8 Mar 2008 - 10:08 am

Relaciones comerciales con Venezuela y Ecuador

Los anuncios de Venezuela y Ecuador de romper relaciones diplomáticas con Colombia se manifestaron casi de inmediato. El martes se desplomó la cotización de la Bolsa y en los días siguientes fluctuó bruscamente. Asimismo, se interrumpió el transporte de mercancías, se paralizaron las exportaciones y en las zonas fronterizas se presentaron situaciones de alzas de precios y desabastecimientos.

Por: Elespectador.com
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El conflicto con los vecinos sorprende al país en un momento de vulnerabilidad externa. La economía lleva más de dos años con una revaluación persistente que ha configurado un déficit en cuenta corriente de 4% del PIB. Las condiciones no son más graves porque Venezuela ha revaluado más que Colombia, es decir, Colombia ha devaluado con respecto a Venezuela, y esto ha compensado parte de la caída de las exportaciones a Estados Unidos. En tal contexto, las crisis políticas con los vecinos y la recesión de Estados Unidos configuran un alto riesgo cambiario.

Hoy en día se aprecia la importancia económica de la integración, al igual que su debilidad institucional. El aumento del comercio andino es uno de los avances económicos de los últimos veinticinco años. Los éxitos de la integración que se anticiparon y se presentaron como una utopía, es una de las pocas cosas que ha funcionado. El comercio dentro de la región aumentó mucho más que con el resto del mundo y las ventajas han sido especialmente significativas para Colombia, que ha sido el gran ganador. El país registra cuantiosos superávit con Venezuela y Ecuador. Aún más importante, las ventas están representadas en productos industriales con alto valor agregado y de complejidad mucho mayor que las destinadas a Estados Unidos y Europa. No es aventurado decir que el modesto desarrollo industrial de Colombia ha sido impulsado en buena medida por el comercio andino.

Curiosamente, este dictamen de la naturaleza nunca fue de buen recibo. En la era neoliberal la integración se vio como una distorsión que interfería con el libre intercambio y no se hizo ningún esfuerzo para crear una institucionalidad que lo mantuviera. El CAN, o Pacto Andino, que en un principio estuvo conformado por Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador y Bolivia, se diezmó. Primero se retiró Chile y actualmente sólo quedan los tres últimos. La normatividad es materia de todo tipo de cumplimientos y los mecanismos de solución de conflictos, como el tribunal andino, no lograron consolidarse. El golpe más fuerte provino de los acuerdos bilaterales que, por definición, rompen las uniones aduaneras basadas en arancel externo común. Lo cierto es que los grandes avances en términos físicos del comercio no han tenido mayor sustento institucional.

Todo esto ha sido influido por las teorías de la ventaja comparativa, que cada vez prueban ser más inadecuadas para interpretar la realidad. El desprecio al CAN se fundamenta en la creencia de que basta ofrecer los bienes a los precios internacionales para colocarlos y que todos los mercados son iguales. Se desconoce que las mayores oportunidades de comercio se dan entre países vecinos no sólo por los menores costos de transporte sino por las simetrías de las estructuras de oferta y demanda. Además, como el problema de las economías de América Latina no está tanto en adquirir los bienes en el lugar de menor costo como en ampliar los mercados para incrementar el empleo, algunos países están dispuestos a pagar un precio más alto por los bienes a cambio de que los otros hagan lo mismo.

La propuesta de buscar otros mercados sustitutos no deja de ser simplista. El comercio entre los países andinos es el resultado de condiciones naturales que no pueden ser reemplazadas fácilmente. Le causaría al país un aislamiento de América Latina, porque marchitaría el CAN y lo alejaría del Mercosur, y aún más grave, le significaría renunciar a los beneficios del comercio entre vecinos. Los esfuerzos deben orientarse, por el contrario, a preservar este comercio acudiendo a las normas inquebrantables sobre la materia, como las prohibiciones a aplicar decisiones discriminatorias o usar el instrumental comercial con propósitos de retaliación política o bélica. Para tal efecto, habría que emplear las instituciones creadas en los últimos 100 años para blindar el comercio y el bienestar económico de las crisis de diversa índole.

De todas formas, el conflicto político ocasionará alteraciones en el intercambio que pueden ser delicadas en las condiciones internas y externas del país. Si bien no se detendrá el grueso del comercio, en conjunto, con la disminución de las exportaciones a Estados Unidos, se manifestará en la ampliación del déficit en cuenta corriente y dificultades para financiarlo. Es un riesgo que nadie sabe cuándo explota y qué es necesario conjurar. Sin duda, el primer seguro consistiría en aplicar controles de capitales e intervención en el mercado cambiario para elevar el tipo de cambio.

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