Opinión |8 Dic 2008 - 10:00 pm
Convocatoria a todos los paquistaníes
Por: Thomas L. Friedman
EL 6 DE FEBRERO, TRES PAQUISTAníes murieron en Peshawar y Lahore durante violentas protestas en las calles en contra de las caricaturas danesas que satirizaron al Profeta Mahoma. En las semanas siguientes, se dieron más de este tipo de protestas masivas.
Cuando los paquistaníes y otros musulmanes están dispuestos a tomar las calles, incluso sufrir la muerte, a fin de protestar en contra de una caricatura insultante publicada en Dinamarca, es justo preguntar: ¿quién en el mundo musulmán, quién en Pakistán, está listo para salir a las calles para protestar por los asesinatos masivos de personas reales, no personajes de caricatura, justo a su lado, en Bombay?
Después de todo, si 10 jóvenes indios de un grupo escindido del nacionalista hindú Bharatiya Janata viajaron en barco hasta Pakistán, abrieron fuego en dos hoteles de Karachi y en la estación central de trenes, matando cuando menos a 173 personas, y después, por si fuera poco, asesinaron al imán y su esposa en una mezquita financiada por Arabia Saudita mientras acunaban a su hijo de dos años de edad —solamente porque eran musulmanes sunitas— ¿dónde estaríamos hoy? El mundo entero de los musulmanes estallaría en llamas y saldría a las calles.
¿Entonces, qué podemos esperar de Pakistán y el mundo musulmán en general después de Bombay? India dice que sus interrogatorios del terrorista sobreviviente indican que la totalidad de los 10 hombres venía del puerto paquistaní de Karachi, y cuando menos uno de ellos, si no los 10, era nacional paquistaní.
En primer lugar, a mí me parece que el gobierno paquistaní, que es extremadamente débil, para empezar, ha estado tomando con mucha seriedad este asesinato en masa y que, por ahora, no se ha descubierto un solo vínculo oficial entre los terroristas y elementos de los servicios de seguridad de Pakistán.
Al mismo tiempo, cualquier lectura de la prensa paquistaní en inglés revela voces paquistaníes expresando verdadera angustia y horror con respecto a este incidente. Consideremos, por ejemplo, el artículo de la agencia noticiosa Inter Press Service del 29 de noviembre, desde Karachi: “Siento un gran temor de que (la violencia en Bombay) afecte adversamente las relaciones entre Pakistán y la India, declaró la prominente poetisa feminista y escritora Attiya Dawood a IPS. No puedo afirmar que Pakistán está o no involucrado, pero quienquiera que lo esté, no es la gente común de Pakistán, como yo misma, o mis hijas. Acompañamos a nuestros hermanos y hermanas de India en su dolor y pena”.
Pero, si bien la sobria respuesta del gobierno paquistaní es importante, y las sinceras expresiones de indignación por parte de individuos paquistaníes son cruciales, yo sigo esperando más. Aún tengo la esperanza —tan sólo una vez— de esa manifestación masiva de “personas ordinarias” en contra de los atacantes de Bombay, no por mí, ni por el bien de India, sino por el de Pakistán.
¿Por qué? Porque hace falta un esfuerzo personal. La mejor defensa en contra de este tipo de violencia asesina consiste en limitar la reserva de reclutas, y la única forma de lograrlo radica en que la sociedad interna aísle, condene y denuncie en público y repetidamente a los asesinos, y no amplifique, ignore, glorifique, justifique o “explique” sus actividades.
Seguro, es importante que haya mejor información de los servicios de inteligencia. Y sí, mejores equipos de SWAT son cruciales para derrotar a los perpetradores rápidamente, antes que puedan infligir mucho daño. Pero, a final de cuentas, los terroristas a menudo actúan con base en lo que perciben que realmente desea la mayoría pero no se atreve a hacer o decir. Es por esta razón que el disuasivo más potente para su conducta es cuando la comunidad, de manera integral, dice: “No más. Lo que ustedes han hecho, asesinando hombres, mujeres y niños indefensos, nos ha avergonzado a nosotros y a ustedes”.
¿Por qué habrían de hacer eso los paquistaníes? Porque no es posible tener una sociedad saludable que tolere de forma alguna a sus propios hijos yendo a una ciudad moderna, en cualquier lugar, y meramente terminar asesinando a cualquiera que esté a la vista —incluidos otros 40 musulmanes— en una operación suicida-homicida, sin molestarse siquiera en dejar una nota. Esto porque el acto fue su nota, y la destrucción por la mera destrucción era su objetivo. Si haces eso con tus enemigos en el extranjero, harás lo mismo con enemigos dentro del propio país y destruirás tu propia sociedad en el proceso.
“A menudo hago la comparación con los católicos durante el escándalo de los sacerdotes pedófilos”, me escribió una amiga musulmana. “Los católicos que dejaron la Iglesia o que se expresaron en contra de la Iglesia no estaban intentando demostrarle a nadie que ellos son antipedófilos. Tampoco se estaban disculpando por los católicos, o intentando expresar el argumento en cuanto a que esto no es catolicismo al mundo no-católico. Ellos se expresaron porque querían influir sobre la Iglesia. Deseaban reparar un terrible problema” dentro de su propia comunidad religiosa.
A partir del problema por las caricaturas danesas, sabemos que los paquistaníes y otros musulmanes saben movilizarse con rapidez para expresar sus sentimientos de odio, no meramente como individuos, sino como un poderoso colectivo. Eso es lo que hace falta aquí.
Esto porque, repito, este tipo de violencia asesina se detiene solamente cuando la aldea —toda la gente buena en Pakistán, incluidos los ancianos y líderes espirituales de la comunidad que quieren un futuro decente para su país— declara, de manera colectiva, que aquellos que perpetren este tipo de asesinatos son vergonzosos infieles que no bailarán con vírgenes en el paraíso sino que arderán en el infierno. Y lo hacen con la misma vehemencia con que denuncian las caricaturas danesas.
* Ganador de su tercer Premio Pulitzer a comentarios editoriales en 2002 por sus columnas en ‘The New York Times’. c.2008. The New York Times News Service.
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