El término “recesión democrática” fue acuñado por Larry Diamond, politólogo de la Universidad de Stanford, en su nuevo libro, El espíritu de la democracia. Además, los números cuentan la historia. Hacia finales del año pasado, Freedom House, que lleva un registro de las tendencias democráticas y electorales por todo el mundo, notó que 2007 fue, por mucho, el peor año para la libertad en el mundo desde el final de la Guerra Fría. Casi 38 Estados —lo cual representa casi cuatro veces más— declinaron en sus calificaciones democráticas, en comparación con 10 que las mejoraron.¿Qué explica esto? Una gran parte de este revés está siendo impulsada por el ascenso del petro-autoritarismo. Desde hace ya largo tiempo he argumentado que el precio del petróleo y el paso de la libertad operan en una correlación inversa, la cual defino como “La Primera Ley de la Petro-Política”. A medida que el precio del hidrocarburo sube, el paso de la libertad baja. Conforme el precio del crudo desciende, el paso de la libertad se incrementa.“En el mundo existen 23 países que obtienen cuando menos 60 por ciento de sus exportaciones del petróleo y el gas natural, y ninguno de ellos es una verdadera democracia”, explica Diamond. “Rusia, Venezuela, Irán y Nigeria son el ejemplo perfecto” de esta tendencia, en la cual los dirigentes arrebatan el petróleo con el fin de atrincherarse en el poder.Pero, si bien el petróleo es crucial para sofocar la ola democrática, no es el único factor. El declive de la influencia y autoridad moral de Estados Unidos también ha tenido un precio. El esfuerzo con miras a crear una democracia en Irak por parte de la administración Bush ha estado plagado de yerros a tal grado, por nosotros y por los iraquíes, que la capacidad y la voluntad de Estados Unidos para fomentar la democracia en otras partes ha terminado arruinada. Los escándalos de tortura en Abu Ghraib y Bahía de Guantánamo tampoco han sido de ayuda. “Se ha dilapidado considerablemente tanto el poder suave de los estadounidenses, como el poder duro, en años recientes”, comentó Diamond, quien trabajó en Irak como especialista en la democracia.Los tipos malos lo saben y están aprovechando esa circunstancia. Y uno de los lugares en los que se ve con mayor frecuencia es Zimbabwe, donde el presidente Robert Mugabe ha estado intentando robarse la elección, después de varios años de conducir a su país al hoyo. Yo diría que no hay líder más repelente en el mundo actual que Mugabe. El único que rivaliza con él es su vecino y principal facilitador y protector, el presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki.Zimbabwe fue a las urnas el 29 de marzo, y el gobierno dio a conocer los resultados apenas hace una semana. Al parecer, Mugabe decidió que él no podía reclamar la victoria, debido a que existía demasiada evidencia en sentido contrario. Así que su gobierno dijo que el líder de la oposición, Morgan Tsvangirai, había ganado 47,9% del voto y Mugabe 42,3%. Pero, como ninguno obtuvo el 50 por ciento de los votos, con la ley de Zimbabwe, ahora debe efectuarse un desempate electoral.Tsvangirai y su Movimiento por el Cambio Democrático alegan que ganaron 50,3% del voto y tienen que decidir si participan o no en la segunda vuelta, que será violenta. Figuras de la oposición ya han sido blanco de una campaña de ataques e intimidación encabezada por el Estado.Si Mbeki, en Sudáfrica, hubiera retirado su respaldo económico y político por el gobierno de Mugabe, el presidente de Zimbabwe habría renunciado hace ya mucho tiempo. No obstante, Mbeki no siente lealtad hacia el sufrimiento del pueblo zimbabwense. Su única lealtad es hacia su compinche opuesto a la colonia, Mugabe. ¿Cuál fue el objeto de ese movimiento anticolonial? ¿Que un líder africano pudiera esclavizar a su pueblo en vez de que lo hiciera un europeo?Lo que Mugabe le ha hecho a este país es uno de los actos más grotescos de un mal gobierno en la historia. La inflación es tan alta que los zimbabwenses tienen que cargar su divisa —si efectivamente la tienen— en bolsas. Escasean los productos en las tiendas; la agricultura prácticamente se ha venido abajo; prolifera la delincuencia por parte de ciudadanos que meramente están muriendo de hambre; además, la red del suministro eléctrico no puede mantener encendida la luz.¿Qué puede hacer Estados Unidos? En Zimbabwe se debe trabajar con líderes africanos decentes, como el de Zambia, Levy Mwanawasa, con el fin de ejercer presión enfocada a una transición pacífica. Y con nuestros aliados occidentales deberíamos amenazar con llevar a la camarilla de Mugabe ante la Corte Penal Internacional en La Haya —justamente como hicimos con los dirigentes de Serbia—, si siguen subvirtiendo la elección.Empero, los estadounidenses también necesitamos hacer todo lo posible por desarrollar alternativas al petróleo para debilitar a los petro-dictadores. Esa es otra razón por la cual la propuesta de John McCain y Hillary Clinton, relativa a suspender el impuesto federal a la gasolina durante el verano —para que los estadounidenses puedan conducir más y mantener en altos niveles el precio de la gasolina— no es una inofensiva dádiva. Tampoco es el fin de la civilización.Sencillamente es otro clavito en el ataúd de la democracia alrededor del mundo.* Ganador de su tercer Premio Pulitzer a comentarios editoriales en 2002 por sus columnas en ‘The New York Times’. c.2008 - The New York Times News Service.

