Opinión |22 Oct 2008 - 8:34 pm
Educadores de la democracia
Por: Rodolfo Arango
LAS MARCHAS INDÍGENAS Y LA huelga de corteros de caña son un buen termómetro para medir el progreso de la democracia en Colombia.
Excepción hecha de los muertos, heridos y encarcelados que todos lamentamos y que podrían haberse evitado, lo cierto es que el activismo de los movimientos sociales muestra una creciente participación y un ejercicio saludable de los derechos de manifestación y de huelga. Indígenas y corteros dan testimonio del aumento de la conciencia democrática. La movilización pacífica de los primeros se opone a la eliminación física de sus miembros y al incumplimiento gubernamental. La persistencia en las vías pacíficas y en la reivindicación de su ancestral cultura contrasta con la arrogancia y con la ignorancia de una clase dirigente patrimonialista, racista y clasista. La resistencia y el sacrificio de los corteros rememoran las luchas sociales de sectores oprimidos en tiempos de la revolución industrial. Las condiciones de extrema dureza en que trabajan y de pobreza de sus familias, hieren la sensibilidad e invitan a solidarizarse con los huelguistas y a reformar el régimen laboral en su beneficio.
En tiempos de conflicto social, las reivindicaciones de grupos particulares generan inseguridad y rechazo. La misma reacción se presenta en otras latitudes contra los movimientos feministas, de diversidad sexual o de minorías étnicas y culturales. La negación de la diferencia se alimenta de la falsa percepción de que las demandas de los grupos sociales dividen en vez de cohesionar a la sociedad. El miedo a la segmentación social como consecuencia de las exigencias particulares es comprensible pero injustificado. Quien explota ese miedo, gana réditos electorales y propicia la adhesión irracional a objetivos colectivos. A la base de esta actitud política se encuentra una concepción agregativa de la democracia. Según ésta, la democracia consiste en sumar votos y lograr mayorías en torno a un ideario de identidad política y de unidad nacional. La democracia de mayorías deriva fácilmente en un gobierno hegemónico. En él, quien no está con el gobernante, está contra él; el disenso es escisión; la protesta, sublevación; la oposición, subversión.
A la movilización social de indígenas y de corteros subyace una concepción de la democracia diferente. Se trata de una democracia inclusiva, basada en una política del respeto a la diferencia. Para la democracia inclusiva, el reconocimiento de los movimientos sociales es consustancial al proceso político. Reconocer al otro en sus diferencias estructurales lo invita a convertirse en agente activo y a participar en procesos de transformación de la realidad. Las diferentes visiones de mundo, de los problemas y de sus posibles soluciones, enriquecen la comunicación y la decisión democrática. No en el consenso o en la identidad cultural, sino en el disenso y en el intercambio de razones válidas y suficientes, radica la estabilidad del proceso democrático. A los extremistas de derecha e izquierda siempre les ha incomodado la segunda concepción de la democracia. Göring solía decir que ¡cuando escuchaba la palabra cultura, sacaba el revólver! Conocidas son también las limpiezas étnica, cultural y política de Lenin y de Stalin. Los ejemplos de indígenas y de corteros nos enseñan cómo hacer el tránsito hacia una sociedad democrática y pacífica de manera inteligente, activa y solidaria, no mediante el unanimismo que encubre la manipulación, la corrupción y la politiquería bajo el manto de una presunta salvación nacional.
* * *
¡Acudamos todos a las urnas el próximo domingo para construir más y mejor democracia!
-
Elespectador.com| Elespectador.com
Tags de esta nota:
- Indígenas
Opiniones
Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.




