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Vivir 7 Jul 2009 - 11:00 pm

Investigación culinaria

La comida de nuestros antepasados

Crujiente de termitas sobre cama de ajos aplastados o sorbete de huesos con tuétano en bolsa de cuero, algunos de los platillos que degustaron los primeros hombres.

Por: Redacción Vivir
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Foto: EFE

Hace miles de años comer dejó de ser exclusivamente una necesidad, una forma de asegurar la supervivencia de la especie, para convertirse en una de las maneras en que una cultura entera se identifica, la carta de presentación, en unos casos más apetitosa que en otros, de los pueblos: eres lo que comes, reza el refrán.

Sin embargo, el escenario era muy diferente para los primeros hombres, quienes recientemente se habían descolgado de los árboles, un hecho que relegó a un segundo plano la posibilidad de alimentarse exclusivamente de aquellos frutos que pendieran de las ramas. La primera pregunta que surge entonces es: ¿qué comían nuestros antepasados? La segunda es ¿cómo?

La respuesta al primer interrogante, al menos en parte, la tienen la arqueología y la paleontología, que se han dedicado a reconstruir el quehacer culinario de nuestros antepasados a partir de lo que se ha encontrado en las excavaciones, en las que han emergido de la tierra los restos de los primeros homínidos que caminaron erguidos por el planeta.

Eduardo Angulo, un biólogo español de la Universidad del País Vasco, se encarga de responder la segunda en su libro El animal que cocina: gastronomía para homínidos, en el que se lee: “En este libro intentaremos desarrollar dos asuntos bien diferentes aunque, es obvio, estrechamente relacionados: qué comían y cómo comían esos simios que cayeron del árbol y sus descendientes. Con la ciencia, hemos logrado averiguar qué comían; con la imaginación, inventaremos cómo comían”.

El texto, que contiene un recetario con 42 preparaciones que incluyen “crujiente de termitas sobre cama de ajos aplastados”, “sorbete de huesos con tuétano en bolsa de cuero”, “ardilla a la piedra al aroma de cebollitas” o “carne asada en un hoyo”, trata de explicar cómo fue la evolución culinaria de los primeros hombres desde el momento en que bajaron de los árboles para explorar las posibilidades de la sabana.

El autor argumenta que la dieta del primer homínido no varió demasiado durante cerca de siete millones de años, en los que continuó alimentándose principalmente de todo lo que colgara de una rama, además de hojas y hierbas del campo. Sin embargo, el clima del planeta fue cambiando y los árboles comenzaron a ser un lujo cada vez más escaso, lo que obligó a los ancestros a explorar la tierra en busca de sustento. Con el tiempo, los hombres primitivos aprendieron el valor de la madera y la piedra como armas, pero también como herramientas: además de romperse la cabeza con estos elementos también descubrieron que servían para sacar tubérculos de la tierra o abrir conchas, por ejemplo.

Sin embargo, el salto más grande en la forma como el hombre comía llegó con la introducción del fuego y su potencial para ablandar la carne del reino animal o para tostar semillas, habilidades que nuestros ancestros se demoraron algún tiempo en dominar del todo.

Develar qué comieron nuestros antepasados da pistas de cómo fuimos evolucionando culinariamente hasta nuestros días, en los que la comida es sujeto de programas de televisión y motor de una poderosa industria que sigue revolviéndose alrededor de algo tan básico e instintivo como el hambre.

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