El demonio a veces está en casa

Una de cada cinco jóvenes campesinas que se vincularon a grupos armados fue víctima de abuso sexual antes de tomar esa decisión. En el 65% de los casos el victimario fue un familiar.

Los antecedentes de violencia sexual son una constante entre las jóvenes que se vinculan a grupos armados  al margen de la ley  / Archivo particular
Los antecedentes de violencia sexual son una constante entre las jóvenes que se vinculan a grupos armados al margen de la ley / Archivo particular

A la recurrente explicación económica para el reclutamiento de menores por parte de grupos armados ilegales se ha sumado, para las mujeres, la de la violencia sexual. Se habla de cientos, miles, de niñas “violadas, abusadas y maltratadas física y psicológicamente por los hombres armados”. Se afirma que “la violencia de género y la violencia sexual en conflictos armados son perpetradas como actos de venganza, como aliciente para la moral de los soldados, como un método de infligir terror y humillación en la población”. Pero el problema presenta aristas más sombrías y puede tener origen doméstico.

Eloísa*, una exguerrillera, decidió que su padrastro sería su papá pues su padre biológico, a quien llama El Demonio, abusó de ella desde los 8 años. “Nunca le he contado esto a nadie, ni a mi mamá, porque él se enfurecía y decía que si hablaba me cosía los labios. Y también me callaba por miedo a las lenguas del pueblo, que son largas... Llegaba con una botella de cerveza en la mano y yo volvía a decir ‘estoy despierta, esto no es un sueño, es la realidad’... Él roncaba un tanto, y cuando dejaba de roncar me decía: ‘Usted no es mi hija. Usted es mi mujer’”.

Con tales fechorías en casa, el reclutamiento estuvo servido en bandeja. Cuando a los 9 años Eloísa trató de evadirse tomando cien tabletas de Novalgina, quienes la encontraron desfallecida en la calle fueron los de la ronda nocturna de la guerrilla. A los trece le mandó un mensaje al “duro” de turno: “Díganle que quiero ingresar. Yo también soy capaz de disparar un fusil”.

No son pocas las jóvenes campesinas que han buscado en los grupos armados un refugio de la violencia de su entorno inmediato. Entre las que respondieron la encuesta realizada a desmovilizados por la Fundación Ideas para la Paz (FIP), una de cada cinco señala haber sufrido abuso sexual antes de la vinculación. Para las citadinas la cifra es menor, pero sigue siendo alta: 13%. (Ver gráfico).

Los principales responsables de los atropellos no son los combatientes sino quienes viven con ellas en la casa, o por ahí cerca. El 65% de las campesinas sexualmente abusadas antes de entrar al conflicto señalan a un familiar como responsable. Tan sólo un 5% reporta haber sido agredida por alguien del grupo armado. Para las mujeres de origen urbano, la participación de los combatientes en el abuso es mayor pero siempre inferior a la de los familiares.

El impacto del abuso sexual es duradero. En los momentos de pasión con algún guerrillero, a Eloísa se le “encaramaba la rabia a la cabeza” porque le parecía que estaba con El Demonio y sentía unas ganas tremendas de atacarlo. Cuando en su frente les dieron a las mujeres la orden de ajusticiar a un infiltrado a cuchilladas, ella sólo tuvo que pensar que era El Demonio y que “por fin le había llegado su momento. Ahí me calenté... le dí dos veces. Con fuerza. Con todo lo que me daba el brazo”. Algo sorprendido, el comandante preguntó de dónde había salido semejante guerrera. “¿Guerrera? Yo no era más que una hija ofendida”.

Para prevenir el abuso sexual se debería reforzar la vigilancia a través de la escuela: cuando los incidentes llegan al sistema de salud ya es demasiado tarde. Pero esa vía no es infalible. Una vez que Eloísa se quedó en el salón de clases pensando en la lección de escritura recibió un puño en el oído derecho. Era su profesor, don Agustín, muy molesto porque lo había desobedecido. “Se me fue el mundo... duré más de dos meses con un zumbido en el oído y un mareo que me tumbaba”.

En la guerrilla las cosas no funcionaron mejor. “Lo que encontré allí fue más agobio”. Eso sí, aprendió a defenderse. No sólo mató a los que quisieron abusar de ella sino que cuando El Demonio volvió a empujarla contra el colchón sacó el treinta y ocho y disparó al suelo. Lo dejó como un pobre diablo.

La vinculación de menores al conflicto colombiano es un enredo monumental. No siempre se trata de una familia que entrega a sus hijas para que no se mueran de hambre o de unos combatientes que las violan y convierten en esclavas sexuales. A pesar de los excesos de profesores como don Agustín hay que insistir en la calidad del sistema educativo. No abundan opciones para detectar a los tipos endemoniados con sus hijas o familiares.

 

*Historia tomada de Más allá de la noche de Germán Castro Caycedo