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Paz | 10 Mayo 2008 - 8:09pm

El nacimiento de Emmanuel

Por: Héctor Abad Faciolince | Elespectador.com
Una muestra de maternidad heroica, un homenaje a las madres solteras de Colombia.

Es esperanzador que, al menos en el caso de Clara Rojas y Emmanuel, la constante tragedia colombiana haya tenido un final feliz. La madre y el hijo más famosos del país estuvieron varias veces al borde de la muerte, pero siempre lograron sobreponerse. Hoy viven juntos y el amor que durante tres años no pudieron darse, recompone sus vidas, sana sus cuerpos, permite olvidar la pesadilla del pasado y encarar con optimismo el futuro. La primera vez que se tuvo noticia de este hijo nacido en la selva, ni siquiera tenía su hermoso nombre bíblico (Emmanuel, “Dios entre nosotros”), sino que era un niño, según el periodista Jorge Enrique Botero, “mitad de ellos y mitad de nosotros”, en palabras que él atribuía a Tirofijo. Vino después la fuga del policía John Pinchao, que reveló su nombre verdadero y contó la crueldad de su separación. El padre del niño, al parecer un guerrillero, nunca movió un dedo por salvar a su hijo, con lo que esa supuesta mitad de la guerrilla no significa otra cosa que desprecio y abandono. Bienestar Familiar, una institución pública, funcionó esta vez, pues salvó al niño, y a Clara Rojas la salvó la esperanza de volver a verlo.

En el libro de Botero, que tenía el mérito de dar la buena nueva, pero la aberración de mezclar la verdad periodística con inventos, se contaba que el niño había nacido en una trinchera, en medio del bombardeo del Ejército colombiano, mediante una cesárea hecha sin anestesia, con el cuchillo de pelar las papas y cosida con pita. El nacimiento, exactamente tal como fue, nos lo narró con todos los detalles Clara Rojas, y este milagro de la resistencia y el deseo intenso de sobrevivir, lo ofrecemos a los lectores como una muestra de maternidad heroica y como un homenaje en su día a los miles de madres solteras de Colombia. He aquí su testimonio:

“Al principio yo ni siquiera tenía la seguridad de estar embarazada. Con las enfermedades y las privaciones de la selva los signos nunca son tan claros. Tenía varios síntomas, pero no tenía certeza. Cuando pasaron los meses, me dije, esto es como otra cosa, qué tal que esté embarazada. Los compañeros del cautiverio me aconsejaron que me hiciera una prueba. Pedí que me dejaran hablar con Martín Sombra, el jefe guerrillero que era el responsable de nosotros en este momento, y ahora preso. Le solicité que trajeran al campamento una prueba de embarazo de esas que venden en las farmacias para probar en la orina. Me la hice y dio positivo. El tipo se metió la preocupada del mundo y quiso saber quién era el padre. Yo le dije que eso no era problema suyo, que era asunto mío. Ellos no tienen ni idea de quién es el padre y respetaron mi silencio. Le dije que ellos tenían los partos en la selva como si las mujeres fueran vacas, pero que yo era primeriza y tenía cuarenta años, que eso podía ser muy delicado, que las mujeres y los niños se podían morir de parto si eso se hacía mal. Él me dijo que iban a hacer todo el esfuerzo y hasta me dio la ilusión de que me podían liberar.

Cuando tuve la certeza de que estaba esperando, ya no volví a pensar en escaparme (con Íngrid lo había intentado cinco veces), porque ellos me amenazaban diciéndome que si lo volvía a intentar, el niño iba a sufrir las consecuencias. Además, después de cada intento las condiciones empeoraban, nos apretaban las cadenas, y eso podía ser muy peligroso para mí.


Entonces entendí que todo lo que yo intentara tenía que ser para salvarnos a los dos. Yo escribía cartas permanentemente, pidiendo la Cruz Roja, escribiéndoles a los del secretariado, y cuando me quitaron a Emmanuel, pidiendo que liberaran al menos al niño. Escribía tanto que acabaron por quitarme el bolígrafo y entonces me tocaba echarles cantaleta.

Desde que fui consciente de que iba a tener un hijo yo supe que tenía que luchar como una gata furiosa para salvar a mi niño, porque si no nos moríamos los dos. Por eso hice todo lo posible por estar calmadita cuando estaba en convivencia, y cuando ya se hace inmanejable la convivencia con los demás, solicito que por favor me saquen del grupo. Cuando tenía unos siete meses de embarazo me ponen a un lado, en otro sitio, y creo que eso fue lo que me salvó la vida, porque entro en paz, puedo rezar, puedo pensar, no tengo rabia, ahí estoy a la mano de Dios.

Me aíslan para que yo esté tranquila, porque en el grupo se crea mucha tensión, para que no me atosiguen. Estoy sola, en el corral de los animales, donde ellos tenían unas gallinas y unos marranos. Esos son mis vecinos en los últimos meses del embarazo y en el parto, pero al menos ahí yo estoy tranquila. En esa soledad en la que estoy me arreglan una camita y ponen un plástico que me rodea y protege. Fue una fortuna, porque así yo siento que tengo mi propio hogar, y me levanto temprano, me arreglo, barro, lavo la ropita, la extiendo, y mientras se seca la ropa puedo coser, me dedico a hacer pañales con las sábanas. Se pasan los días, rezo, camino un rato para estar ágil, camino por la mañana veinte minutos y por la tarde otros veinte. Y como tengo las tinajas llenas de agua, me las echo todas, por la mañana me baño y por la tarde también, entonces eso me relaja mucho. No tenía la gente encima de mí, y eso al menos me daba más intimidad, más privacidad.

Aunque siempre fui sana, sabía que podía enfrentarme a algo muy grave durante el parto. Cuando yo siento que el día se acerca, les informo y ellos me dicen que van a traer un médico. El médico nunca llegó. Me empezaron los dolores y no dilaté bien. Soy primeriza y soy estrechita. Yo hago todo el esfuerzo, me paso día y medio en un trabajo de parto normal, muy doloroso, pero después de 36 horas estaba exhausta, desgastada totalmente, y ellos ven que me tienen que hacer una cesárea. Había varios guerrilleros a mi alrededor, hombres y mujeres, ahora no me quiero acordar de sus nombres. Llamaron al secretariado a pedir permiso para abrirme y cuando se los dieron, el encargado se puso pálido del susto. Trajeron un libro de medicina donde se explicaba cómo se hacía una cesárea, ellos me mostraron el libro antes de ponerme la anestesia. El enfermero que hizo la operación me dijo que él había estudiado varios años medicina, que para graduarse no le faltaba sino el juramento hipocrático. Además, ellos no le tienen miedo a la sangre, están acostumbrados; si algo se descose, lo vuelven a coser. Como no había bisturí, creo que usaron cuchillos y machetes. Los desinfectaban primero con agua y jabón, después con una vela que pasaban por el filo y después con alcohol. Tenían hilo quirúrgico, eso sí, porque allá hay que coser muchas heridas.

También tenían algún anestésico, que me pusieron por la vena para dormirme. Estábamos en el cambuche, donde habían hecho una tarima de madera, pero de todas maneras el piso es de barro, todo rodeado por los plásticos y afuera las tinajas con agua del baño, para lavar al niño y a mí. Me durmieron como a las dos de la tarde y vine a despertarme entre las siete y las ocho; lo sé porque pregunté la hora. Cuando me desperté todavía me estaban acabando de coser. Me dijeron: ‘no se mueva Clara, por favor, no se mueva, su hijo está bien’. Me lo mostraron, lo oí llorar y yo me quedé más tranquila.

No pude nunca amamantarlo, ni tenía alimento, estaba muy delgada. Me dio una infección terrible; los días siguientes tenía una fiebre altísima y el antibiótico se demoró cinco días en llegar. Me hinché tanto que yo creí que tenía mellizos y que me habían dejado el otro adentro. Me aplicaban el antibiótico por la vena, y varias veces al día me juntaban con el niño. El niño nació muy flaco, tenía frío, hacía mucho frío porque era abril y llovía todo el tiempo. Teníamos tanto frío que nos metieron en un sitio cerrado en madera, que era donde ellos tenían la enfermería, y todo el mundo prestó cobijas y toallas y con eso hicimos unas cortinitas para que no entrara tanto frío. No había ni leche en polvo y lo que le daban al niño eran goticas de


aguapanela. Además del frío, él tenía el brazo suelto, desgonzado. Un día una guerrillera me llevó una ropita bordada; no me dijo quién me la mandaba, pero yo reconocí las puntadas de Íngrid. Le puse esa ropa al niño, todavía la guardo como un tesoro.

Yo estuve al borde de la muerte varios días. Los dos, el niño también, por todas las horas del trabajo de parto, y porque al sacarlo le hicieron mucho daño. Ustedes están viendo un milagro, dos milagros. Yo quedé en los huesos, parecía una radiografía. Un día vino Martín Sombra, y al verme tan flaca me dijo: ‘tiene que comer, Clara, porque usted está que se va’. Me ponían suero y de eso viví, pero esa vez él me dio una presa de gallina, para que la chupara.

En todo caso, cuando uno siente llorar al niño, cuando lo ve dormir y estar tranquilo, se anima, lucha por la vida. A los veinte días empezaron a sobrevolar los helicópteros; y me dijeron que nos teníamos que ir, que tenía que caminar; me iban a llevar en camilla pero me aconsejaron que caminara, pero como a los 100 metros me caí desmayada. Ahí tirada en el barro yo oía que pasaba la fila de los otros secuestrados encadenados, uno los oye de lejos. Ellos oyeron al niño llorar y yo sentí las cadenas que pasaban en la oscuridad. Después de ese desmayo me tuvieron que llevar en camilla y el mismo Martín Sombra me tuvo que volver a coser varios puntos, a palo seco, sin anestesia, porque se me habían abierto, y no me podían dormir porque había que escaparse en cualquier momento del acoso del Ejército.

Después vino lo que todo el mundo sabe. La gestión de Chávez en Venezuela, la liberación, el niño que no aparecía. A nosotros nos separaron a los ocho meses del nacimiento; estuve casi tres años sin él. Ellos me dijeron que era solamente por quince días, y que era para curarle el bracito.

Por eso permití que se lo llevaran. Pero nunca volví a tener noticias claras de él. Yo pensé que estaba en la selva con algún grupo. Pensé que podía estar en otro campamento o en una vereda cercana con una familia indígena o algo así. Yo pedía que se lo entregaran a la Cruz Roja, o a mi mamá. Les preguntaba cómo podían tener a un niño como un preso político. Eso era la cosa más absurda del mundo, un niño preso político. En ese momento Bienestar Familiar ya lo había rescatado y lo tenían en un hogar sustituto en Bogotá, pero yo no sabía, nadie sabía, ni la guerrilla, que se había desentendido de él.

Desde que nos juntaron hace cuatro meses, el niño ha respondido increíblemente, es una bendición. Tiene que recuperarse de su bracito todavía, pero es un niño alegre, muy apegado a mí y a mi mamá, un niño feliz, y yo estoy dedicada solamente a él, a quererlo y a que me quiera, a nuestro futuro. Ahora nos tienen que operar a los dos, pero no son cosas grandes. Al niño le falta movilidad en el brazo, no alcanzó a tener la atención para que se resolviera todo. Requiere una cirugía y yo también, entre otras cosas para coser bien algunas partes que quedaron mal cerradas durante la cesárea. Emmanuel nació como en un pesebre, los dos estamos vivos de milagro y yo solamente le puedo dar gracias a Dios. Mi mayor preocupación son los que todavía están secuestrados en la selva. A la guerrilla le pido que los liberen a todos, empezando por Íngrid, y al Gobierno le digo que ellos, que son los dueños de casa, pueden ser más generosos. Nada más”.

El eslabón perdido

Por el caso de Emmanuel, el viernes la Fiscalía General de la Nación informó de la detención de José Crisanto Gómez Tovar. No le otorgó el beneficio de excarcelación y lo trasladó a la cárcel de La Picota en Bogotá.

Gómez Tovar figuraba en la lista de un programa de protección de testigos de la Fiscalía, pero la entidad consideró que debía afrontar cargos por rebelión en concurso con secuestro simple agravado, fraude procesal y falso testimonio.

El afectado señaló que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) le entregaron al hijo de Clara Rojas, de pocos meses, para que lo cuidara, tras ser arrebatado a su madre, quien fue compañera de fórmula de la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt.

El pequeño enfermó y Gómez Tovar lo entregó a un hogar del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en San José del Guaviare en junio de 2005. En esa época, con otro nombre, dijo al ICBF que era su “tío abuelo”. Clara Rojas, secuestrada con Betancourt en febrero de 2002, fue liberada por las Farc el pasado 10 de enero, junto a la ex parlamentaria Consuelo González de Perdomo.

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