Bajo todos los fuegos

Desde el centro del conflicto bélico sirio, la enviada especial de El Espectador rinde homenaje a Marie Colvin, quien murió en un bombardeo.

Otro día más en la guerra, otras muertes que nos golpean en el pecho. La muerte de otro colega, de otro amigo, en el campo de batalla, dispuesto a arriesgar su vida por dar a conocer la verdad.

La noticia del fallecimiento en Homs de Marie Colvin —la galardonada reportera de guerra estadounidense del Sunday Times— y del fotógrafo francés Rémi Ochlik de la revista Paris Match, estremeció nuevamente el corazón. Fallecieron durante un bombardeo, cuando se encontraban en un apartamento convertido en “centro de prensa” por los periodistas. Otras 24 personas perdieron la vida también en esta ciudad asediada por el ejército desde comienzos de febrero.

El opositor Observatorio Sirio de Derechos Humanos ya cifra en 7.600 los muertos en casi un año de enfrentamientos, mientras que los gobiernos de Estados Unidos y Francia piden abiertamente la salida de Bachar al Asad de la presidencia, la Cruz Roja pide una tregua para ofrecer atención a la población. Nicolás Sarkozy, una misión humanitaria y Rusia se opone argumentando que dicha decisión incrementaría la violencia. Mientras tanto los muertos siguen apareciendo.

Conocí a Marie en la ciudad de Tiro durante la guerra de Líbano en 2006. Compartíamos un hotel lindante al puerto de la localidad costera más castigada en esa contienda. Ella era inconfundible. Y no por el parche negro que llevaba sobre su bello rostro desde que en 2001 perdió el ojo izquierdo al ser alcanzada por una granada mientras informaba de la guerra en Sri Lanka. Ella era imponente a pesar de su delgadez. Transmitía una seguridad que podía atemorizar, pero la mirada reflejaba ternura.

Observar cómo producía sus noticias infundía respeto. “Nuestra misión es informar sobre el horror de la guerra con precisión y sin prejuicios”, pronunció en 2010 en un homenaje a los periodistas muertos en los conflictos armados. Decía que pese al peligro, seguía cubriendo las guerras porque la opinión pública tenía “el derecho a saber lo que nuestros gobiernos, nuestras fuerzas armadas, hacen en nuestro nombre”.

Marie Colvin admitía los serios riesgos de la profesión que había elegido. “Nunca ha sido más peligroso ser corresponsal de guerra, porque el periodismo en las zonas de combate se ha convertido en objetivo principal”, afirmó con razón, al tiempo que pidió a los medios que sigan enviando a los corresponsales a cubrir los conflictos bélicos.

“No se puede conseguir la información sin ir a los lugares donde se dispara a la gente y otros te disparan a ti. La dificultad estriba en tener la suficiente fe en la humanidad para creer que habrá bastante gente —el gobierno, los militares o la gente de la calle— que le importe que lo que cuentas llegue a las páginas de los periódicos, la página web o la televisión. Nosotros tenemos esa fe porque pensamos que lo que hacemos tiene un impacto”, aseguró entonces con convencimiento.

Marie era una mujer —como tantas otras que no superamos el 10% en los conflictos— que haciendo culto a la probidad y reflejando el sufrimiento de las víctimas de la guerra deciden arriesgar su propia vida. Y fue precisamente ella la que no eligió hacer periodismo de hotel, como tantas de nosotras que privilegiamos la honestidad periodística.

Sí, ningún conflicto es igual a otro. Siria me resulta muy diferente de Libia, Irak, Cisjordania, Franja de Gaza, Líbano, Egipto, Colombia, los intrincados corredores de África negra, las coberturas que realicé con diferentes grupos insurgentes en América Latina y, por supuesto, la situación no resulta ni lindante a las historias en el posconflicto de Chipre.

Los periodistas en Siria, como en otros conflictos, estamos bajo fuego, bajo todos los fuegos, bajo todos los riesgos. Cada día que pasa implica un nuevo aprendizaje. No el que corresponde a un buen periodista en relación con su profesión, sino el aprendizaje constante, incansable de moverse y adecuarse a las situaciones cambiantes.

Porque en un conflicto, mucho de lo que parece no es. Sólo es la muerte, el sufrimiento, el dolor y, afortunadamente muchas veces, los actos más sublimes de amor, compasión y apego a la vida.

Actualmente los que trabajamos en Siria hacemos culto de la discreción extrema. Pocas personas resultan confiables más allá de la presencia normal en todos los conflictos de manadas de oficiales de inteligencia, espías y otros ejemplares. El riesgo es constante, impiadoso y se retroalimenta con la paranoia colectiva.

El temor ante el secuestro o la muerte incide directamente en la forma de hacer periodismo. Si se está en los hoteles en forma permanente o con custodia que impide el contacto directo con la gente para contar su historia, si la fuente principal son los otros, el ser humano, ¿qué tipo de periodismo se está ejerciendo? Mucha noticia, pero muy poca información, y eso implica el desconocimiento real de la situación.

Porque la guerra no se cubre desde los hoteles y eso lo han demostrado también las señoras periodistas que desde sus fehacientes crónicas han dado testimonio de su trabajo. Su responsabilidad y búsqueda de la verdad las ha expuesto a situaciones límites, como sucedió con Marie.

Es que han sido muchas periodistas las que hemos decidido indagar en nuevas formas de trabajo para seguir contando la historia, con todos los riesgos que ello implica, pero asumiéndolos y siendo coherentes con nuestro compromiso.

Pero todos los riesgos son exactamente iguales. Los carros bomba explotan a la misma distancia, los morteros no cambian su trayectoria, las balaceras se repiten, los compañeros son secuestrados y otros muertos, se sufre el mismo calor, el mismo frío, la misma incertidumbre.

La clave, quizá, sea adaptarse. Tolerar aun cuando carcoma el dolor, porque “en nuestro oficio hay algunos elementos específicos muy importantes. El primer elemento es una cierta disposición a aceptar el sacrificio de una parte de nosotros mismos”, dijo Ryszard Kapuscinski, uno de los más grandes corresponsales de guerra del siglo XX. Se toma o se deja. Y para ello se requiere mucha convicción.

Y sí, los conflictos matan periodistas —y lo demuestran los más de 50 muertos en 2011— y los cientos que suman en todas las guerras de esta gran guerra que pelea la humanidad a través de su historia. Pero hay que estar. Hay que seguir contando esa historia.

Si no estuviéramos allí, pasarían inadvertidas las masacres, los abusos de poder, la ambición desmedida que provoca la muerte y los sufrimientos de miles, de millones de seres indefensos ante la brutalidad humana.

Estamos para evitar que se cierre la última ventana de esperanza de la gente, hasta que la gente lo permita. Y Marie estuvo.

* Periodista, corresponsal de guerra, documentalista y escritora argentina.