Paz |16 Dic 2008 - 4:49 pm
"Al volver al mundo me ha sorprendido Internet"
Por: Maruxa Ruiz del Árbol / El País de España
William Pérez, el cabo que salvó la vida a Íngrid Betancourt, ya tiene novia, moto, está becado y a pesar de haber durado una década secuestrado, no guarda rencores.
Foto: EFE
La ex dirigente política Ingrid Betancourt junto al cabo del Ejército William Pérez.El cabo William Pérez ha pasado los 10 últimos años de su vida -y tiene 33- secuestrado por las FARC. Hace sólo cinco meses que el Ejército colombiano le devolvió su libertad. Y el pasado viernes pudo cumplir el sueño de su amiga y compañera de cautiverio Íngrid Betancourt: comerse un cochinillo en Madrid. En la selva, a Betancourt y al político Luis Eladio Pérez, también secuestrado, se les revolvían las tripas soñando con el asado de El Sobrino de Botín. Luis Eladio describía con detalle el olor de la salsa, su costra dorada y crujiente... hasta que Íngrid le pedía que se callara.
Es la primera vez que Pérez sale de Colombia y lo hace para recibir en Madrid el Premio Especial Derechos Humanos del Consejo General de la Abogacía Española por ser un símbolo de la libertad. Pero él no se siente tan libre: 'Lo sería si nadie me reconociera, si Íngrid no hubiera dicho las cosas tan bonitas que dijo de mí'. Pérez, enfermero en el Ejército, hizo de médico en la selva y curó las heridas de Íngrid. Las externas y las internas. Betancourt no se cansa de agradecer su ayuda médica y psicológica cuando tocó fondo. Con su relato le ha hecho famoso, por eso va todo el día con escolta. Y sólo a veces, cuando consigue dar esquinazo a sus guardaespaldas, se monta en su moto nueva, se camufla con el casco y, conduciendo, se siente libre.
Al elegir el restaurante, Pérez sólo puso una condición: no quería comer pasta, 'el eterno menú del secuestrado'. Ya que estamos aquí, pide carne. La que sea, se deja aconsejar. La periodista propone, en honor a Betancourt, tirarse a por el cochinillo: manitas rebozadas de entrante y cochinillo asado de segundo. William se atreve sin dudar: 'En la selva he comido tigre, culebra y mojojoi' (gusanos que viven en los árboles). Lo cuenta mientras el plato se queda frío. El relato le hace sombra hasta al cochinillo.
William ya tiene novia y ha vuelto a la escuela militar para recuperar el tiempo perdido, ponerse al día y conseguir el grado que tal vez tendría si no hubiera sido rehén: clases de biología, matemáticas, PowerPoint... cualquier materia es nueva para un joven apartado de la vida hace 10 años. '¡Muchos amigos me han localizado a través de Facebook! Lo que más me ha sorprendido al volver al mundo ha sido Internet'.
Para recoger el premio, viste de uniforme para honrar al Ejército colombiano. 'Es importante, porque tiene fama de vulnerar los derechos humanos'. Para el futuro, duda entre permanecer en Bogotá cerca de su familia o romper con todo para estudiar medicina en La Sorbona, becado por el Gobierno francés. Por ahora se ha apuntado a clases de francés. Después de 10 años en la selva ya ha asumido que tiene que aprender a vivir de nuevo. 'En el hotel tuve que llamar para que me explicaran cómo encender la luz... había que meter la tarjeta en la ranura'. Lo dice entre risas y al reír muestra su ortodoncia nueva, su lado infantil.
William no se regodea en el sufrimiento vivido y se niega a hablar de las torturas. Sólo se le empañan los ojos al hablar de los que se quedaron en la selva. 'El único cordón umbilical que me une a mi secuestro son mis compañeros. Sé que los guerrilleros habrán tomado represalias y les habrán quitado hasta la radio, estarán sufriendo muchísimo'.
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Maruxa Ruiz del Árbol / El País de España | Elespectador.com
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