Opinión |5 Mar 2009 - 11:00 pm
Clima de cambio
Por: Paul Krugman
LAS ELECCIONES TIENEN CONSEcuencias. El nuevo presupuesto del presidente Obama representa un gran rompimiento no sólo con las políticas de los últimos ocho años, sino con las tendencias de los últimos 30 años. Si logra que en el Congreso se apruebe cualquier cosa parecida al plan que anunció el jueves, pondrá a Estados Unidos en un curso fundamentalmente nuevo.
Entre otras cosas, el presupuesto llegará como un gran alivio para los demócratas, que empezaban a sentir cierta depresión pospartidista. La ley de estímulos aprobada por el Congreso puede haber sido demasiado débil y muy centrada en los recortes fiscales. La negativa del Gobierno para ponerse duro con los bancos puede ser profundamente decepcionante. Sin embargo, ahora ya desaparecieron los temores de que Obama sacrificaría prioridades progresistas en sus planes presupuestales y se quedaría satisfecho jugueteando alrededor de los márgenes del sistema tributario.
En este presupuesto se adjudican 634 mil millones de dólares en la década siguiente para la reforma del sistema de salud. Eso no es suficiente para pagar la cobertura universal, pero es un comienzo impresionante. Y Obama planea pagar la reforma a la atención de la salud, no sólo con impuestos más elevados para los acaudalados, sino deteniendo la privatización gradual de Medicare y eliminado los pagos excesivos a las aseguradoras.
En otro frente, también es alentador ver que el presupuesto proyecta 645 mil millones de dólares en ingresos por la venta de emisiones de desgravación. Tras años de negación y retraso por parte de su predecesor, el gobierno de Obama está enviando la señal de que está listo para encargarse del cambio climático.
Y estas nuevas prioridades se exponen en un documento cuya claridad y verosimilitud parecen casi increíbles para quienes nos acostumbramos a leer los presupuestos de la época de Bush, que insultaban nuestra inteligencia en cada página. Este es un presupuesto en el que podemos creer.
Muchos preguntarán si Obama podrá realmente conseguir la reducción del déficit que promete. ¿Realmente podrá reducir la tinta roja de los 1,75 billones de dólares este año a menos de una tercera parte en 2013? Sí puede.
En este momento, el déficit es enorme gracias a factores temporales (al menos, esperamos que sean temporales): una severa crisis económica está deprimiendo los ingresos y se tienen que adjudicar sumas enormes tanto para los estímulos fiscales como para los rescates financieros.
Sin embargo, si, y cuando pase la crisis, el panorama presupuestal tiene que mejorar drásticamente. Hay que tener en mente que de 2005 a 2007, es decir, en los tres años anteriores a la crisis, el déficit federal promedió sólo 253 mil millones de dólares al año. Ahora, en esos años, los ingresos se inflaron, en cierto grado, debido a la burbuja de la vivienda. Sin embargo, también es cierto que estábamos gastando más de 100 mil millones de dólares al año en Irak.
Así que, si Obama nos saca de Irak (sin enredarnos en un atolladero igualmente costoso en Afganistán) y si se las ingenia para desarrollar una recuperación económica sólida —sin duda dos enormes si—, reducir el déficit a cerca de 500 mil millones de dólares para 2013 no debería ser nada difícil.
Sin embargo, ¿no aumentará el déficit por los intereses de la deuda preliminar en los años siguientes? No tanto como se podría pensar. Las tasas de interés sobre la deuda gubernamental a largo plazo son de menos de cuatro por ciento, así que incluso un billón de dólares de deuda adicional suma menos de 40 mil millones de dólares al año a los déficits futuros. Y esos costos en intereses se reflejan totalmente en los documentos presupuestales.
Así que tenemos buenas prioridades y proyecciones verosímiles. ¿Qué es lo que no nos debe gustar de este presupuesto? Básicamente, que la perspectiva de largo plazo sigue siendo preocupante.
Según las proyecciones presupuestales del gobierno de Obama, la proporción de la deuda federal con respecto al PIB, una medida ampliamente usada para la posición financiera gubernamental, se disparará en los próximos años y, entonces, se estabilizará más o menos. Sin embargo, esta estabilidad se logrará con una proporción deuda-PIB de 60 por ciento. Eso no sería un nivel de deuda extremadamente alto según los estándares internacionales, pero sería la deuda más profunda de Estados Unidos desde los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Y nos dejaría con un espacio considerablemente reducido para maniobrar si se presenta otra crisis.
Más aún, el presupuesto de Obama sólo nos habla de los próximos 10 años. Eso es una mejoría en relación con los de la época de Bush, que sólo proyectaban para cinco años. Pero los problemas fiscales verdaderamente grandes de Estados Unidos merodean en ese horizonte presupuestal: más tarde o más temprano vamos a tener que hacernos cargo de las fuerzas que hacen mover el gasto a largo plazo, sobre todo, el costo siempre en aumento de la atención de la salud.
Y aun si una reforma fundamental a la atención de la salud controla los costos, por lo menos a mí me resulta difícil ver cómo el gobierno federal podrá cumplir con sus obligaciones a largo plazo sin algunos incrementos en los impuestos de la clase media. Sin importar lo que puedan decir los políticos ahora, probablemente haya un impuesto al valor agregado en nuestro futuro.
Mas no responsabilizo a Obama por dejar sin respuesta algunas preguntas en este presupuesto. Hay sólo una cierta cantidad de ideas a largo plazo que puede manejar el sistema en medio de una crisis severa; es probable que haya asumido todo lo que puede, por ahora. Y este presupuesto se ve muy pero muy bien.
* Premio Nobel de Economía en 2008, profesor en la Universidad de Princeton y columnista habitual de ‘The New York Times’.
© 2009 - ‘The New York Times News Service’.
-
Elespectador.com| Elespectador.com
Tags de esta nota:
- Barack Obama
- Estados Unidos
Opiniones
Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.






