La herencia de una estirpe

Recuerdos de un periodista que vivió tomándole el pulso al país a través de sus noticias:el director de El Espectador que hizo de la redacción un sitio de encuentro para nunca callar.

Eran casi las siete de la noche y los noticieros radiales, a los que Guillermo Cano era adicto, hablaban del decreto que esa noche acababa de expedir el Gobierno, por medio del cual, ante la finalización de la legislatura, se convocaba al Congreso a sesiones extras por tres días. El propósito era evacuar proyectos que habían quedado pendientes, la mayoría de los cuales tenían que ver con la situación de orden público originada en la guerra contra el narcotráfico.

Cano conducía su automóvil, sin guardaespaldas. Salía de las instalaciones de El Espectador, en la avenida 68, y se dirigía al sur para hacer el retorno veinte metros después y tomar la ruta al norte que lo llevaba a su residencia. Era una rutina que no variaba, al tiempo que escuchaba los noticieros. La noche comenzaba a asomarse y las luces de Navidad ya anunciaban el inicio de la temporada ese 17 de diciembre. Quién sabe si logró escuchar una de las emisoras que hablaba de los nuevos decretos y de la estrategia que se estudiaba en Palacio para contrastar el fallo de la Corte Suprema que cuatro días antes había tumbado el tratado de extradición con Estados Unidos y que firmó el presidente Barco cuando se desempeñaba como embajador en Washington.

La guerra contra los carteles de la droga estaba en su punto más alto, mientras que ese día los colombianos, tratando de buscar una escapatoria, acudían prestos a sus casas para iniciar las novenas navideñas con la esperanza de que esa oración sirviera para combatir la delincuencia. Al director de El Espectador también lo esperaban su esposa, sus hijos, sus primeros nietos y otros miembros de la familia, con alegría y con panderetas, para cantar los villancicos frente al pesebre y el árbol de Navidad.

Al tiempo que la emisora divulgaba noticias, y cuando se preparaba a hacer el giro sobre la 68, los disparos del narcotráfico ponían fin a una de las personas que más los había combatido. Esa misma semana, en su oficina, él había recibido a la periodista Cecilia Orozco, quien, conocedora de su valentía y de su pluma cortante contra las injusticias del país, le preguntó para su programa de televisión cómo había hecho para que no le hubiera pasado nada a raíz de sus fuertes críticas, y don Guillermo, con la timidez que le era característica, le comentó que cuando salía de allí a su casa lo hacía sin ninguna seguridad y que si iban a atentar contra él por lo que escribía o por lo que aparecía en su periódico, eso se lo dejaba a Dios y a la suerte. Pero esa noche no contó con la ayuda de ninguno de los dos.

Periodista de estirpe

Tuve la fortuna no sólo de trabajar con él sino de ser uno de sus discípulos. Heredó de sus mayores no sólo el cabello cano —característica física de todos ellos, como si de allí proviniera el apellido—, sino también el olfato periodístico y ese amor por la patria que tuvo Fidel Cano Gutiérrez, el fundador del periódico, cuando a finales del siglo XIX combatió la censura de prensa que impuso el gobierno de la Regeneración y que lo llevó a bautizar como la Ley de los Caballos a aquella que atentaba contra el oficio; la misma de Luis Cano cuando fue el único de los liberales que el 9 de abril le pidió en Palacio la renuncia al presidente Mariano Ospina Pérez, y también la misma de su padre, Gabriel Cano, cuando ante la censura impuesta por la dictadura militar, prefirió cerrar El Espectador antes que atender los pedidos del Gobierno.

Había que verle la cara de satisfacción con que llegaba al periódico cuando habíamos chiviado a la competencia. Y, por el contrario, el rostro de dolor y el mal genio que mostraba cuando la exclusiva había sido de El Tiempo. Su salida de la oficina y su caminar por el amplio salón de la redacción eran una rutina que repetía varias veces al día. Pasaba por la mayoría de los escritorios preguntándole a cada uno de sus periodistas: “Hola, hola, hola. ¿Qué hay? ¿Qué hay de nuevo?”. En ese momento, uno le podía dar la noticia más importante, la noticia de última hora (la Corte tumbó la reforma constitucional de Turbay, la Junta Monetaria devaluó el peso, Franco está que se muere, se resbaló el Papa en el Vaticano, se lesionaron dos jugadores del Santa Fe), pero él seguía con la misma muletilla: “Hola, hola, qué bueno. ¿Y qué más? ¿Qué más?”.

Con igual pasión con la que defendía la justicia y la paz y los postulados del Partido Liberal, gozaba un triunfo de su amado Santa Fe y se emocionaba con una pelea de Pambelé o una buena corrida de toros.

Tenía humor y de ello hacía gala en breves notas ligeras que escribía en la columna ‘Día a día’. Cuando Álvaro Salom Becerra publicó su novela Don Simeón Torrente ha dejado de... deber, el diablillo tipográfico en vez de “deber” puso “beber”. El gazapo lo rectificó al día siguiente y anotó que el error debió ser de un corrector “pasado de copas”. También le encantaba jugar con el gracejo en los títulos. Cuando en una fotografía estaban Belisario Betancur y doña María Eugenia Rojas, la tituló “BB y la Nena”.

En una ocasión me tocó hacer la investigación sobre unos predios que el Gobierno estaba adjudicando con una clara violación de la ley. Cuando iba por el segundo informe, uno de los beneficiarios, quien con alguna frecuencia visitaba la redacción y saludaba con mucho afecto al director, me llamó y, haciendo gala de su buena educación y respeto, me inquirió sobre el tema que estaba desarrollando. Le di explicaciones y me pareció prudente comentarle a don Guillermo. En esa oportunidad me respondió:

—Él puede ser amigo nuestro, pero para el periódico no hay amigos. Nosotros tenemos que contar la verdad y punto.

Así pensaba y enseñaba a ejercer el hermoso oficio. Estaba en todo. A las diez de la mañana ya había leído los periódicos de la competencia, ya había hecho dos o tres llamadas a sus fuentes. Luego, esa figura jorobada, jorobada como la de su abuelo Fidel, se paseaba por la redacción, iba al salón de los teletipos, en esa época en que no había internet, a leer los cables que transmitían las agencias internacionales. También pasaba al archivo en la búsqueda de una que otra fotografía (así encontró una de Pablo Escobar cuando su memoria le hizo recordar que ese personaje —que sería el autor intelectual de su asesinato— hacía unos años había sido detenido por narcotráfico y la fotografía se había publicado). La volvió a publicar, destacada en primera página, para resaltar cómo el capo había comenzado su vida delictiva. Y, por supuesto, don Guillermo también iba a los talleres a leer las planchas, a coger los lingotes de plomo, tratando de acomodarlos en una página.

Veinticinco años de su cruel asesinato sirven no sólo para lamentar el horrendo ataque de que fue víctima sino para recordar su ausencia. Sin embargo, es mejor no llorar su muerte, sino recordarlo vivo.