Por: Arlene B. Tickner

Santos, ¿campaña con la política exterior?

Contra los pronósticos más alarmistas, que aseguraban que las relaciones entre Colombia y Estados Unidos se tornarían imposibles al producirse el cambio de gobierno, hasta ahora Barack Obama ha demostrado ser un líder pragmático cuando de política exterior se trata.

Aunque nuestro país ya no seguirá siendo una vitrina para exhibir los “éxitos” estadounidenses en el mundo, tampoco es probable que los peores escenarios que algunos habían imaginado se concreten, por ejemplo, que Colombia se convierta en paria. 

A quienes han celebrado la visita de los ministros de Defensa y Relaciones Exteriores a Washington como un despertar positivo del Gobierno sobre la urgencia de reorientar su estrategia frente a Estados Unidos, es necesario responderles con una sana dosis de pesimismo. El dilema que enfrenta Colombia en su relación bilateral tiene múltiples facetas y no es claro que el tono de esta gira haya sido el más apropiado para enfrentarlo con éxito.

 Ser un país “problema” le ha traído beneficios considerables a Colombia.  Con el argumento de que la ayuda externa era fundamental para fortalecer al Estado y combatir el narcotráfico y la insurgencia, se logró comprometer a Estados Unidos con el conflicto interno.  Ahora que la política de seguridad democrática ha sido presentada como un éxito derivado de esa ayuda, hay que encarar el precio del progreso. Si los colombianos han sido tan exitosos  —se preguntarán en Washington—, ¿por qué siguen necesitando tanta ayuda, en especial cuando países como México enfrentan situaciones más críticas y Estados Unidos tiene menos para repartir?

Las respuestas brindadas por el Ministro de Defensa —quien ejerció como vocero oficial— dejaron bastante que desear: el Plan Colombia es una gota de agua en comparación con el gasto estadounidense en Irak y Afganistán; y, si ese país reduce su ayuda habrá serios reveses en Colombia y más drogas ilícitas en Estados Unidos. Frente a los temas neurálgicos de Derechos Humanos e impunidad, se limitó a decir que los casos de falsos positivos se habían frenado y, al estallar el escándalo del DAS en plena visita, que éste se debería cerrar.

  De ser verdadera una información publicada por Semana, Santos habría planeado visitar Washington a espaldas del Canciller y, más preocupante aún, del Presidente. Así, aunque el ministro Bermúdez logró “colarse”, fue el Ministro de Defensa quien impuso el calendario de la visita, y quien terminó imponiendo sus temas. Más allá de las ganas de figurar antes de lanzar su candidatura a la Presidencia, aún no es claro lo que buscaba, máxime porque la ayuda estadounidense para este año ya está prácticamente aprobada.

Lo que sí es cierto es que se desaprovechó este primer encuentro con el nuevo gobierno para introducirle a la relación bilateral un cambio, al menos de lenguaje, que la situación exige. Desmilitarizar la estrategia e introducirle un enfoque diplomático que sólo un Canciller —y no un Ministro de Defensa— puede brindarle, sería un paso obligado en esa dirección.

* Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes

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