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En una pizarra a la entrada de la Unidad de Hemodinamia de la Fundación Clínica Shaio en Bogotá, cada mañana aparecen anotados entre 15 y 20 nombres de pacientes que esperan a que él les realice uno de los procedimientos más comunes cuando se sufre un infarto en el corazón: una angiografía coronaria.
Esta mañana se ha retrasado unos minutos. Cuando entra a la Unidad, y mientras se cuelga un pesado chaleco para protegerse de la radiación que emite el tubo de rayos X acoplado al angiógrafo, uno de sus colaboradores ya ha sedado al primer paciente de la lista.
El doctor Castro lo reconoce al instante. Se trata de José Jairo Gutiérrez. No necesita chequear la historia clínica para recordar su caso: “Hace dos meses llegó a urgencias con un dolor en el pecho. Sufrió un infarto en la cara inferior del corazón. Nuevamente ha regresado porque otra de sus arterias coronarias necesita reparación”. En Colombia, cada año, mueren alrededor de 26.000 personas víctimas de un infarto. Así lo reveló la Encuesta Nacional de Salud publicada hace dos semanas.
Viaje al corazón
Luego de hacer una incisión en la ingle del paciente, el médico le inserta un catéter de 2,2 milímetros de diámetro que tendrá que viajar por su arteria femoral, alcanzar la arteria aorta y luego remontarse hasta llegar a las arterias coronarias que abrazan al corazón y le suministran alimento y oxígeno. Entre los 96.000 kilómetros de vasos sanguíneos que conforman el sistema circulatorio, esa es la vía más segura para alcanzar el poderoso músculo encargado de bombear, sin tregua, los 5,6 litros de sangre que nos mantienen vivos.
Un diminuto balón escondido en la punta del catéter se infla en el lugar donde se ha taponado el flujo de sangre. El experto cuenta con apenas 30 segundos para instalar una endoprótesis expandible (stent), que no es otra cosa que una malla que
mantendrá abierta la arteria para que el flujo de sangre se reestablezca. El viaje al interior del corazón se sigue paso a paso a través de dos monitores. Entre tanto, un tercero registra los signos vitales del paciente.
En menos de una hora, la “tubería” ha sido reparada. José Jairo ha contado con suerte y el daño en sus arterias, producto de la aterosclerosis (endurecimiento de las arterias por acumulación de colesterol, células inflamatorias y otras sustancias) no es tan severo. Se ha salvado de pasar a manos de los cirujanos cardiovasculares para que le realicen un bypass. Este procedimiento, del que solamente en Estados Unidos se practican 400.000 cada año, consiste en reemplazar un segmento de la artería afectada por otro extraído de una arteria sana.
José Jairo, sin embargo, sabe que si no cumple con obediencia las recomendaciones que le dio el médico de seguir una dieta sana, implementar poco a poco una rutina de ejercicio, mantener a raya su tensión arterial y controlados los niveles de colesterol tomando estatinas (la mejor arma farmacológica hasta el momento), la aterosclerosis puede provocar una tragedia en su corazón, su cerebro o cualquier otro órgano.
“Cada vez los colombianos imitamos más el estilo de vida de los norteamericanos. Comemos más comida chatarra y hacemos menos actividad física”, concluye el doctor Castro mientras se prepara para repetir el mismo procedimiento con el número dos de la lista.
Epidemia mundial
La enfermedad cardiaca y vascular, que engloba el infarto agudo del corazón, las trombosis, embolias y hemorragias en
cualquiera de las arterias del cuerpo —principalmente el cerebro, el riñón o las extremidades—, se ha convertido, según la Encuesta Nacional de Salud, en la principal causa de muerte y discapacidad entre los colombianos.
“En la década de los años 80 y 90 ese deshonroso primer lugar lo llegó a ocupar la violencia, pero hoy lo ocupan las mismas enfermedades de los países desarrollados. Estamos viviendo una transición epidemiológica”, resaltó Jesús Rodríguez, quien coordinó desde la Universidad Javeriana el gran estudio que, después de 18 años de investigación, reveló con certeza de qué se enferman y se mueren los colombianos.
En 2005, en el país fallecieron 55.738 personas por enfermedad cardíaca-vascular. Así, Colombia se suma definitivamente a la lista de países víctimas de una epidemia que sigue fuera de control en el mundo y que amenaza con cobrar la vida de 20.7 millones de personas en el continente americano en los próximos diez años, según la Organización Mundial de la Salud.
Los factores que han contribuido a este nuevo y preocupante panorama en la salud pública, además del envejecimiento de la población, son los dramáticos cambios en los estilos de vida de los colombianos.
Según la Encuesta Nacional de Salud, el 12,8% de los colombianos fuma, el 7,8% presenta niveles anormales de colesterol, el 22,8% sufre de hipertensión, el 13% de la población es obesa y un 2,6% convive con la diabetes, sin contar el 9% que roza los niveles aceptados de azúcar en la sangre.
Para complicar las cosas, uno de cada cuatro colombianos sufre de sobrepeso y cada vez son más los que padecen las inclemencias del estrés. Todos éstos son considerados por los médicos factores de riesgo para desarrollar algún tipo de enfermedad cardiovascular.
La diabetes, por ejemplo, cuadruplica el riesgo de sufrir un infarto. Mientras que la hipertensión y el cigarrillo lo triplican y los problemas de obesidad lo aumentan a más del doble. Ligia Malagón, experta en salud pública de la Universidad del Valle, resume el problema en una frase: “Los malos hábitos matan más que las balas”.
¿Cuánto vale estar sano?
Hernando Bermúdez, de 59 años, sufrió un infarto hace seis años. Un episodio que se ha repetido en cuatro de sus diez hermanos, quienes fallecieron por esta causa. Hernando recuerda que un día sintió un dolor muy fuerte en el pecho, pero que
sólo quiso ir al médico tres días después. Su condición era delicada. Tuvieron que operarlo y colocarle un ‘stent’, una especie de andamiaje de metal, que permite a las arterias permanecer abiertas y que fluya la sangre.
Después de este episodio, Hernando tuvo que modificar su estilo de vida, acostumbrarse a los exámenes de control, a tomar 18 pastillas diarias, hacer ejercicio y, lo más difícil, intentar dejar de fumar. A pesar de estar afiliado a la EPS y de tener prepagada, los costos de su enfermedad son altos (ver gráfico adjunto).
Infarto cerebral
El pasado miércoles, los asistentes al Congreso enmudecieron cuando el representante José Fernando Castro se desplomó mientras discutía un proyecto de ley en el que se incluía una reducción de dos horas al horario de la ciclovía de Bogotá.
Castro, quien no pudo recibir una adecuada e inmediata atención médica, falleció horas más tarde en el Hospital Santa Clara. Su muerte, en medio de un debate sobre reducir o no las horas de ejercicio para los bogotanos, resultó paradójica. Sus opositores le reclamaban lo importante que resulta la actividad física para mantenerse saludable.
El Espectador confirmó que aunque recientemente le realizaron un cateterismo, la causa de muerte fue una hemorragia producto de una malformación de sus arterias cerebrales. Aunque dentro de su historial médico figuran antecedentes de hipertensión arterial y altos índices de colesterol, el parte médico no los reconoce como la razón principal.
Mejor prevenir que lamentar
Para el doctor Fernando Ruiz, médico y economista, quien participó en la elaboración de la encuesta de salud en nuestro país, estas cifras son un llamado de atención: “Si la población sigue envejeciendo y aparecen enfermedades crónicas, los servicios de salud no pueden ser curativos sino preventivos, para lograr una mejor calidad de vida”.
En el mismo sentido opina Branka Legetic, asesora de la Unidad de Enfermedades No Comunicables de la Organización Panamericana de la Salud: “Todavía no hay respuestas suficientes por parte de nuestros gobiernos a la epidemia que nos aqueja, con políticas antitabaco o de nutrición”. De los 36 países americanos, sólo 13 establecieron medidas contra el cigarrillo, 7 lo hicieron para incentivar la actividad física, otros 7 contra el alcohol y apenas 10 implementaron programas para el control de los problemas de hipertensión.
En cuanto a prevención, la encuesta no deja bien parado al régimen de salud. Las cifras hablan por sí solas. Apenas el 37% de los pacientes diabéticos son atendidos por una nutricionista. Esto para los conductores de la encuesta resulta absurdo, tratándose de una enfermedad relacionada con la comida. Por otro lado, sólo el 10,7% de los colombianos que sufren enfermedad cardiovascular recibe asesoría en estilos de vida saludables.