Paz |21 Feb 2009 - 10:00 pm
El cerrajero redimió al encadenado
Por: Nelson Fredy Padilla
Saramago y el recién liberado ex diputado se sorprendieron esta semana de lo mucho que tienen en común. Ahora planean un encuentro.
Foto: Óscar Pérez - El Espectador
López escribirá cuatro libros, uno de poemas dedicado a su esposa y uno de cuentos para sus hijos.Fue impensado. En medio de la emoción por recobrar la libertad luego de casi siete años de secuestro a manos de las Farc, Sigifredo López, el único sobreviviente entre los 12 diputados rehenes de la guerrilla, se dolió de ver al país como la muchedumbre egoísta del Ensayo sobre la ceguera, en medio de la que muy pocos quieren ver más allá de sus narices a la hora de trabajar por la paz.
Ya disfrutando otra vez de su familia, el ex diputado le contó a El Espectador que citó a José Saramago porque su visión humana del mundo marcó su juventud. En Pradera, Valle, en el colegio Francisco Antonio Zea, lo descubrió jugando a escribir en el periódico literario Pasión y rebeldía. Empezó a leerlo en serio después de los 16 años cuando viajó a Cali para estudiar Derecho. Estaba ennoviado con Patricia Nieto, su esposa también pradereña. Se veían para almorzar y mientras ella estudiaba en la tarde en el Instituto de Bellas Artes, él se metía al edificio de enfrente, la Biblioteca Departamental, a leer al escritor portugués y a memorizar poemas de Borges para acabar de conquistarla.
Pero el cruce definitivo de su vida con la del Nobel ocurrió el pasado 5 de febrero. En la canaria isla de Lanzarote, Saramago veía el noticiero con su esposa Pilar del Río y los atrapó el discurso de regreso de Sigifredo López. Cuando habló del Ensayo sobre la ceguera, el Nobel de Literatura abrazó a Pilar y lloró “a lágrima viva”. Así lo confesó el pasado lunes a través de RCN Radio, que intercomunicó por unos minutos al escritor con el liberado.
López guardó la grabación de su charla con su ídolo y se sorprende ahora de las coincidencias entre su vida y la del autor.
Los dos son de signo Escorpión, apasionados. Los dos son de origen campesino, “levantados del suelo”, cercanos al arado, Saramago de la aldea de Azinhaga, Portugal. El colombiano cultivaba habichuelas con su familia; el portugués, habas con sus abuelos en el huerto de Casalinho.
Uno evoca los cañaduzales; el otro, cómo merodeaba entre los maizales “con un saco de tela colgado alrededor del cuello, rebuscando las mazorcas que se hubieran quedado ocultas” tras la recolección de las cosechas ajenas (Las pequeñas memorias, 2007).
El ex secuestrado creció junto al río Bolo, recorriéndolo sobre un neumático desde Lomitas hasta Palmira; el ex perseguido por la dictadura de Antonio de Oliveira Salazar quiere “volver a zambullir su desnudez de la infancia” en el Almonda y contemplar “el gris plateado de los olivares”.
Sigifredo comía tomates verdes con sal; José, “gazpacho de tomate”. Éste robaba guayabas; aquél, sandías y melones, trepaba a las higueras para “alcanzar los frutos todavía húmedos por el rocío nocturno y sorber, como un pájaro goloso, la gota de miel que de ellos brotaba”. López fue inspector de policía; el padre de Saramago también. Apenas estos días, de vuelta a una cama, comprende a cabalidad el relato del Nobel cuando reconstruye su infancia durmiendo sobre la tierra, junto a una marranera.
Y algo que a López le parece a veces absurdo, a veces congruente: durante su cautiverio permaneció mucho tiempo con una cadena al cuello y bajo llave, pero —ante la imposibilidad de releer a Saramago porque en los campamentos guerrilleros sólo le dieron biografías de Fidel y del Che—, “recordar sus líneas me permitió crear un mundo imaginario, me ayudó a mantener la mente ocupada, acariciando metáforas, reescribiendo algún verso, trabajando una idea con tal de olvidar que estaba secuestrado. Esto no es cuento: si no hubiera hecho catarsis, la depresión me hubiera consumido y seguramente me habría suicidado”. La paradoja, se sonríe, es que el novelista fue cerrajero de profesión y él un prisionero cuya libertad dependía de un candado.
Sigifredo está seguro de que la presencia de Saramago en su vida, ahora tan directa, es más que una casualidad vía satélite. Es un llamado a entregarse a lo que siempre quiso: escribir con la única pretensión de decir “aquí está mi alma desnuda, entre la muerte y la esperanza”; dejar atrás la insensibilidad de la vida política y la rudeza del ex campeón departamental de lanzamiento de bala y martillo.
Es hora, aspira, de sembrar tomates, de sentarse a hablar de literatura y no de ambiciones públicas. “Lo que pasa es que me extravié en los laberintos de la política”. Anuncia que tiene en ciernes no uno sino cuatro libros, borradores que las Farc le decomisaron, pero que él se siente capaz de reconstruir. El primero es de 130 poemas y se titula Cautividades. Lo dedicará a su esposa Patricia Nieto, “porque tu amor me mantuvo con vida”. Saramago también le dedicó a su esposa su más reciente novela: El viaje del elefante: “A Pilar, que no dejó que yo muriera”. El segundo es de cuentos, se llama Pedro Petaca y será en homenaje a sus hijos Lucas y Sergio. El tercero es un largo ensayo sobre cómo hacer la paz en Colombia, “en memoria de mis compañeros masacrados el 18 de junio de 2007”, y el cuarto Odisea en el infierno, la versión de su secuestro.
A Saramago le escribió el minicuento Las palabras y se lo leyó el lunes pasado cuando habló con él por teléfono. Desde su casa en España le dijo que el hecho de que lo hubiera recordado en una situación tan límite “justifica mi existencia” a los 86 años. Coincidieron en la necesidad de buscar un lugar y un momento para encontrarse. Emocionado, el literato se despidió diciéndole: “Espero que lleguemos a conocernos para abrazarlo y estrecharlo entre mis brazos”. El ex diputado destaca que esas palabras lo hacen tan feliz como la propia libertad.
El liberado, de 45 años, estuvo el viernes y ayer en Bogotá. Compró los libros de Saramago —editados en Colombia por Alfaguara—, que no había podido leer por el secuestro (El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez, Poesía completa, Intermitencias de la muerte, Las pequeñas memorias y El viaje del elefante). Le dijo a El Espectador que hace un llamado para que el movimiento Colombianos por la Paz y el propio Gobierno piensen en el Nobel como facilitador de la liberación de más secuestrados y hasta de un proceso de paz.
Saramago le dijo a este diario que él no hace falta para que los colombianos acabemos con la guerra, aunque nos debiera bastar su voz para “encender estrellas en la oscuridad irremediable de la ceguera”.
Pase lo que pase, Sigifredo López quiere retirarse a Pradera, así sea espiritualmente, a prepararse para el día en que pueda abrazar a José Saramago, el cerrajero de Azinhaga, quien lo redimió de las cadenas.
Minicuento para un maestro de las letras
Las palabras
Decepcionadas por el mal uso que de ellas hicieron los mortales, las palabras decidieron regresar con los dioses.
Para menguar los efectos que tal abandono causarían, construyeron réplicas de sí mismas en todos los idiomas y dejaron huellas de fuego en las obras de Saramago, Borges, Rimbaud, Tolstoi, Goethe, Shakespeare, Dante, Lao Tse y Homero.
Es relativamente fácil dar con ellas, pero quien se atreva a seguirlas morirá incinerado en la incomprensión de sus congéneres.
Sigifredo López Tobón
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Nelson Fredy Padilla | Elespectador.com
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