Por: Héctor Abad Faciolince

Brasilia

De las ciudades extrañas, Brasilia es la más extraña.

Fue construida por la más minúscula de las cualidades humanas: la razón. Y el sueño de esta razón engendró un monstruo. Un monstruo hermoso, a veces, pero monstruoso incluso en su belleza. Todo viajero sabe que una ciudad hay que conocerla andando, perdiéndose en ella a pie, sin rumbo fijo; así uno sabe a qué huele, cómo la viven sus habitantes, de qué manera se adhiere a la piel. Pero Brasilia es imposible de caminar. ¿Qué se puede decir de una ciudad que no se puede conocer a pie? Algo muy simple: que no está hecha a la medida del hombre. Y si no está hecha a la medida del hombre, ¿a la medida de quién está hecha? ¿De los dioses, del Poder, de los helicópteros? Fue diseñada con el optimismo de quienes pensaban que los hombres del futuro serían superhombres. Y en cambio los hombres seguimos siendo los mismos hombrecitos irracionales de siempre.

Dijo Clarice Lispector: “Brasilia aún no tiene el hombre de Brasilia”. Ni nunca lo tendrá: el brasiliense no existe. Anduve por ella seis horas seguidas, sin parar, y no pude llegar a ninguna parte. O sí, llegué a un gran espacio verde, el Parque da Cidade. Las ciudades del mundo se dividen entre las que tienen un gran parque verde y las que no. Brasilia es de las primeras y sin embargo en su parque no sentí la felicidad que siempre producen los parques urbanos. En vez de sosiego, malestar. Extrañado, al fin me di cuenta del motivo: este gran parque, que tiene ya más de 50 años, no tiene árboles grandes, ni frondosos. Al no tenerlos, no hay sombra. Al no haber sombra, bajo el sol que empieza a subir hacia el cénit, el calor te aporrea sin clemencia la cabeza. Decía Lispector: “El alma aquí no proyecta sombra en el suelo”. Es verdad, busco una sombra, cualquier sombra, pero aquí uno no puede contar siquiera con su propia sombra.

La ciudad es fácil de entender pues su estructura es sencilla, como una inmensa cruz. Al menos eso dicen los devotos que piensan que Brasilia fue un sueño de don Bosco; los laicos prefieren decir que tiene forma de avión: el fuselaje es la explanada central (el Eje Monumental), donde están la sede del poder político y los edificios emblemáticos: museo templo, teatro, biblioteca. Las alas del avión o los brazos de la cruz llevan a los barrios residenciales, donde la gente come, duerme, copula, enferma y muere. Alrededor de todo, su mayor acierto: un gran lago artificial que sirve como humidificador de la ciudad en los meses de sequía.

Intento recorrer el tronco de la cruz, el Eje Monumental. Aquí todo se ve chiquito porque todo es grande. La inmensa catedral parece una capilla; los humanos, hormigas. Atravesar las avenidas es una hazaña. Más que avenidas, son autopistas. En Brasilia no hay tacos y en ese sentido es el paraíso de los carros, es decir, el infierno de los peatones. En realidad no hay peatones en Brasilia. No hay gente que pasee, no hay gente que ande por las aceras, no hay desocupados ni ladrones al acecho en las esquinas, ni siquiera hay vagabundos o mendigos. ¿Seré el único idiota que camina por Brasilia? Se ven oficinistas atareados, gente que mira el reloj porque va a llegar tarde a una cita, pero nadie camina. No hay cafés, no hay bares para tomar agua o caipirinha, no hay restaurantes, no hay árboles que den sombra. Busco aunque sea la sombra de un sombrero, pero tampoco hay sombrererías.

Recorro el Eje de los Ministerios. Ahí llega la locura. Todos los edificios son del mismo tamaño, del mismo color. No sé si será el sol, pero empiezo a sentir que deliro. Siento que no avanzo, siento que alucino, que camino y camino y llego al mismo sitio, sin moverme. Lispector: “Este es el lugar donde el espacio más se parece al tiempo”. Sí, si un segundo y un minuto son siempre idénticos a otro minuto y a otro segundo, aquí el espacio es siempre idéntico a sí mismo. Dos visionarios racionalistas, Costa y Niemeyer, construyeron una ciudad racional. Esa ciudad produce un hombre que delira.

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