30 Abr 2013 - 9:03 pm

El pasado de la nueva reina europea

La argentina Máxima Zorrguieta fue coronada reina de Holanda. Sin embargo, su historia no ha dejado de provocar suspicacias: es hija de uno de los hombres que apoyaron la dictadura del general Videla.

Por: Sergio Silva Numa
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Los reyes de los Países Bajos ofrecieron una recepción a sus invitados de las 18 casas reinantes del mundo. / EFE-AFP

Esta vez no hubo lágrimas. No hubo melodías nostálgicas que le recordaran a su padre ausente. El bandoneón de Adiós Nonino, aquel triste tango de Astor Piazzolla que sonó el día de su boda, sólo hacía parte de otros tiempos. Ahora, cuando le restaban apenas unos minutos para convertirse en la nueva reina holandesa, la alegría parecía ser la única invasora. O por lo menos así lo evidenciaban las sonrisas de dientes blanquísimos y los elogios de adornados discursos. Solamente la memoria de muy pocos se oponía aún a olvidar el pasado de la familia de Máxima Zorreguieta, la nueva heredera del trono.

Atrás habían quedado esas lágrimas de 2002, cuando en la Nieuwe Kierke, de Ámsterdam, ella, una plebeya que muchos criticaban por no tener sangre azul, contrajo matrimonio con el príncipe Guillermo Alejandro. Entonces, miles de habitantes veían ansiosos a la pareja que se había conocido en Sevilla en los primeros días de 1999. Los veían con agrado unos y con mezquindad otros. Los veían caminar primero y luego transportarse en una carroza de oro. Y los miraban con cierto recelo porque, más allá de las suspicacias que levantaba esa extraña condición sanguínea, Máxima luchaba por deshacerse de los aciagos años en que su padre, Jorge Zorreguieta, compartió el poder con el régimen militar de Jorge Rafael Videla.

El dictador argentino había ocupado la presidencia durante cinco años desde 1976. Las consecuencias de sus excesos y de sus negligencias fueron más de 30.000 desaparecidos, cientos de violaciones y miles de torturas. En aquel entonces, la desde hoy reina de los Países Bajos y de Orange-Nassau apenas llegaba al lustro de edad y su padre ya había logrado, tras colaborar en la consecución de los fondos para un golpe militar, la Secretaría de Agricultura. Él, desde luego, lo supo todo. Supo de las muertes y los suplicios de las víctimas. Y, sin embargo, jamás lo admitió, ni aun después de restablecida la democracia, cuando firmó un comunicado donde agradecía a los militares argentinos por su “heroica labor, al derrotar a las organizaciones subversivas y terroristas que pretendieron imponer un régimen marxista”.

Claro: las sospechas de la justicia siempre estuvieron latentes. En 2001 y en 2004 a Jorge Zorreguieta lo vincularon con varios casos de violación de derechos humanos, aunque las denuncias después fueran desestimadas. Pero, pese a ello, los recelos holandeses jamás cesaron.

Fue por eso que en 2001, poco antes de la boda real, Wim Kok, primer ministro holandés, contrató a Michiel Baud, un experto en temas latinoamericanos. Kok se encargó de investigar minuciosamente si el exsecretario de Agricultura había participado en crímenes de lesa humanidad. La conclusión no sería sorpresa: “Tuvo una posición alta. No podía ignorar lo que ocurría”. Y si a él lo señalaron por ser parte de una dictadura, a su consuegro, Claus von Amsberg, por hacer parte de otra: fue miembro de la 90ª División Panzer de Italia en 1945.

Ese informe de Kok fue justamente el mejor argumento para que el gobierno de los Países Bajos no aceptara la presencia de Jorge Zorreguieta el día de la boda. Por eso una de las peticiones de la princesa, que renunciaba a su nacionalidad argentina, había sido oír de fondo Adiós Nonino, una de las melodías preferidas de su padre. Mientras sonaba, y ante el desconcierto del público, que tal vez no reconocía las notas de esas lejanas tierras, dejó caer un par de lágrimas que conmovieron a los espectadores. Justo entonces, muchos parecieron olvidar su oscuro pasado.

Ese y un innegable carisma fueron los motivos por los que ayer todo parecía ser alegría. La música en esta ocasión era de la Sinfonietta de Ámsterdam, el Coro de Cámara Holandés, el coro infantil Nieuw Amsterdams Kinderkoor y el conjunto de instrumentos de viento Nederlands Blazers Ensemble. Por supuesto, los padres de Máxima también tendrían que estar ausentes y sólo podrían ver por televisión, como lo habían hecho hacía más de una década con la aparatosa ceremonia.

El costo total de la ceremonia había ascendido a once millones de euros entre los tulipanes naranjas que adornaban los inmensos salones, las invitaciones a la monarquía europea y los extravagantes trajes repletos de cristales y piedras preciosas. Y mientras tanto 800.000 personas observaban, tal vez pensando en cómo salir de esa punzante crisis económica en la que ha caído el continente desde hace varios años.

Al otro lado del Atlántico, por supuesto, también celebraban, aunque con más desazón y recelo. La Florialis genérica, esa enorme flor hecha en acero inoxidable en Buenos Aires, estuvo iluminada de color naranja y el Gobierno le rindió un homenaje con Un tango para Máxima, recordando que ella, próxima a cumplir 41 años, sería la segunda latinoamericana, después de la cubana María Teresa Mestre, esposa del duque de Luxemburgo, en ocupar un trono europeo. Ya no había lágrimas, ya se habían olvidado muchos recuerdos.

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