El científico de los orgasmos

Desde hace 25 años, el neurocientífico Barry Komisaruk estudia las rutas del placer sexual. Más de 200 mujeres le han permitido tomar imágenes de sus cerebros excitados.

Las voluntarias se acuestan en la camilla entroncada en un resonador magnético. Es el juguete favorito del doctor Barry Komisaruk en la Universidad de Rutgers. Un aparato que percibe cambios magnéticos en el cerebro y crea imágenes en las que pequeñas manchas de colores indican las redes neuronales que se han activado tras un estímulo.

Una vez reciben la señal de partida, lo único que deben hacer las voluntarias es autoestimularse a gusto bajo una sábana blanca. Las instrucciones son sencillas. Olvidarse del grupo de científicos que observan su cerebro en una cabina cercana y cuando lleguen al punto máximo de placer deben advertirlo levantando una mano. ¡Y no mover la cabeza¡. Al final, la buena voluntad de donar un orgasmo a la ciencia es compensada con 100 dólares.

Desde hace 25 años, Komisaruk intenta armar uno de los rompecabezas más complejos para la neurología: ¿cuáles son las piezas de un orgasmo desde el primer estímulo hasta ese instante en que el cerebro parece más un espectáculo de juegos pirotécnicos?

Esta semana Komisaruk presentó en el Journal of Sexual Medicine el que podría considerarse el primer mapa del cerebro sexual de las mujeres. Si bien desde 1951 los médicos conocen bastante bien en qué zona de la corteza sensitiva se registran las señales provenientes de cada región del cuerpo, no existía información precisa y confiable sobre las que corresponden a las principales zonas erógenas femeninas: pezones, vagina, clítoris y cuello uterino.

A través de una entrevista virtual, el neurocientífico, nacido en el Brooklyn y formado en el City College of New York, la Universidad de Rutgers y la estatal de California, explica que el trabajo de estos años le ha permitido derrumbar algunos mitos sobre la sexualidad femenina. Por ejemplo, contrario a lo que muchos afirman, la vagina y el cuello uterino sí son fuentes directas de placer sexual. Otro más: no es cierto que si una mujer sufre una lesión en su médula espinal pierde la capacidad de sentir estímulos genitales e incluso lograr un orgasmo. Esto porque “el nervio vago es el que lleva la actividad sensorial de la vagina y el cuello uterino directamente al cerebro, sin pasar por la médula”.

Más de 200 mujeres han donado sus orgasmos para que Komisaruk y su equipo rastreen las rutas del placer. “La vagina, el cuello uterino y el útero tienen diferentes nervios que transportan las sensaciones a la corteza y esto explica por qué la estimulación de cada área se experimenta de forma distinta”.

Distinta pero no desconectada una de la otra. En el caso de los pezones, los estudios indican que a través de ellos se pueden llegar a encender las mismas áreas asociadas a los genitales. ¿Qué significa esto para Komisaruk? Que todos los caminos conducen a Roma y un paciente con algún daño neurológico que involucre las zonas genitales puede ser entrenado para lograr orgasmos por otras vías.

Pero a pesar de todos estos años y esfuerzos, la ‘Gran Pregunta’ sigue sin respuesta para el científico: ¿Cómo la actividad neuronal produce placer? Más allá de hormonas como la serotonina, la dopamina y la oxitocina, de péptidos que viajan de un lado para otro, de nervios que tejen una red, Komisaruk no logra entender dónde nace realmente el placer. Y esa es la pregunta a la que seguirá dedicando su trabajo.

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