Vivir |30 Mayo 2009 - 10:00 pm
La musicoterapia, una alternativa para la medicina
‘Bypass’ al alma
Por: Santiago La Rotta
Esta semana una niña británica despertó de un coma cantando el famoso tema “¡Mamma Mia!”, reviviendo el debate sobre los poderes curativos de la música.
Foto: Diana Sánchez
Álvaro Ramírez, músico de conservatorio y psicólogo.Era hosco. No miraba a nadie a los ojos y cuando lo hacía parecía no ver a los demás, sino algo diferente: otro, otros, algo que vivía más allá de quien le hablaba. Tampoco parecía escuchar. De pronto sí oía y no entendía o no quería. Tampoco hablaba. De su boca salía un ronroneo ininteligible, que tenía sentido sólo para él. Tal vez, parafraseando un libro de César Vallejo, quería hablar pero le salía espuma, un lento rumor que parecía no comunicarle nada a nadie. Así, confundido y ensimismado, abstraído en un mundo más allá del lenguaje y la vida, lo conoció Alfonso de la Espriella cuando entró a su consultorio en un hospital psiquiátrico de San Diego, California, en Estados Unidos.
Allá el paciente esquizofrénico. Acá el musicoterapeuta. En la mitad de los dos un par de tambores. Que suene el ritmo. Primero un golpe fuerte. Después una pausa y luego otro golpe. Él miró y De la Espriella supo que tenía su atención. Otro golpe y esta vez el paciente, perdido en el laberinto sin salida de una locura diagnosticada, respondió; aquel que no hablaba, replicaba ahora en un código primitivo, tan antiguo como el hombre mismo. Fue media hora en la que el mundo regresó en forma de ritmo, de violenta cadencia, para alguien que está más allá del alcance de la abstracción del lenguaje y las ideas de los hombres, pasando la frontera entre la comunicación y el aislamiento, la soledad de la locura.
La música está más allá de la barrera del idioma, de la escritura, del pensamiento mismo. Una nota atraviesa la razón y el tiempo para llegar hasta una fibra íntima, allá en el fondo de las vísceras donde los aspectos más primitivos de la vida se resuelven.
Esta semana, Layla Towsey, una niña británica de tres años, volvió de la distancia infinita de un coma cantando ¡Mamma Mia!, uno de los míticos éxitos de la también mítica banda sueca Abba. Sería apresurado decir que los suecos trajeron de vuelta a Layla, pero, sin duda, es curioso que alguien en coma despierte cantando. ¿Qué sucede con la música que parece llegar a lo más profundo del ser humano como ninguna otra expresión nuestra lo hace?
Álvaro Ramírez, músico y psicólogo, además de uno de los fundadores de la maestría en musicoterapia de la Universidad Nacional, trata todos los días de aliviar las dolencias indecibles de niños con problemas mentales, adultos con lesiones cerebrales, personas con Alzheimer y gente común y corriente que no logra encontrar un canal entre el mundo y ellos. A través del ritmo, del rasgueo sencillo de una guitarra, la llamadora repetición de un tambor, Ramírez trata de devolverles a aquellos que han perdido contacto con su alrededor un lenguaje más poderoso que las palabras para que, en medio de su desorden y aflicciones, encuentren una suerte de conexión, un puente entre el exilio de la enfermedad y todo lo demás.
Por ejemplo, cuenta Ramírez, pacientes con Alzheimer que han olvidado todo por completo tienden a recordar una tonada, una música en especial que les devuelve un momento que se había refundido en lo profundo del cerebro largo tiempo atrás. Incluso, cuando ya no hay memoria el ritmo persiste. Y agrega: “El lenguaje musical no sólo les da un alivio, un respiro en medio de su condición, también es un medio de comunicación, un vínculo para que la familia se vuelva a conectar con ellos dentro de la música, para que ésta los contenga”.
Cada musicoterapeuta enfrenta sus sesiones de forma diferente. Cada paciente exige un camino distinto, pues un suplicio no es igual al siguiente. Lo que sí es común en la práctica de la musicoterapia es el concepto de que a través del instrumento, del sonido particular de cada uno, quien recibe el tratamiento expresa algo que está tan adentro de él que suele no manifestarse en palabras, habladas o escritas, sino a través de un código que nos es común a todos, músicos profesionales o simples oyentes.
“La música llega sin filtros al mundo emocional, como un ‘bypass’ al alma. Te amarra en el presente y eso pone a los pacientes en contacto con sus sentimientos del momento, con el problema”. Con esta frase, De la Espriella, musicoterapeuta del Berkley College of Music y quien en su práctica ha estado involucrado con pacientes de hospitales psiquiátricos y adictos a las drogas, explica por qué la música parece entender casi a la perfección cómo funciona el organismo y la complejidad de nuestras emociones.
La música actúa como vehículo para acercarse, mas no como destino, como salvación. Si bien es capaz de tocar a quien se creía intocable, de alcanzar a rasguñar las entrañas de alguien que ha olvidado todo, que vive perdido en un cerebro sin recuerdos, no funciona como cura contra un mal. Sin embargo, son esos pequeños momentos, esos ligeros brillos en medio de la enfermedad o la depresión, los que se convierten en un aliciente para los pacientes. Ambos profesionales afirman que la música no revierte una condición física o mental, pero sí la alivia. En últimas, como muchos tratamientos terapéuticos, su fin es trazar un sendero que haga más vivible la vida misma.
El musicoterapeuta debe ser un observador incisivo, un traductor del sonido de los instrumentos a las experiencias emocionales de cada paciente. En las sesiones de Ramírez todo comienza con una historia musical del paciente, un recuento de su banda sonora. “Después él debe escoger un instrumento. A veces les pregunto: ¿Con cuál quieres expresar tu tristeza?”. De la Espriella piensa que “la escogencia del instrumento ya dice algo acerca del mundo interior de la persona; el sonido es el lenguaje de un mal, de un sentimiento”.
La música como vínculo. Pero también como catarsis, como una especie de maniobra Heimlich para el alma. A veces a través de la improvisación propia con instrumentos, con la voz (el primero con el que se tiene contacto al nacer) o por medio de una canción, un disco especial con el que la ira o el desespero, el absurdo del mundo y la gente que lo habita se materializan, cobran la forma especial que saca lágrimas y desvela por las noches.
Dicen que cuando Lenin escuchaba la Novena sinfonía de Beethoven decía que debía dejar de oírla, porque de seguir así no sería capaz de seguir con la Revolución de Octubre. La música que interrumpe a la historia. La música que trae de regreso del coma. La música que alivia. La música como bálsamo para seguir vivos, para comunicarnos sin hablar, para correr sin movernos, como reza una canción.
El método de la musicoterapia
Una sesión de musicoterapia tiene tantos caminos como pacientes. El elemento que vincula todas las aproximaciones de este tratamiento es la utilización de la música como canal principal de comunicación entre el paciente y su dolencia, que puede ser desde un retardo mental, pasando por esquizofrenia, hasta depresión profunda.
Algunos musicoterapeutas, como Alfonso de La Espriella, utilizan música de artistas reconocidos para vincular al paciente con una experiencia determinada. Otros prefieren la improvisación como único método de tratamiento de los problemas.
El efecto Mozart
En los años 90 comenzaron a desarrollarse en Estados Unidos varios estudios que intentaban descubrir qué tipo de efectos tenía la música de Mozart sobre las personas.
Los resultados fueron sorprendentes: quienes escucharon estas melodías obtuvieron puntajes más altos en las pruebas de razonamiento espacio temporal y desarrollaron con mayor facilidad sus habilidades creativas.
Algunos expertos incluso comenzaron a hablar de los beneficios de esta música para los bebés cuando todavía se encuentran en el vientre materno, pues ésta no sólo contribuye a su crecimiento, sino que estimula su mente y genera un ambiente lleno de paz y tranquilidad.
Alfred Tomatis, el otorrinolaringólogo francés que descubrió este efecto, explicó que cuando se escuchan las melodías de Mozart aumenta la energía cerebral, el rendimiento intelectual y la habilidad para visualizar e imaginar formas espaciales.
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Santiago La Rotta | Elespectador.com
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