Lo que no se imaginó era que la catástrofe estuviera en su propia casa; con funcionarios de segunda renunciados, otros de primera, atónitos como si estuvieran trabajando ad honorem, y una Colombia conmovida interiormente por orden del banquero de los ricos, Luis Carlos Sarmiento Angulo, y en emergencia social y económica por cuenta del que se las tira de Mesías financiero de los pobres, David Murcia Guzmán. Acertado en la hecatombe, así se hubiera equivocado de razones y de fecha, lo cierto es que al Primer Mandatario le toca cumplir con la segunda parte de su premonición: ir a la reelección, así esté refundida por culpa de su coalición que ha caído en el Pantano de…. Vargas.
Y ese escenario lo tiene que afrontar no sólo con un presente lleno de grietas sino también con un futuro en el que las cifras hablarán más de decrecimiento que de crecimiento de la economía. Con un Obama proteccionista que puede reducir las importaciones de productos colombianos, y con una Venezuela cuya reducción del precio del petróleo puede generar menos compras a las empresas nuestras generadoras de empleo. Además, con una disminución inversionista, al tener que revisar las multinacionales sus prioridades en todas parte del mundo. Y para hacer más difícil la situación, el presupuesto nacional aprobado para 2009 parte de una premisa falsa; crecer al cinco por ciento, con ingresos tributarios reducidos en un punto del PIB y los gastos aumentando en un diecisiete por ciento. En fin, salvo los golpes propinados a las Farc, el gobierno de los cien puntos llegará a la reelección sin muchas cosas qué mostrar.
Por eso, y por muchas cosas más, creo que no debe haber ningún temor para enfrentar una eventual reelección. Le llegó a Supermán su propia criptonita. Pero al frente debe haber propuestas y no sólo apocalipsis. Ideal crear una minga, en la que hablemos de la reconciliación entre los colombianos, pero condicionándola a que la guerrilla renuncie a que se acceda al poder mediante el uso de las armas, a que no haya más zonas de despeje y a la liberación unilateral de secuestrados. Hacer una cirugía profunda a la manera de hacer política en Colombia con campañas cortas y baratas. Reducir el número de parlamentarios, acabar con el voto preferente y hacer un país de regiones con rasgos autonómicos. Desarrollar la ley de transformación social que cursa en el Congreso, en la que hay muchos más derechos y mucho menos asistencialismo. Promover un pacto internacional que priorice la lucha contra las drogas en el consumo y en los paraísos fiscales y no solamente en la producción. Hacer una reforma a la justicia ágil y accesible al ciudadano. Recuperar la legitimidad en el Estado donde exista verdadero equilibrio entre poderes.
Estas son, entre otras, las propuestas que permitirán hacer, más que un discurso antiuribe, posuribismo, para que la gente vea alternativa. De no ser así, seguiremos asistiendo al fenómeno en donde mientras a los gobernantes locales el pesimismo nacional se les incrusta como una pega de arroz, al Presidente se le aloja como un teflón. Más cuando él actúa como si fuera la única víctima del Estado que su bancada parlamentaria se niega a reconocer.

