Actualidad |9 Abr 2013 - 10:30 am
Nueve de abril de 1948
Gaitán, el anhelo de la reforma
Bajo su inmortal lema "Yo no soy un hombre, soy un pueblo", Jorge Eliécer Gaitán configuró un nuevo orden que desafió el paradigma político tradicional que durante décadas reinó en Colombia.
Por: Catalina González Navarro y Jahel Mahecha Castro
Jorge Eliécer Gaitán, 1948. /Archivo El Espectador
Jorge Eliécer Gaitán empleó casi toda su vida en buscar la mejor forma de ser rebelde. Sin miedo a la oligarquía se atrevió a recorrer Colombia para mostrar la necesidad de revolucionar al país. Fue un político atípico, inflamado de principios que tocó y llenó de valor a la gente que nunca antes había tenido voz y voto.
La revolución emprendida por el caudillo fue según el columnista de El Espectador Gonzalo González una quimera locura que lo llevó a crear "escuelas ambulantes, a embetunar calles bogotanas, a suprimir tranvías arteriales y a imponer al Sindicato de Choferes pantalón de caqui y boinas".
Todos, en su momento, encontraron un día que Gaitán, de obsesión en obsesión, había llegado a convertirse en un caudillo de absoluta influencia. Idea tras idea fue arrebatándole a Alfonso López Pumarejo terrenos de simpatía popular, borrando la niebla que cubre la figura de jefe para buscar en el pueblo un liberalismo renovado.
A Gaitán, el dueño absoluto del ágora, le apagaron su voz el 9 de abril de 1948. La multitud se levantó enloquecida. Según los reportes de prensa ese día cayeron sin vida 1.200 manifestantes. Las mujeres desafiaban con machetes a hombres embriagados. Los disparos de los fusiles retumbaban en las casas y edificios que poco a poco fueron consumados por el fuego. Algunas personas aprovecharon el desorden para robar alimentos, prendas de uso personal y mantas. Las pérdidas materiales superaban los 68 millones de pesos de ese entonces. 3.000 personas resultaron damnificadas.
En el libro "Mataron a Gaitán", Herbert Braun afirma que en las primeras horas de la mañana del 10 de abril, las calles de Bogotá estaban desoladas, mientras en la Clínica Central, donde fue llevado el caudillo tras recibir tres disparos, doña Amparo esperaba la entrega del cuerpo sin vida. Pedro Eliseo Cruz, amigo de Gaitán, buscó un ataúd sencillo en una funeraria cercana. "Al no poder conseguir una carroza ni un camión, el ataúd fue colocado en una zorra. Lentamente recorrieron el camino desde el centro de Bogotá a la casa, unas treinta cuadras al norte".
En medio de dolor, doña Amparo se negó a autorizar el entierro de su esposo mientras Ospina Pérez, el presidente de la República, no fuera derrocado. Incansablemente insistió en que el asesinato de Gaitán era un crimen político planeado en manos de las altas esferas del gobierno conservador.
Un día después de la tragedia, dice Braun, se realizaron pocas de las aspiraciones de los gaitanistas. No se veía por ninguna parte el cambio del gobierno que habían esperado se produjera durante la noche. "Las calles vacías estaban patrulladas por soldados a quienes no conocían. Las estaciones de radio que solían escuchar estaban en silencio, y sólo podían conseguirse algunos ejemplares de El Liberal, El Tiempo. El Espectador y El Siglo no aparecieron. A través de lacónicos e intermitentes anuncios en la Radio Nacional llegaba la noticia de que el régimen conservador permanecía en el poder".
Los liberales perdieron la única esperanza que les quedaba. Gaitán fue la imagen del pueblo que se enfrentó sin temor a los políticos tradicionales. Aunque las elecciones presidenciales previstas para junio de 1950 se convirtieron en el todo y la nada de la vida pública, el adiós de Gaitán hizo que cientos de colombianos perdieran sus esperanzas en un futuro político por y para el pueblo. El país, hasta el hoy, no ha llegado a ser la gran nación que el caudillo soñó.
(*) Especial iPad, para ver más de esta edición: https://itunes.apple.com/es/app/el-espectador-app/id461138822?mt=8
Por: Catalina González Navarro y Jahel Mahecha Castro
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En 1948 dolorosos acontecimientos cambiaron la historia de la Colombia del siglo XX
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Bogotá se preparaba para recibir las delegaciones de la Novena Conferencia Panamericana que dio origen a la OEA.
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Las sesiones estaban en curso cuando al medio día del 9 de abril, el caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado
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A la luz de las espermas de la tarde invernal del viernes 9 de abril de 1948, concluyó en la Clínica Central la autopsia del cadáver de Jorge Eliécer Gaitán
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Se dio apertura a un voluminoso expediente judicial que creció en folios, testimonios y recursos, pero durante 30 años en que permaneció activo no produjo la captura de una sola persona.
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La administración Ospina decidió que para garantizar pesquisas "exhaustivas" debía designarse un investigador especial y se nombró al penalista Luis Eduardo Gacharná, quien declino el caso por su condición de Gaitanista.
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Un revolver Smith Wesson calibre 32 con cachas de nácar fue el que utilizó Roa Sierra par el crimen.
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Jorge Eliécer Gaitán empleó casi toda su vida en buscar la mejor forma de ser rebelde. Sin miedo a la oligarquía se atrevió a recorrer Colombia para mostrar la necesidad de revolucionar al país.
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Fue un político atípico, inflamado de principios que tocó y llenó de valor a la gente que nunca antes había tenido voz y voto.
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La revolución emprendida por el caudillo fue según el columnista de El Espectador, Gonzalo González, una quimera locura que lo llevó a crear "escuelas ambulantes, a embetunar calles bogotanas, a suprimir tranvías arteriales y a imponer al Sindicato de Choferes pantalón de caqui y boinas".
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Todos, en su momento, encontraron un día que Gaitán, de obsesión en obsesión, había llegado a convertirse en un caudillo de absoluta influencia.
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Idea tras idea fue arrebatándole a Alfonso López Pumarejo terrenos de simpatía popular.
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El día en que murió Gaitán la multitud se levantó enloquecida. Según los reportes de prensa ese día cayeron sin vida 1.200 manifestantes.
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Algunas personas aprovecharon el desorden para robar alimentos, prendas de uso personal y mantas. Las pérdidas materiales superaban los 68 millones de pesos de ese entonces.
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3.000 personas resultaron damnificadas ese día
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En el libro "Mataron a Gaitán", Herbert Braun afirma que en las primeras horas de la mañana del 10 de abril, las calles de Bogotá estaban desoladas, mientras en la Clínica Central, donde fue llevado el caudillo tras recibir tres disparos, doña Amparo esperaba la entrega del cuerpo sin vida.
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Pedro Eliseo Cruz, amigo de Gaitán, buscó un ataúd sencillo en una funeraria cercana.
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Al no poder conseguir una carroza ni un camión, el ataúd fue colocado en una zorra. Lentamente recorrieron el camino desde el centro de Bogotá a la casa, unas treinta cuadras al norte.
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Muchos se atreven a decir que el país, hasta hoy, no ha llegado a ser la gran nación que el caudillo soñó.
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