Opinión |27 Abr 2012 - 11:11 pm
'Tinta indeleble'
Por: Alberto Donadio
Fuentes de alta fidelidad me dicen que fue Paloma Méndez el creativo que se ingenió el título de Tinta indeleble para el libro que acaba de aparecer en homenaje a don Guillermo Cano. Paloma Méndez es el seudónimo que usaba para sus columnas Fernando Cano Busquets, el hijo de don Guillermo y uno de los dos directores, con su hermano Juan Guillermo, que lo sucedieron en El Espectador, luego de su asesinato el 17 de diciembre de 1986.
‘Indeleble’ es un título espléndido, pues es sinónimo de imborrable e indestructible, que se aplica con precisión a la obra en vida de don Guillermo y a su legado inextinguible. Es también un título insuperable, pues corona el empeño de veinticinco años de doña Ana María Busquets de Cano y de sus hijos y sobrinos, que noble y decorosamente han mantenido viva la llama que dejó este patriarca del periodismo colombiano. Sin la Fundación Guillermo Cano, creada por la familia, y que ha contado con la laboriosidad insustituible de Marisol Cano, tal vez este libro y tantas otras iniciativas en memoria de don Guillermo no habrían llegado a puerto.
En el libro desembocan los trabajos de tres autores que no podían haber sido mejor escogidos. El perfil biográfico lo preparó Jorge Cardona, editor general de El Espectador y nervio central del periódico. El estudio de la Libreta de Apuntes, que escribía don Guillermo los domingos con los temas que se le iban ocurriendo durante la semana y que anotaba en una libreta, por sugerencia que años atrás le había dado don Gabriel Cano, su padre, lo realizó, junto con la selección de las libretas que se publican, Maryluz Vallejo, profesora de la Universidad Javeriana y quien con su libro A plomo herido se consagró como la historiadora del periodismo colombiano. Carlos Mario Correa, que fue corresponsal de El Espectador en Medellín cuando no se podía anunciar esa condición honrosa y que tuvo que hacerse pasar por contador público para ejercer el periodismo en una oficina clandestina, escogió y estudió las notas sobre toros, deportes y viajes que don Guillermo escribió a partir de los años cuarenta.
Apoyó la publicación la Fundación Bavaria. Cuando don Julio Mario Santo Domingo adquirió el periódico en 1997, algunos colaboradores históricos de El Espectador se marcharon. Hablaron del periódico de la cervecería y los temores que tenían no eran baladíes ni lo son cada vez que un grupo económico toma el control de un diario. Pero Santo Domingo fue el anti-Murdoch: ni vulgarizó el periódico ni atentó contra su independencia.
Tinta indeleble adolece de un defecto mayor. Empero, es un defecto que no se puede subsanar. No registra la otra gran obra inconmensurable de don Guillermo Cano y de los Cano que lo precedieron: la de aclimatar y preservar la tolerancia y el respeto por las ideas ajenas para los columnistas de todas las tendencias que escribieron en todas las épocas en El Espectador. Para eso se necesitarían mil páginas más. La obra tampoco registra la deuda de gratitud de centenares de miles, de millones de colombianos, que a lo largo de más de un siglo han comprobado cómo el verdadero garante de la libertad de prensa en Colombia, el faro que lanza la luz, ha sido siempre El Espectador, desde don Fidel Cano, a partir de 1887, pasando por don Luis Cano, don Gabriel Cano, don Guillermo Cano, sus hijos Fernando y Juan Guillermo, y hasta llegar al Fidel Cano de hoy. Pero para eso no alcanzaría la tinta indeleble.
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