueran iguales ante la ley.

Claro que este experimento mental no tiene mucho sentido. Para empezar es imposible (la historia no se hace con supuestos) y además hay que tener en cuenta que la independencia nos salvó de ser ciudadanos de segunda en unos territorios que no eran más que mercados cautivos, y nos salvó también —al menos a la mayoría— de las dos guerras mundiales del siglo XX, dos de los episodios más sangrientos de la historia.

Ahora que los países americanos se reúnen en Cartagena, a algunos les encanta desempolvar la vieja retórica antiimperialista aprendida en el siglo XIX. Esa retórica está más vieja y gastada que las carrozas de entonces. Mantener buenas relaciones políticas y comerciales con los grandes polos de desarrollo continental (Canadá, Brasil, Estados Unidos) garantiza un mayor bienestar que la caduca retórica anticolonialista bolivariana. O si queremos independizarnos “del yugo imperial yanqui”, entonces que sea solamente para volver —como quería Mutis— al tibio seno generoso de la vieja Europa. En crisis y todo, a Europa le va mucho mejor que a nosotros.

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