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Paz | 6 Marzo 2008 - 6:00pm

El día en que las víctimas se hicieron visibles

Por: Stefanie Matiz - Alejandra Rodríguez / Elespectador.com | Elespectador.com
Una vez más el pueblo colombiano dice No a la violencia. La gran marcha rindió un homenaje a 4 millones de desplazados, 15 mil desaparecidos y 3 mil personas halladas en fosas comunes.

¡Libertad para los secuestrados, dignidad para los desplazados¡ era lo que miles de caminantes aclamaban en la marcha que se movilizó desde Flandes con destino a la Plaza de Bolívar.

Ancianos, mujeres, jóvenes y niños caminaron durante horas con el propósito de evidenciar el apoyo a todas las víctimas de la violencia en Colombia y su inconformismo ante la creciente ola de desplazamiento forzado.

Según el último informe de la oficina del alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, en Colombia se presentan más de cinco mil casos de desplazamiento forzado “principalmente por ataques a la población civil por parte de la Farc – Ep y del Eln”.

Tal es el caso de Luis Alberto, que tuvo que salir de Puerto Boyacá junto con su familia debido a que la violencia llegó a las puertas de su casa, obligándolo a abandonar sus tierras y todo aquello que con gran esfuerzo había construido durante años.

Similar es el caso de Andolfo, que salió debido al acoso y persecución de los grupos armados que se debatían el territorio del Cesar. Él y su familia presenciaron la ejecución de sus vecinos en el municipio de San Alberto.

Jorge Rojas, uno de los organizadores de la marcha, aseguró que “en esta marcha confluyen varias expresiones del desplazamiento forzado en Colombia, confluyen las comunidades indígenas que están en vía de exterminio debido a esta situación, así como las comunidades afro descendientes presentes en la región del Chocó”.

Los marchantes expresaron la necesidad de que los desplazados cuenten con un mecanismo especial de reparación colectiva que les permita recuperar sus tierras y el reconocimiento como víctimas del conflicto armado.

La plaza, el lugar de encuentro

Al medio día el centro de Bogotá recibió a los marchantes. Allí sus muertos y sus desaparecidos por fin parecían tener relevancia y protagonismo.

“Duelen los secuestrados de las Farc, pero también duelen nuestros familiares, sepultados en fosas y en el olvido”, gritaba Susana López, familiar de una de las víctimas del paramilitarismo en el Magdalena Medio.

A diferencia de la marcha del 4 de febrero, que de manera unánime pedía la liberación de los secuestrados y repudiaba a las Farc, en esta movilización hubo un espacio para todos.

Los familiares de los once desaparecidos del Palacio de Justicia clamaban la verdad y la devolución de los restos de sus seres queridos, así ese derecho llegará después de 23 años.

Las mujeres viudas de la violencia, exigían reconocimiento por parte del Estado. Los desplazados querían devuelta sus tierras y su tranquilidad, los familiares de las víctimas del paramilitarismo y del abuso de la fuerza pública, clamaban justicia y reparación.

Por unas horas, los nombres y las fotos de Jorge Enrique Vargas, desaparecido en San Martín (Meta) en el 2003, Alejandro Martínez, asesinado y torturado por el bloque paramilitar “Martín Llanos” y Jenner Alfonso Moncaleano, víctima de la masacre de Mondoñedo a manos de la Dijin, vistieron la plaza.

Hubo gritos, pañuelos blancos, fotografías gigantes y sobre todo, mucho dolor. El dolor de la desesperanza, de no tener más remedio que esperar para que la impunidad no siga su curso.

“Nosotros ya no tenemos la oportunidad de volver a tener a nuestros seres queridos, sólo exigimos la verdad”, comentaba Rene Guarín, mientras sostenía la fotografía de su hermana, Cristina del Pilar Guarín, presuntamente torturada y asesinada por el Ejército en la retoma del Palacio de Justicia en 1985.

Esta era la marcha de las mil razones y de las mil dudas. La memoria de los presentes en la plaza tuvo que devolverse a las masacres del Aro, la Gabarra, Mapiripan, San José de Apartadó, La Cristalina, El Salado y todos esos eventos que pasaron por la historia de Colombia y que aún hoy, carecen de culpables.

“No creemos en la ley de Justicia y Paz, no creemos en las audiencias donde los paramilitares narran como mataron nuestras familias, sin demostrar un asomo de vergüenza y dolor”, reclamaba Enrique Ramírez, quién perdió a su hijo en la masacre de la Gabarra, Norte de Santander.

Estas, las otras víctimas, vistieron las calles de Bogotá de luto, sangre, cruces y fosas comunes. Los huesos de animales fueron la manera más próxima de recordar que muchos de sus seres queridos aún no han recibido sepultura, porque reposan en algún lugar, despedazados por la inclemencia de una violencia injusta y camuflada.

Hacia las tres de la tarde, todos ya recogían sus carteles y sus recuerdos para volver a casa. Por algunas horas, el frente de la Casa de Nariño se convirtió en el lugar para aliviar las penas gritando lo que a nadie le había importado escuchar.

“No sabemos si con esta marcha se logré algo. Pero si sólo una persona vio la foto de mi amigo y supo que su crimen es tan repudiable como cualquier otro, entonces me iré tranquilo”, comentaba Juan Carlos Díaz, mientras envolvía la pancarta con la foto de Jenner Moncaleno.

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