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Sergio Otálora Montenegro | 8 Agosto 2008 - 9:23pm

El camello de Uribe

Por: Elespectador.com
UN CAMELLO ES UN CABALLO HECHO por una comisión. Frase sabia, que cuadra muy bien con lo que estamos viviendo: el presidente Uribe, en uso de sus facultades constitucionales, decidió reunir a un minúsculo grupo de prohombres e iluminados para que proponga, a espaldas del pueblo, un proyecto de reforma a la justicia.

La historia de Colombia está plagada de este tipo de “iniciativas patrióticas”, todas ellas destinadas a ponerles curitas a profundas heridas sangrantes. A las cosas hay que llamarlas por su nombre, sin sofismas: ¿Puede la tal reforma a la justicia darnos más herramientas para el combate contra la impunidad? ¿Tendremos un Poder Judicial más independiente y expedito? ¿Les daremos a las Cortes más recursos jurídicos, políticos y materiales para cumplir su tarea? ¿La fórmula que salga de la Comisión de Notables será un instrumento eficaz en la superación de nuestra violencia endémica?

A la final, ¿por qué volvemos por caminos ya recorridos, todos ellos infructuosos, como los experimentados por los gobiernos que precedieron a la Asamblea Constituyente de 1991? Por cierto, ¿de dónde piensa este Gobierno sacar los votos para aprobar el paño de agua tibia, si su bancada está sub júdice, y el Congreso carece de legitimidad y, peor, de grandeza? No hay problema: estos inquilinos de la Casa de Nariño tienen una imaginación desbordante para el truco y el muñequeo. Alguna salida se inventarán para coronar, con mayorías prefabricadas en el Parlamento, una reforma con dientes afilados para evitar, a la fija,  que se repita el bochornoso espectáculo de la Corte Suprema de Justicia exponiendo a la picota pública a veteranos dirigentes políticos.

Todas éstas son jugarretas del uribismo, amenazado por sus propias miserias y puesto contra las cuerdas por magistrados que no han podido manejar a su acomodo. Curioso: mientras se ufana de sus victorias militares contra “el terrorismo”, inventa todo tipo de estratagemas para mantener su hegemonía que, como sabemos, proviene, de una u otra forma, del crimen.

Aquí no hay transparencia, señores. Cualquier acción, en apariencia impecable, termina manchada por la duda. La ‘Operación Jaque’ está cercada por el escándalo, a pesar de sus innegables resultados. La acción contra Raúl Reyes fue contundente en lo militar, pero aún no se ha dicho toda la verdad de los intríngulis del ataque. En el medio queda la certeza de que la mentira es recurso inagotable en esta presidencia con ganas de perpetuarse.

Que hechos tan graves como la parapolítica no produzcan un remezón institucional de fondo, con renuncias incluidas, refleja muy bien el vacío democrático que aún padece Colombia. Explica sin duda la profunda debilidad de la oposición, las severas falencias de nuestras instituciones de control (mientras unas avanzan, las otras obstaculizan o son cómplices) y la inmadurez de nuestros procesos políticos. Cualquier estructura del Estado puede ser objeto de reforma en función de la coyuntura. Quisiera saber en qué va a terminar la tutela, o qué tan efectivo y contundente será el castigo para los partidos o movimientos que se apoyen en grupos al margen de la ley para obtener ventajas electorales.

¿Qué más tragedias faltan para que esta clase dirigente entienda que nada de lo que está haciendo tiene dimensión histórica? Es obvio que confía en las bondades de la guerra y en que la violencia impida el florecimiento de nuevas alternativas políticas. Además, es obsecuente con Washington, porque allí ha encontrado miles de millones de dólares y generoso apoyo político y diplomático para su rancia estrategia de tierra arrasada.

En razón de la ofensiva de las Fuerzas Militares contra la subversión, ésta ha retrocedido veinte años en su proyecto de la toma del poder por las armas. Pero de la misma manera, el establecimiento colombiano ha perdido toda iniciativa para renovarse a sí mismo, como en las épocas más regresivas del Frente Nacional y el Estado de Sitio.

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