Opinión |29 Abr 2012 - 1:00 am
Por qué fracasan los países
Por: Armando Montenegro
Uno de los libros más interesantes de este año es Why Nations Fail, de los reconocidos profesores Daron Acemoglu y James Robinson (Crown Business, Nueva York).
Los elogios han llegado al punto de que George Akerlof pronostica que dentro de 200 años, los bisnietos de nuestros bisnietos seguirán considerando este texto como un clásico.
En contravía con la tradición marxista, los autores comienzan por señalar que las instituciones son determinantes en el proceso de crear o absorber tecnología (las élites, por ejemplo, pueden bloquear la implantación de procesos productivos que puedan desencadenar amenazas para sus privilegios). Es la política, en su opinión, la que determina el curso de la economía.
Acemoglu y Robinson plantean que la prosperidad y el crecimiento económico se presentan en países con instituciones económicas y políticas incluyentes que propician la innovación y el cambio técnico. Las primeras son instituciones que garantizan los derechos de propiedad y ofrecen oportunidades económicas a amplios grupos de la población (no sólo a las élites). Las segundas se caracterizan por mantener un sistema político pluralista y centralizado, donde el imperio de la ley y el monopolio de la fuerza se extienden sobre toda la población y todo el territorio.
Añaden, por su parte, que el estancamiento y la pobreza se presentan donde existen instituciones económicas extractivas (aquellas que despojan ingreso o riqueza a varios grupos de la sociedad para el beneficio de otro) e instituciones políticas extractivas (concentran poder en manos de una élite que actúa casi sin restricciones).
Con estos conceptos los autores se lanzan a explicar el éxito y fracaso de una variedad de sociedades desde el Neolítico, pasando, entre otras, por la Roma clásica, la Venecia medioeval y la Inglaterra de los últimos cuatro siglos, hasta la China moderna.
Muestran que el crecimiento económico sí se puede dar en medio de instituciones económicas extractivas, pero que no puede sostenerse. Un ejemplo fue el rápido crecimiento de la Unión Soviética que se extinguió en los años setenta.
Los autores afirman que bajo instituciones políticas extractivas (como las chinas) pueden mantenerse algunas instituciones económicas incluyentes, pero que, en estas condiciones, con el tiempo el crecimiento y la innovación terminan por crear tensiones que amenazan a las élites. Por ello, si en China no se dan profundas transformaciones políticas, predicen que, como en la Unión Soviética, cesará su espectacular crecimiento.
El libro nos ofrece una mirada de Colombia. Los autores sostienen que, a pesar del rótulo de democracia, Colombia no ha tenido instituciones políticas incluyentes debido a la debilidad de su Estado central, su imposibilidad de controlar el territorio y la ausencia del imperio de la ley en buena parte del país. Como un ejemplo, muestran el poder de los paramilitares en amplias zonas, su relación simbiótica con los políticos locales, además de su gran influencia en la escogencia y la elección de congresistas, así como en la reelección de un presidente.
Al final, además de mostrarse optimistas con el futuro de México, Chile y, sobre todo, Brasil, debido a la naturaleza de las instituciones colombianas concluyen que “nuestra teoría sugiere que es muy improbable que Colombia goce de crecimiento económico sostenido”.
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