Sin mujeres en la mesa de negociación

La ausencia de mujeres en los diálogos de paz con las Farc ha sido una constante en este tipo de procesos en el país. Estas son las razones de por qué ellas los facilitarían.

Aunque el presidente Juan Manuel Santos anunció su  política de equidad de género ante Michelle Bachelet, sobresale en el proceso de paz la ausencia de las mujeres.   / EFE
Aunque el presidente Juan Manuel Santos anunció su política de equidad de género ante Michelle Bachelet, sobresale en el proceso de paz la ausencia de las mujeres. / EFE

Acompañado de Michelle Bachelet, el presidente Juan Manuel Santos anunció recientemente la nueva política de equidad de género. Días después afirmó que las mujeres “participarán activamente en el proceso de paz”. Sin embargo, el grupo responsable del diálogo es de puros halcones. Ni una paloma. En el evento político del cuatrienio, las mujeres estarán en la retaguardia.

Incomoda que, con la compañera de Tirofijo en una rueda de prensa, hasta las Farc les hayan dado más protagonismo a las mujeres que el Gobierno. Si no hubo inspiración con la filosofía de la Ley de Cuotas, han debido observarse las directivas del Consejo de Seguridad de la ONU para incrementar la participación femenina en todos los niveles de las decisiones conducentes a la solución de conflictos.

Luego de revisar los documentos de los procesos de desmovilización durante los noventa, dos investigadoras concluyen que “en la mesa en que se trama la paz, la voz de las mujeres no parece haber estado presente. Ni su voz ni ellas mismas”. Del total de firmantes, 280 son hombres y sólo 15, mujeres. En los acuerdos con seis grupos insurgentes no hay sino una mujer guerrillera como signataria. Quienes los suscribieron en representación del Gobierno, como veedores o testigos, fueron sólo varones.

Parecería vigente el principio enunciado hace unos años por un colombiano experto en diálogos: “La guerra es entre hombres y las soluciones a la guerra tienen que ser entre hombres”. Ese, precisamente, es uno de los errores para no repetir. De partida, se trata de una gran imprecisión: el conflicto colombiano dejó de ser sólo masculino. Entre las personas desmovilizadas de siete grupos guerrilleros en los años noventa una de cada cuatro era mujer.

Se extrañan negociadoras en la mesa porque la simple presencia femenina facilitaría el proceso. Con razón se ha dicho que un requisito para acordar el fin de la guerra es convencerse de la imposibilidad de ganarla. Un problema esencial de los hombres en las confrontaciones es su terca y visceral pretensión de que serán vencedores. La lógica femenina ante los conflictos es diferente: más que ganarlos se busca evitarlos.

En la encuesta a desmovilizados de la Fundación Ideas para la Paz es diciente una discrepancia por género. Aunque la pregunta que se hizo acerca de si “en algún momento sintió que iban a ganar la guerra” se refería al grupo, no al individuo, sistemáticamente las mujeres fueron menos optimistas sobre la posibilidad de vencer que los hombres.

En un proceso tan cargado de simbolismo —en últimas, se busca que unos comandantes cuasi retirados den la orden de liquidar una marca de franquicias— sería útil enviarles a quienes dejan las armas una señal clara sobre los avances de las últimas décadas en la situación de la mujer. Es por ahí que más se añora una figura femenina en el equipo oficial de negociadores.

A pesar de la retórica igualitaria, el camino desde las montañas de Colombia hasta la equidad de género es largo y tortuoso. Según una excombatiente, “en la guerrilla, más que una mujer muy abeja que sabía pensar, yo sólo les servía para cocinarles, para la hamaca, para llevar a un muerto, para informar los movimientos del enemigo, y tenía que decir que sí y callarme”.

La experiencia de diálogos anteriores sugiere que cuando los temas de género no se abordan desde el principio explícitamente y sobre todo por mujeres, luego quedan excluidos de la agenda y de los programas posconflicto. Este punto es crítico en Colombia para las eventuales desmovilizadas, con alto riesgo de exclusión y discriminación.

Luego de varios talleres con excombatientes se encontró que la experiencia en la guerrilla puede ser un factor de respeto para ellos, pero de desprestigio para ellas. Los padres que se fueron a la guerra dejando a sus hijos regresan como héroes; las mujeres, como madres que los abandonaron.