Opinión |22 Abr 2012 - 1:00 am
La horrible noche
Por: William Ospina
¿Cuál de las horribles noches de nuestra historia sería la que cesó a finales del siglo XIX, cuando fue escrito el Himno Nacional de Colombia? Nos dedicamos a cantar por los siglos de los siglos ese amanecer olvidado, incluso cuando nuestra sociedad volvía a verse hundida en las tinieblas.
Ya que fue Rafael Núñez quien escribió aquel poema, es probable que se estuviera refiriendo a la noche del federalismo, o al programa político de los radicales. Pero no habían transcurrido quince años y ya la horrible noche de la Guerra de los Mil Días volvía a cerrar los ojos de miles y miles de colombianos.
Los poemas siguen diciendo para siempre lo que una vez dijeron, pero está mal convertirlos en verdades sagradas incuestionables, porque la poesía no tolera tanta severidad y, como dijo un filósofo, nadie puede ser declarado hereje con respecto a un poema. Cuando un poema se convierte en himno corre el riesgo de perder esa elasticidad estética que hace que cualquiera pueda amarlo sin sentirse en el deber de padecerlo como una obligación legal.
No es necesario martillar sobre la dudosa belleza de este himno. Escrito antes de esa gran libertad (“esa sublime libertad”, diría Núñez), el Modernismo, su lenguaje suena artificial. El único lugar en el mundo donde se usa la palabra ‘inmarcesible’ es en la primera línea de su primera estrofa, y quienes la escuchan tienen que correr al diccionario para averiguar que significa “lo que no se marchita”. Pero no es un secreto que se marchitó hace por lo menos un siglo.
También la metáfora agraria “en surcos de dolores el bien germina ya” suena sorda en tiempos en que la agricultura ha sido abandonada por los gobiernos, cuando ya nadie ignora que aquí el dolor incesante nunca hizo germinar bien alguno.
No podemos censurar a Núñez por encarnar la sensibilidad de su tiempo: era hábito de esa cultura no decir que los héroes han vertido sangre sino afirmar que, “la tierra de Colón”, el país entero, se está bañando en ella.
El poema está lleno de enigmas. ¿Cómo descifrar aquello de que, cuando resuena el gran principio “el rey no es soberano”, los que sufren bendicen su pasión? ¿Qué pasión bendicen, nos decimos preocupados, y por qué diablos la bendicen? Por otra parte, ¿cuáles serán exactamente las palabras del Crucificado que, al terminar la horrible noche, y cuando ya la sublime libertad derrama su luz invencible sobre el mundo, logra comprender por fin la humanidad todavía encadenada y gimiendo?
Yo sé que un himno no es sólo un sistema de significados: es un símbolo y puede ser venerado sin que nadie se detenga a descifrar sus palabras. Pero los tiempos cambian. En otras edades los reyes podían dedicarse a cazar noche y día sin despertar escándalos. La semana pasada hacerlo puso en aprietos al rey de España y lo obligó a pedirle perdón a su pueblo. Claro: la cacería hace cincuenta años era un deporte tan respetable como lo fueron hasta hace poco las corridas de toros. Ahora crece una nueva sensibilidad frente al dolor de los animales y a su sacrificio innecesario, y los cazadores empiezan a ser vistos como asesinos.
Hace poco, fumar era una respetable ceremonia de la especie, una versión laica del rito de sahumar los recintos. Ahora los fumadores se deslizan a la salida de restaurantes y oficinas a aspirar como proscritos sus cilindros rituales, y una ráfaga de humo en un sitio público provoca más indignación que un asalto.
No dejamos de agradecer a los valientes cartageneros que lucharon con hambre a orillas del Caribe, prefiriendo el horror a una salvación indigna, pero cuesta entender que hayan luchado “horrores prefiriendo a pérfida salud”. El oxímoron “pérfida salud” es tan arduo de asimilar como un bienestar depravado.
Si se pueden cambiar las constituciones, tienen que poderse cambiar los himnos nacionales que ya no resuenan en el corazón de los pueblos. Pero es mejor no olvidar que los símbolos sólo cambian con justicia cuando cambia en serio algo más profundo, lo que nutre esos símbolos y les da su sentido. En Colombia somos expertos en cambiar lo aparente para no tener que cambiar lo profundo, y podría ser vano cambiar el himno si no hacemos un esfuerzo por cambiar el país: por hacerlo más coherente, más identificado consigo mismo, más respetuoso de su memoria, y por ello más verdadero.
El problema de nuestro himno es que su lenguaje no se parece al lenguaje de todos los días, pertenece a unos tiempos en que el arte pretendía estar por encima de la experiencia, manejar misterios inaccesibles a los seres comunes. Mientras el pueblo hacía cumbias, pasillos conmovidos, joropos y pasajes elocuentes, vallenatos llenos de sencillez y cordialidad, en los recintos republicanos todo era sublime, invencible, inmortal e inmarcesible. Espadas cual centellas; vírgenes que arrancaban agónicamente sus cabellos para, viudas de su amor, colgarlos del ciprés.
Lo que no hace del todo aconsejable cambiar esas reliquias por otras es que, dadas las costumbres de la época, y sobre todo la sensibilidad de los políticos, la cosa podría ser peor. ¿No arrasamos con pocas excepciones la arquitectura republicana, llena de joyas y bellos monumentos para alzar adefesios? ¿No hemos llenado de cemento los parques y destrozado el paisaje urbano con una insensibilidad aterradora?
Lo más posible es que, cuando de verdad la horrible noche cese, los nuevos cantos surgirán sin que nadie tenga que esforzarse por decretarlos.
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