Los números inútiles

A muchos no les interesan las fórmulas ni los teoremas. Pero, ¿cómo es la historia detrás de sus principales figuras? ¿Cuál es el arte de las matemáticas?

Bruno D’Amore, calmo y laborando en su oficina, recibió una llamada. Llevaba algún tiempo escribiendo un libro con su colega, el matemático Giorgio Bolondi, profesor de la Universidad de Bolonia, para acercar a los lectores de modo sencillo a la historia y la evolución de las matemáticas. No tenían un título acertado, sin embargo. Del otro lado de la línea, Bolondi le pedía que saliera, que dejara todo, que viniera de inmediato. D’Amore pensó: pobre, qué le habrá sucedido.

D’Amore —en ese entonces pedagogo de esa misma universidad y ahora docente en Educación Matemática de la Universidad Distrital— salió y arribó a la plazuela del Baraccano, un paraje sosegado y antiguo de Bolonia. Entonces Bolondi —gafas, pelo escaso— le señaló una pared con un grafiti, escrito con rabia, con grafemas escuetos y desencantados: “La matematica non serve a nulla” (“La matemática no sirve para nada”). Bolondi tomó una foto con su celular y luego cruzó una mirada con D’Amore. Ese es el título del libro, se dijeron.

Los guarismos y las cifras se tornan complicados y aun ininteligibles, pensaban D’Amore y Bolondi. Los estudiantes se aburren de los teoremas, de las fórmulas antipáticas. Entonces, ¿para qué escribir otro libro más sobre teoría matemática? ¿Por qué no contarles a los lectores, por ejemplo, que Galileo Galilei gustaba de Dante y sus obras tenían cierto matiz poético, o que Wislawa Szymborska, poeta polaca y premio Nobel de Literatura, dijo que incluiría el teorema de Pitágoras entre los más bellos versos?

“Queríamos escribir —dice D’Amore en un español de giros italianos— un recuento sobre cómo se desarrolló la matemática. Pero había que mostrar que los matemáticos también son seres humanos. Los estudiantes no se dan cuenta de su humanidad”. Una humanidad que, como es costumbre, difiere. Mientras Isaac Newton tenía un carácter solitario —podía encerrarse por meses en su dormitorio para desarrollar una teoría—, Bertrand Russell era un conquistador nato.

Y también hay humanidades con tintes de genialidad. Carl Friedrich Gauss, alemán, era un pequeño cuando su profesor en la escuela Katherine de Brunswick les pidió a los alumnos que sumaran los números naturales del uno al cien. Gauss, en poco tiempo, concibió una fórmula que ninguno de los otros infantes imaginó: sumar el primer y el último número (1+100), el segundo y el penúltimo (2+99), y así. El resultado de cada suma era 101 y si se conformaban 50 parejas la operación era simple: 101 x 50.

“En vez de tantos formalismos —dice D’Amore—, habría que tomarse el tiempo de mirar detrás”. Lo que hay detrás, escriben Bolondi y D’Amore, es arte. Un teorema —que es una mera abstracción— tiene el mismo valor estético de un poema. “He visto extranjeros que lloran frente a las obras de Miguel Ángel. Eso no pasa en matemáticas. La gente pierde la cabeza en fórmulas. Una vez uno entiende lo que hay detrás, todo cambia”.

Y en ese sentido, la labor de los profesores es esencial. “Hay que hacer menos pero más profundamente, creando una situación de respeto recíproco —asegura D’Amore—. No se aprende de quien no se ama. Hay que crear una relación profunda. Quedarse lejos no genera conocimiento”. Pero, ¿qué pasión generan los números? “Más que pasión es inventiva —responde D’Amore—. Repetir un cuadro hecho, no hace nada. Repetir teoremas tampoco. En matemáticas uno crea con mucha fantasía”.

¿Para qué sirve, entonces, la matemática? D’Amore dice que tiene una utilidad práctica. De hecho, algunos avances en medicina se han logrado merced al juego con los números. “Pero hay también un hecho cultural. La gente no se da cuenta de la belleza de lo que se construye. Es como tener poesía”.

Temas relacionados