Vivir |11 Ago 2012 - 9:00 pm
Las fases de una rehabilitación costeada con dineros públicos de Bogotá
La resurrección de Manuel
Tras la polémica por el anuncio del alcalde de crear centros de atención para drogadictos, vale la pena conocer cómo es hoy el apoyo del Distrito a quienes no pueden subsidiárselo.
Por: Diana Carolina Cantillo E.
A sus 40 años, Manuel Enrique Benedetti, un habitante de la calle, terminó su proceso de rehabilitación. Esto luego de intentar dos veces antes. / Luis Ángel
Los 30 años que vivió Manuel Enrique Benedetti Muñoz como habitante de la calle terminaron el jueves pasado. A las 11:00 a.m. de ese día, El Mensajero, como lo llamaban en la escabrosa olla conocida como El Cartucho, estaba de pie dándole la espalda al Centro de Abordaje Terapéutico El Camino, lugar que lo acogió durante nueve meses y en el que trabajó en su adicción a las drogas a través de la metodología de los “estadios del cambio”. Se trata de un proceso de enfoque humanístico subsidiado por el Distrito, por medio de la Secretaría de Integración Social, en el cual Benedetti pasó por dos etapas: una de desintoxicación y otra de deshabituación al consumo, cuyos factores trasversales incluyen la recomposición del tejido familiar y la adaptación a la vida laboral.
Con este tratamiento intentó dos veces su rehabilitación, pero sólo concluyó la segunda y en ella se ha comprometido a mostrar resultados cada ocho días. Ahora, después de varios meses apartado de la Bogotá monstruosa, Benedetti tendrá que afrontar este “despertar” a la realidad de la ciudad, en donde las tentaciones bullen en cada esquina, a la espera de cautivar la ansiedad del rehabilitado.
Su reto, a los 39 años, será esquivar los grilletes que la adicción. Tendrá que defender con honor el lugar privilegiado que ocupó con otros 252 habitantes de calle en el hogar El Camino: allí sólo hay capacidad para atender a 253 personas, mientras que hay 1.150 habitantes de calle en hogares de paso del Distrito y de ellos muchos han expresado el deseo de pasar a la otra fase del proceso de rehabilitación, la misma en la que Benedetti acaba de cruzar la puerta. Los únicos programas de rehabilitación que existen en Bogotá se dirigen exclusivamente a esta población.
Manuel Benedetti saldrá a ponerle el pecho a una vida digna con un millón y medio de pesos en el bolsillo, dinero ahorrado gracias al trabajo en el sector de la construcción que consiguió a través de convenios del Distrito y de las capacitaciones que ha recibido para reintegrarse a la actividad laboral. En su morral lleva un diario donde apunta los recuerdos difusos de situaciones vividas durante 30 años en la calle, los meses que pasó en distintos hogares de paso del Distrito, las crisis de ansiedad apaciguadas con un baño de agua fría y su historia en El Camino. Carga además cuatro mudas de ropa, un celular barato y un papel con una lista de pendientes que no lo deja olvidar las compras obligadas que debe realizar mes a mes: tres rollos de papel higiénico, una máquina de afeitar, una crema de dientes... Esos nueve meses bajo el apoyo médico, psicológico y psicosocial le significaron un nuevo camino, a lo largo del cual tendrá que empezar gateando para después caminar. Su familia, 19 años después del último encuentro, prepara todo para su retorno; vivirá con ellos en una casa en el barrio San Mateo del vecino municipio de Soacha.
En su vida, cuenta Benedetti, esta es la segunda vez que sale con maleta. La primera vez fue a los 8 años, cuando decidió escapar de su casa. En esta ocasión, dice, empacó para regresar. La ‘bicha’, que es como llaman a la pasta básica de la cocaína o bazuco, lo sedujo a esa edad. Por avatares en su familia, sus padres cogieron rumbo a Venezuela en 1980, como ilegales, pero no hubo cupo para él. Ellos probarían suerte, conseguirían los medios y entonces regresarían; esa fue la promesa. Y aunque nunca se cumplió, Benedetti tampoco esperaba que así sucediera. Poco tiempo después de la despedida, una madrugada salió a buscarlos. Pero no llegó lejos, sólo unas cuadras más allá de donde vivía en el barrio 20 de Julio. Se topó con un callejón ubicado entre un centro comercial y una plaza de mercado y se dejó deslumbrar por un mundo en el que sólo habitaban niños abandonados, maltratados, arrojados a la maleza de la calle. Pensó que ese podía ser un lugar acogedor para descansar antes de irse a Venezuela.
Tres días después de haber llegado a ese callejón probó por primera vez la ‘bicha’. Fue una noche, bordeando la madrugada. Estaba con Kelly, una niña de 14 años, la mayor de entre todos los niños habitantes del callejón. Siempre estuvo con ella, la veía como la autoridad del ‘parche’. Se sentaron sobre el techo de una casa y tres bocanadas de bazuco, provenientes de una pipa hechiza, le bastaron para descubrir en las estrellas un camino que lo conduciría hasta la promesa, pero no la de sus padres sino la suya: la de encontrarlos. Con las manos elevadas hacia el firmamento pudo amasar lo prometido, tocar la felicidad deseada y estrechar el reencuentro añorado. Ese día pudo estar con ellos, un momento que repitió miles de veces.
En ese punto, Benedetti estaba en la fase de precontemplación, en la que la persona no concibe su adicción como un problema, explica Édgar Triana, psicólogo, experto en temas de drogadicción y coordinador del hogar El Camino.
Aplazó el viaje. Del callejón en el 20 de Julio sólo salió cuatro veces. Las dos primeras fue raptado por unas personas que lo entregaron a una familia extranjera a cambio de un pago correspondiente a su peso, estatura y edad. Las dos veces se escapó, aunque reconoce que lo trataron con cariño. “Esas personas siempre llegaban dos o tres veces al mes y recogían niños; yo caí dos veces y esas mismas veces puede escaparme”.
La tercera vez se hizo llevar por los conocidos que compraban a los niños. Lo hizo porque unos tipos que llegaron en una camioneta raptaron a Kelly, su compañera de calle. Al final se los llevaron a los dos. “Fuimos más al sur, en donde quedaba una tubería gigante que desembocaba en un río. A ella la violaron en mis narices, mientras que a mí me golpeaban. Después de lo que le hicieron, le pegaron un tiro y la echaron por un tubo. Yo malherido me metí en otro tubo para ir detrás de ella, caí a un río; la busqué, pero jamás la encontré. Fue ahí cuando se me borró la promesa de ir a buscar a mis padres”.
Luego de la cuarta ocasión no pudo regresar nunca más al callejón. Se dedicó por completo a consumir pegante y bazuco, mientras trabajaba llevando drogas de Bogotá a Villavicencio. Lo hizo porque lo reclutaron. En esas estaba cuando cumplió 15 años.
En cuanto pudo huyó de semejante mundo, pero llegó a otro peor: El Cartucho, ese laberinto bajo de la sociedad que por años se enredó en la zona donde hoy está el parque Tercer Milenio. Allí transcurrirían los siguientes 16 años de su vida.
Trabajó para bandas dedicadas al microtráfico. Cargaba de un lado a otro canecas llenas de monedas, billetes, drogas, celulares y computadores. Todo robado. Su paga seguía siendo una provisión diaria de ‘bicha’. “Ahí ya todo valía nada. Me acostumbré a hacer del cuerpo sin darme cuenta, a esculcar en la basura, a ver morir”.
Cuando las autoridades acabaron con El Cartucho, en 2000, se fue a vivir a un ‘parche’ en Monserrate.
El 17 de septiembre de 2011 llegó a su vida el grupo de búsqueda activa de la Secretaría de Integración Social. Lo llevaron a un hogar de paso, le ayudaron a cambiar su imagen personal y le dieron atención médica y odontológica. Comenzó entonces la etapa de contemplación, cuando el adicto identifica que el consumo causa conflictos en su vida.
Sus entradas y salidas a los hogares de paso de la ciudad se volvieron una nueva constante en su vida hasta que hace nueve meses, luego de recuperarse de ser arrollado por un carro, entró a El Camino.
Triana explica que ahí Benedetti pasó a la fase de acción: “Querer cambiar de vida, retornar a su familia, dejar los cambuches”.
En el retorno a casa, Benedetti se encontró con el apoyo de hermanos, primos, tías y una abuela con 57 nietos. Su papá murió y de su mamá no volvió a saber. Pero su familia está integrada por cerca de 90 personas. El jueves se abrazaron después de 30 años. Aspiran a recuperar el tiempo perdido.
Rehabilitación paga por el Distrito
La Secretaría de Integración Social tiene a cargo la atención terapéutica del Distrito y está dirigido sólo a habitante de calle. De los 9.614 que deambulan en Bogotá, se atienden a 1.150. El servicio público está dividido en tres lugares de atención: tres hogares de paso donde hay estadías diurnas y nocturnas, Hogar El Camino y un centro para personas en estado crónico.
De las 253 personas que ingresan voluntariamente al proceso de desintoxicación, el 33% logran finiquitarlo con éxito. Anualmente se invierten $15.000 millones en la atención a adictos. Un servicio que está conformado por varios equipos de trabajo y una comunidad terapéutica. El enfoque es humanístico, busca recomponer el lazo familiar y asegurar la vinculación laboral.
Por: Diana Carolina Cantillo E.
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