Pistorius apeló la decisión y ganó, pero al final le faltaron ocho décimas de segundo para clasificar a los Olímpicos. No importa, querido Pistorius, no estarás en el podio, pero te ganaste un lugar en los corazones de millones de aficionados y demostraste lo que la historia recordará como “la paradoja Pistorius”: el material de las piernas es una variable irrelevante en atletismo.
A propósito: así como tenemos un vocablo preciso para el mocho de una mano, “manco”, ¿por qué no hay una palabra específica para el mocho de una pierna? ¿Es mocho el español? Propongo, mientras lo averiguamos, la inclusión del sustantivo “panco” en la próxima edición del diccionario de la lengua.
En lugar de Pistorius vimos en Pekín una exhalación negra, un guepardo jamaiquino, un allegro del músculo llamado Usain Bolt, el hombre que paró los cronómetros en 9.69 segundos en la prueba de los cien metros planos, tres centésimas por debajo de la plusmarca mundial (también suya), nueve menos que el registro de Tim Montgomery en el 2002, diez menos que Maurice Green y Ben Johnson (Seúl, 1988), el primer terrícola que bajó de los 9.8, aunque su marca no fue homologada porque los jueces hallaron trazas de una sustancia rápida en su cuerpo.
Al segundo, Richard Thomson, Bolt le sacó 20 centésimas, que en cien metros equivale a unos 20 años (los velocistas apenas logran limarle al cronómetro una centésima de segundo al año).
El miércoles Bolt volvió a asombrar al mundo al ganar los 200 metros en 19.30 segundos, rompiendo de paso la marca que ostentaba hace 12 años Michael Johnson, 9.32, un registro que se consideraba ya el tope humano para la distancia, un guarismo imbatible por nadie y menos por un sujeto tan alto como Bolt (varias bibliotecas sobre el “biotipo del velocista” fueron a dar a la basura el jueves). Con esta actuación, Usain Bolt se convirtió en el primer atleta que gana los 100 y los 200 metros con marcas mundiales, algo que no había logrado ni siquiera el mejor atleta de la historia, Carl Lewis, “el hijo del viento”.
Al segundo le sacó 56 centésimas, unos seis metros u 8.4 eternidades, una ventaja que no se había visto nunca en una final olímpica de la distancia.
En los cien metros femeninos Jamaica hizo el 1-2-3, luego saltó las vallas con gracia felina y se convirtió en la reina olímpica de la velocidad. ¿Qué tiene esa isla que produce más velocistas por segundo que todas las potencias juntas? Puede ser el apoyo oficial, o el ritmo del calipso y el dance hall, o el pescado y sus salsas picantes, o la circunstancia de estar justo al frente del Paso de los Vientos, el estrecho que separa a Cuba de Haití. ¿Por qué los cien metros planos son la prueba reina del atletismo, la que más expectativas despierta y más titulares acapara? ¿Por qué una medalla de oro en esta prueba equivale a siete medallas doradas en natación? ¿Por qué nos importan más sus centésimas que las décimas de las otras distancias, que los centímetros de los saltos, los kilogramos de los pesistas y la destreza de los gimnastas? Nadie ha podido explicarlo. Tal vez tenga que ver con el hecho de que la velocidad resume de manera perfecta el espíritu de nuestro tiempo, nuestra loca premura.

