Optimismo y empuje de mujer, desde un taxi

El sentimiento de las mujeres de ser discriminadas aumenta con el nivel educativo.

 

Llamaré Marina a una extraordinaria taxista bogotana que conocí hace unas semanas. Nuestra charla empezó con un comentario mío sobre lo raro que sigue siendo ese oficio para una mujer. “Es que nos asustan. Pero fíjese: desde que instalé el sistema de alarma, ni siquiera me toca analizar la cara del pasajero”. 

Marina era profesora de idiomas pero pudo más su temprana vocación por la mecánica. El papá también fue taxista y ella, aún en el colegio, hacía turnos cortos por las tardes. Desde pequeña ayudó en la tienda de la mamá, y ambas veían el taxi como un activo del negocio. Siempre fue claro en la familia que un vehículo es más una herramienta que un bien de consumo. 

Se casó joven. cuando con los primeros ahorros su esposo, también profesor, le propuso que se compraran un carro ella le dijo que no quería una máquina que sólo generara gastos. “Mejor un taxi”, sentenció. Por varios años contrató choferes y siguió dictando clases. Un día, aburrida del incumplimiento de los conductores y los alumnos, pensó que si se encargaba del vehículo podría mejorar los ingresos, subirse el ánimo, conocer gente, ser más autónoma y, sobre todo, tener más tiempo para ella y sus hijas. No se arrepiente. Maneja la casa, y su vida, con el taxi. "Entre dos carreras puedo parar donde venden el mejor pan, me conozco las especialidades de todas las carnicerías ... Siempre sé dónde hay promoción de jabones. Transporto a mi esposo en pico y placa, recojo a mis hijas en el colegio y llego temprano a la casa para pintar, que es lo que realmente me gusta hacer". Para los gastos no tiene que esperar la quincena. Y los días buenos, cuando le sobra plata, invita al esposo a una heladería. "Imagínese, hasta puedo mantener el romance, como cuando éramos novios”. 

Esta elocuente taxista ha logrado lo que la mayoría de  colombianas quisieran: un actividad con jornada maleable, para combinar lo laboral con lo familiar y lo extra curricular. Sin importar la edad, el estrato, si trabajan o no, el nivel educativo, el lugar donde viven, el estado civil, el número de hijos o la ayuda doméstica, más del 60% de las mujeres en el país manifiestan que les gustaría un trabajo de medio tiempo. Sólo el 7% lo tienen, pero muchas más lo desean. Este resultado del Sensor Yanbal 2012 sorprende pues va en contravía de lo que progresivamente se impuso como dogma, que el trabajo libera. La ley de Marina -un corolario de la ley de Pambelé- es simple: para hacer lo que a uno le place, es mejor trabajar menos que trabajar más. A los varones colombianos, poco atentos a la prole, tal vez menos versátiles, no les preocupa tanto como a ellas marcar tarjeta para dedicarle toda su atención, su energía y sus mejores años a la condena laboral. 

Es probable que esa sensación de tener firmemente en las manos –como el timón del taxi- las riendas de su vida sea lo que hace de Marina una persona tan positiva y optimista. En la media hora que conversamos no se quejó ni una sola vez. No mencionó la palabra acoso, ni la discriminación, ni el techo de cristal, ni la inseguridad, ni el desempleo profesional, ni la violencia machista, ni siquiera habló mal del Procurador. En el inhóspito territorio de las calles bogotanas, donde las reglas las imponen a la brava los machos –choferes, guardaespaldas en burbuja, motociclistas, pilotos de ambulancia, contratistas, atracadores, policías- ella se mueve tranquila. Nada la asusta, nada la amarga, nada la indigna. 

La familia, bajo el liderazgo de Marina, está llena de planes: una exposición de sus pinturas, una maestría del esposo, los estudios de estadística en la Nacional con los que sueña desde los trece años la hija mayor, o los de arte la menor. Ni siquiera la visa que le negó el gobierno suizo a su brillante primogénita para visitar una tía y aprender a esquiar logró amilanarla. 

No hablamos de política, pero seguramente algunos tildarían a Marina de conservadora. Se adaptó como pudo a un entorno agreste. No sueña con otro planeta para realizarse como persona, ni mucho menos pretende señalarle a otras la ruta hacia la utopía. Se ha centrado en fijarse objetivos factibles, calcular sus chances y solucionar uno a uno los problemas concretos que enfrentan ella o su familia.

Al bajarme del taxi Marina me dio las gracias por mi curiosidad. Desde entonces no he dejado de preguntarme cuál es la fórmula para esa seguridad tan rotunda y sin fisuras, para ese verdadero empoderamiento. El optimismo irreductible es tal vez lo que está detrás de su capacidad para asumir riesgos y disfrutar su pellejo. Ver el lado bueno de las cosas, sin ingenuidad ni obstinación, es un poderoso motor de la acción. La confianza en sí misma es una capacidad que adquirió temprano y supo mantener. El arreglo económico que tiene con su esposo es insuperable. Él aporta los recursos frescos del sueldo y ella maneja, literalmente, los ahorros. Está diversificado el riesgo y las hijas están protegidas contra eventuales deslices o sucursales. 

Sería inadecuado anotar que se trata de una mujer que creció en medio de privilegios. Por el contrario, cualquier ONG extranjera se escandalizaría con esos antecedentes de explotación laboral. Marina trabajó desde niña en el comercio minorista y apenas pudo en el transporte público. Lo adecuado, dicen, hubiera sido limitarle el tiempo libre a las tareas escolares y a los juegos, para que soñara con un mundo mejor. 

Un estudio sobre mujeres laboralmente exitosas en los EEUU señala que la mayoría de ellas recuerda haber tenido desde la infancia distintas responsabilidades, además de las domésticas, hoy tan estigmatizadas. Durante el bachillerato, casi la totalidad combinó sus estudios con trabajos remunerados como cuidar niños, hacer la limpieza o dar clases. Al igual que Marina, las más empresariales colaboraron en negocios familiares. A otras, también como a Marina, los trabajos juveniles les sirvieron para identificar su vocación. Una pediatra, por ejemplo, señala lo definitiva que fue para su carrera la temprana experiencia como baby-sitter. 

No alcancé a tocar el tema, pero yo apostaría que Marina nunca estuvo inscrita en cursos o seminarios sobre “problemas de género”. Suena increíble, pero en Colombia, de acuerdo con la misma encuesta Yanbal, la proporción de quienes reportan haberse sentido discriminadas “de cualquier forma por el hecho de ser mujer” aumenta con el nivel educativo. Lo anterior a pesar de que en el estrato alto, con acceso a la universidad, la percepción de exclusión femenina es menor. Las mujeres con secundaria o menos señalan como foco primordial de discriminación a la familia; las más educadas perciben que el entorno que las margina es el laboral. Pero aún filtrando por el empleo, el hecho de tener estudios superiores incrementa en un 75% la probabilidad de que una colombiana se haya sentido discriminada como mujer. Las doctoras del país se sienten más excluídas que Dioselina Tibaná, buen primor.  

A diferencia de esta valiosa y valerosa taxista que maneja con optimismo, berraquera y ternura tanto el patrimonio como el matrimonio, en algunas aulas universitarias por empoderamiento femenino se entiende cultivar con esmero los temores, repasar el inventario de abusos, alargar la lista de derechos y perpetuar la quejadera. Qué productivas serían unas charlas esporádicas con mujeres como Marina, que no se sienten víctimas, conviven armoniosamente con su pareja y con más tezón que retórica lograron el control de sus vidas. 

La última solicitud burocrática que hizo Marina –que un gobierno extranjero le diera a su hija autorización para viajar- se la negaron. Cualquier día, entre un par de carreras por el vecindario del consulado, volverá a insistir, hasta que se la den. 

Referencias.