Relato de una 'pisa suave'

Esta modalidad de asalto es una de las técnicas de ataque predilectas de los grupos al margen de la ley contra la Fuerza Pública.

‘Pisa suave’ es el nombre que recibe la estrategia de asalto que utilizan los grupos ilegales para atacar, de manera sorpresiva, al Ejército y a la Policía. Los ejecutores de esta modalidad son niños entre los 8 y 16 años entrenados para manipular explosivos artesanales, resistir largas caminatas, fuertes cambios climáticos y varios días sin comer. Ellos son los primeros en atacar al enemigo y dar el anuncio para desplegar la ofensiva.

Las autoridades no tienen cifras exactas de cuántos niños son sometidos a esta modalidad de ataque. Su historia refleja la realidad de una práctica que tuvo origen en la guerra de Vietnam. En diálogo con El Espectador, alias Liliana, una exguerrillera que ingresó a las filas de las Farc cuando tenía sólo 11 años, contó los detalles del duro e inhumano entrenamiento que tuvo que soportar. Así comenzó su relato:

“Durante 365 días nosotros hicimos un trabajo de inteligencia contra las autodefensas. Ellos se habían tomado un pueblo en el norte del país. Desterraron a toda su gente, se apoderaron de casas, negocios, de todo. Desde ese momento ellos se volvieron la ley.

“Allí construyeron seis bases desde las que planeaban todos sus operativos y en las que guardaban su arsenal. Acababa de cumplir 15 años y ya era una experta en esta técnica: nos acercábamos a los campamentos en tres puntas, es decir, en cuclillas y descalzos. Con las manos abríamos el camino que estaba cubierto de hojas y en esos espacios que lográbamos limpiar metíamos nuestros pies. En total silencio, y sin hacer movimientos bruscos, avanzábamos hacia el objetivo.

“Fue tal nuestra habilidad, que nos logramos esconder hasta debajo de los camarotes de los guardias de las autodefensas. Ellos no nos sentían, nos orinaban en la cabeza y no se daban cuenta de que estaban, literalmente, durmiendo con el enemigo.

“Mientras estaba inmóvil pensaba en esa mañana en la que salí a comprar lo del desayuno. A una cuadra de mi casa me encontré con un camión del que bajaron dos hombres armados y me dijeron simplemente: ‘súbase’. Eso fue todo. Al día siguiente, ya en el campamento, me di cuenta de que junto a mí habían sido reclutados unos 350 niños. Todos entre lágrimas fuimos informados entonces de que a partir de ese momento éramos parte de la guerrilla de las Farc.

“No me demoré en descubrir que acababa de empezar mi pesadilla. Cinco días después el comandante del campamento me violó. Esa fue sólo la primera de las miles de veces que me agredieron sexualmente. Muchas veces pensé en suicidarme o deseé que ellos me metieran un balazo en la cabeza, pero cuando me enteré de que estaba embarazada supe que tenía que encontrar la manera de escapar. Tomar esa decisión no fue fácil.

“Fue más de una década de adoctrinamiento y disciplina. Durante las noches aprendíamos cómo ser un ‘pisa suave’. Nos alumbraban con una linterna para darnos las indicaciones, ya que ni siquiera los entrenadores nos podían ver. Nuestros cuerpos se pintaban con vaselina y anilina verde, negra o café, dependiendo del lugar a atacar. Si a alguien se le corría una gota de la mezcla, era inmediatamente fusilado. Nuestra dotación consistía solamente en un top, una lycra, un par de puñales y una bolsa cargada de explosivos de fabricación artesanal.

“Las plantas de nuestros pies, el pecho y los brazos sangraban constantemente por el roce directo con la tierra y el pasto. Aprendimos a resistir el sol, la lluvia, los rayos, lo que fuera. Muchos terminaron con problemas de columna, hasta paralíticos por la posición que teníamos que mantener. Junto con el armamento llevábamos un poco de cancharina, que es una masa de hojuelas y harina que nos tenía que alcanzar para varios días. Si alguien por el hambre se robaba así fuera un cuarto de panela era condenado a morir”.

Las memorias de la guerra de Liliana revelan un escenario escabroso sobre el cual apenas tienen noticia las autoridades. De nuevo los niños son utilizados como carne de cañón de los violentos. Liliana cuenta que esa noche en la que asaltaron un campamento paramilitar asesinaron a por lo menos 40 integrantes de las autodefensas. Desde el día en que ingresó a la guerrilla, hasta el día de su fuga, sólo 12 de sus 350 compañeros sobrevivieron. En 2008 consiguió escapar y, si bien para ella fue el fin de una pesadilla, afirma que le quedaron cicatrices y secuelas, “pero mis manos se mueven y estoy viva. Sé que el Estado no me devolverá mi virginidad, ni mi dignidad, ni mi niñez, pero estoy aprendiendo a vivir con esto”.

De acuerdo con cifras del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, desde 1999 han ingresado 4.924 niños al Programa de Atención a Niños, Niñas y Adolescentes Desvinculados el Conflicto Armado. Una cifra que revela las magnitudes de un drama que parece cíclico. Así mismo, según el director de la Policía Antinarcóticos, general Luis Alberto Pérez, la modalidad de los llamados ‘pisa suave’ ha sido registrada en los departamentos de Norte de Santander, Nariño y Cauca, las regiones en las que el cultivo, tráfico y distribución de drogas son más evidentes.

Aunque este tema fue denunciado hace unas semanas cuando la Policía reportó que tres ‘pisa suave’ habían cobrado la vida de siete de sus hombres, la senadora Gilma Jiménez manifestó que esta situación no es nueva. “Viene pasando en las narices de todos. Muchas veces los niños son reclutados. Otros se van con esos grupos porque les pagan y en sus hogares no tienen nada. Lo peor de todo es que en la mayoría de los casos, por temor, los padres nunca denuncian”.

La participación de menores en el conflicto viola los protocolos del Derecho Internacional Humanitario, que los reconocen como población vulnerable. Al margen de los protocolos internacionales, bandas criminales, mafias de narcotraficantes, celulas urbanas de las guerrillas y otro largo etcétera de ilegales y delincuencia común, los menores de edad siguen padeciendo el conflicto armado desde muchas orillas. El Estado tiene el deber de ponerle coto a estra tragedia continuada.