Miercoles 22 de Mayo de 2013

Paz |21 Feb 2012 - 9:05 pm

A propósito de las recientes propuestas guerrilleras

El desafio del cese al fuego

Si eventuales negociaciones se enfocan demasiado en el cese al fuego, pueden terminar convertidas en un juego táctico entre el Gobierno y la subversión.

Por: Frédéric Massé *
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La mesa de negociaciones del Gobierno Pastrana con las Farc. / Archivo La mesa de negociaciones del Gobierno Pastrana con las Farc. / Archivo

El dilema no es nuevo: ¿se debe detener la guerra y luego negociar, o primero negociar y luego parar la guerra?

Como era previsible, la reciente carta del colectivo de Colombianos y Colombianas por la Paz pidiendo una tregua bilateral reabrió la polémica alrededor de la conveniencia o no de decretar un cese de hostilidades entre las Fuerzas Armadas colombianas y las guerrillas de las Farc y el Eln.

En menos de un mes, el Gobierno, las Farc, el Eln, la clase política y académicos se pronunciaron sobre el asunto: “completamente inoportuna”, “que la guerrilla cese sus acciones terroristas como gesto de buena voluntad para negociar”, “mientras haya grupos armados, éstos siempre chocarán con la firmeza del Estado colombiano”, “no es sino una trampa más para que las guerrillas se fortalezcan”, “rechacemos el pedido de tregua al Ejército en su lucha contra el terrorismo. Juego de sus amigos políticos a las Farc”, dijeron sus oponentes.

“Que el Gobierno cese de presionar a los grupos armados ilegales cada vez que se adelanten unos gestos humanitarios”, “hablar y disparar raramente funciona”, “no se puede negociar en medio de la guerra”, esa propuesta es “un aporte valioso en los esfuerzos por concretar caminos en la creación del clima, que permita un alivio humanitario a la población y aportar en un proceso de diálogos entre la insurgencia y el gobierno nacional”, dicen, al contrario, sus partidarios.

El hecho de que el tema haya vuelto a generar reacciones y fuertes posiciones encontradas no es sorprendente. En cualquier conflicto o proceso de paz la cuestión del cese al fuego suele ser una de las más discutidas y problemáticas.

Sin embargo, las experiencias internacionales muestran que las cosas no son tan esquemáticas ni maniqueas...

Los que plantean que un cese al fuego debe ser una condición previa al inicio de conversaciones de paz argumentan que, más allá del objetivo propiamente humanitario, existen ventajas en negociar un acuerdo de cese al fuego antes de entrar en una negociación más de fondo.

Un compromiso de cese al fuego puede abrir las puertas para que las partes desarrollen un nivel de confianza mutua, y así generar un ambiente favorable que pueda conducir a la inclusión de temas políticos en las conversaciones. Existen varios ejemplos en donde hubiera sido mucho más complicado o casi imposible avanzar en la negociación sin un cese al fuego previo. En Irlanda del Norte, por ejemplo, el cese de fuego concluido entre los republicanos y los “lealistas” fue la puerta de entrada al proceso que culminó, en 1998, con el Belfast Agreement. En Costa de Marfil, fue también el acuerdo de cese al fuego del 17 octubre de 2002 el que abrió el camino a las negociaciones para un acuerdo político entre el Gobierno y el MPCI (aunque después la situación se deterioró).

Ahora bien, también existen casos que sostienen la tesis contraria, donde fue viable la negociación en medio del fuego. Durante la guerra del Vietnam, por ejemplo, los Vietcong nunca pararon los combates mientras sus dirigentes negociaban con la administración estadounidense en París. Más recientemente, en El Salvador, a finales de los años 80, la guerrilla del FMLN nunca detuvo los combates, e inclusive siguió con grandes ofensivas, aun iniciadas las negociaciones de paz bajo los buenos auspicios de las Naciones Unidas.

Desde un punto de vista técnico, un cese al fuego bilateral tiene ventajas y desventajas, dependiendo de las características del conflicto y del peso relativo de los actores armados en ese conflicto.

Si las negociaciones se enfocan demasiado en el cese al fuego, pueden terminar convertidas en un juego táctico, más aún cuando existe una asimetría de poder entre las partes. La parte más “débil” suele proponer un cese al fuego o una tregua bilateral para ganar tiempo y buscar reforzarse militarmente o políticamente. Mientras, para la parte más “fuerte” un cese al fuego puede ser una jugada para limitar el accionar armado de su enemigo y hacerle perder su capacidad de presión y, en últimas, su poder de negociación.

Sin hablar de Colombia, son varios los ejemplos en donde los ceses al fuego fueron objetos de consideraciones tácticas. En 1995, cuando el grupo islamista Hamás ofreció una tregua al gobierno israelí, varios analistas consideraron que esa propuesta respondía en buena parte a la necesidad para ese grupo armado de reorganizarse, reagruparse y recuperarse frente al Estado de Israel. En 2003, en Nepal, los mismos guerrilleros maoístas reconocieron haber aprovechado el cese al fuego de enero de 2003 para reforzarse política y militarmente.

Empezar por un cese al fuego bilateral tampoco conduce necesariamente a crear un ambiente favorable para la definición de una agenda más amplia y la discusión de temas de fondo. En Nepal, a pesar del cese al fuego, las discusiones se congelaron durante mucho tiempo, antes de tocar los temas más substanciales, y en Sri Lanka el cese de fuego permanente de 2003, que supuestamente debía ser el preludio a discusiones más políticas, no logró el resultado esperado.

A veces, la firma de un cese al fuego previo puede incluso ser contraproducente. Si una de las partes no cumple con sus compromisos, las violaciones del cese no sólo erosionan la confianza entre las partes, sino que los períodos después de la ruptura de esos ceses al fuego suelen ser de los más intensos en los conflictos.

O también, a veces, los militares opinan que la única manera de lograr un cese al fuego es acentuando las presiones militares sobre sus enemigos. En esos casos, focalizarse demasiado sobre la búsqueda de un cese al fuego puede entonces convertirse en un círculo vicioso y conducir a una escalada o radicalización de la violencia, terminando, al fin y al cabo, generando más violencia y más muertos que si no se hubiera buscado un cese de hostilidades.

Peor aún, la búsqueda de un cese al fuego puede llegar a tener efectos perversos. Declarar su voluntad de negociar un cese al fuego puede en efecto mandar la señal equivocada de que uno está debilitado, lo que puede terminar convenciendo a la otra parte de no firmar un cese al fuego y reforzar sus operaciones militares.

Es más, si existen más de dos partes en conflicto, se corre el riesgo adicional de que una tercera parte intente aprovecharse del cese al fuego para ganar terreno.

En Colombia, los antecedentes de las conversaciones de La Uribe, Tlaxcala y del Caguán marcaron indudablemente los espíritus: todos terminaron con el sentimiento de haber sido engañado por el otro. Más recientemente, las conversaciones entre el gobierno del presidente Uribe y la guerrilla del Eln también tropezaron con los detalles de la implementación de un posible cese al fuego.

La prudencia entonces es entendible. En la actualidad, parece que ni el Gobierno ni la población respaldarían unos diálogos de paz que no se conduzcan en el marco de una disminución de las acciones violentas. Al mismo tiempo, nadie quiere correr el riesgo de ser nuevamente traicionado, o por lo menos desilusionado.

¿Están abiertas las diferentes opciones? Exigir un cese al fuego antes de empezar a dialogar, como rechazar categóricamente la posibilidad de un cese al fuego, son posiciones ambas con connotación ideológica. La pertinencia y la viabilidad de un cese al fuego dependen básicamente de la correlación de fuerza de los actores armados y de sus verdaderas intenciones. Pero si se piensa en un cese al fuego como maniobra o como táctica, mejor cesar de pensar en un cese al fuego.

* Codirector del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE) de la Universidad Externado de Colombia.

Por: Frédéric Massé *
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Opinión

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Opinión por:

Pitagoras80

Jue, 02/23/2012 - 03:07
No hay necesidad de un alto al fuego porque con los narco terroristas o con los asesinos no se "negocia", se los somete. “La agenda política, social y económica se define en la democracia, nunca con terroristas”

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