¿Está loco Chávez?

Se indaga a la psiquiatría si el presidente Chávez está loco. O si es
un hombre carismático pero políticamente torpe que terminará
destruyéndose a la par con sus proclamas libertarias. Si su supuesta
locura es peligrosa o, más bien, el libreto de una novela  mediática.
Si su aparente locura es mental o moral. Si, de hecho, no constituye
una locura el que, en pleno siglo XXI,  un líder tercermundista
arrastre a su pueblo al fracaso histórico reeditando modelos económicos
superados. Ante su temple camorrista la gente disfraza su temor en
chistes y quiere saber qué dice la ciencia.  <br />
  <br />

La respuesta es aventurada. La psiquiatría no pregona certezas absolutas. En apenas un siglo vimos pendular sus paradigmas entre los extremos del idealismo psicoanalítico y del materialismo biologista. Como ciencia se mueve saludablemente en medio de incertidumbres. Siendo sus análisis procedimientos privados, puede incurrirse en lo que Freud llamó el psicoanálisis silvestre ejercido en  cocteles, cafés o peluquerías. Algunos personajes públicos desgranan, sin embargo, tantas pistas que permiten lícita y éticamente arriesgar  hipótesis clínicas, entre otras cosas por motivos de interés general.

El diagnóstico psiquiátrico integra las claves de la genética y del temperamento con las vicisitudes de la historia individual que modelan sobre aquellos una personalidad sana  o patológica. Un perfil del coronel basado en lo que de él  publican los medios sólo puede señalar aspectos externos de biotipo, temperamento, personalidad y genérica semiología. No admite sesgos ideológicos. Sólo el totalitarismo psiquiatrizó a los rivales.

Dentro de las clasificaciones clásicas de biotipo corporal el coronel se enmarca dentro  de lo que Kretschmer denominaría pícnico atlético, es decir un gordito musculado. El substrato pícnico predispone a la emocionalidad  y el atlético a la impulsividad agresiva. Visceral y emotivo hasta la caricatura, la  impulsividad le ha acarreado a Chávez reiterados tropiezos.

¿Qué alimentó en este hombre su necesidad de poder y protagonismo?  No lo sabemos. Desde luego sus tempranas experiencias afectivas y lecturas. Sus padres, maestros de escuela, y sus ancestros se pierden en la irrelevancia provinciana de Barinas. Su abuela de crianza le contaba historias de un cruel guerrero, su bisabuelo. ¿Por qué, pues, su homeostasis psicológica le demanda ser tratado como el más hermoso, el más listo y el  predestinado a cambiar su mundo? ¿Su mezcla racial de etnias indígenas y negras nutre su discurso de resentido? ¿La experiencia latinoamericana de injusticias  históricas no inculcó acaso el afán de lucha en la mente de millones de jóvenes, como él,  testigos de la triunfante revolución socialista? ¿Qué otros imperativos inconscientes decretaron su destino? Aquí el diván freudiano quizás permitiría bucear en sus honduras psíquicas.

Lo que es claro es que clínicamente Chávez no está loco. No se cree irracionalmente sus propios mitos. Y  no ha roto la prueba de realidad  alucinando sus sueños de grandeza. Su símil con el liberador no pasa de ser una estrategia populista o un idea sobrevalorada.  Para sus adentros él sabe que no es Bolívar redivivo y que Bush no es Satán encarnado. Son toscos símbolos publicitarios. Tampoco delira con supuestos enemigos. Es una maniobra para encubrir errores o intenciones expansionistas. Ni siquiera es seguro que albergue la idea fija de  la redención de los pobres. Los dictadores más bien suelen utilizarlos para su beneficio.



El coronel no padece, pues, una paranoia clásica. Tampoco padece un Trastorno Bipolar como, por su afectividad expansiva,  sugieren algunos. ¿Es ciclotímico? No hay  datos fiables. No siendo un loco delirante, serán su modo de ser, su pensamiento y sus valores los que nos  remitan a las razones de su actuar. Su destructividad, sus apasionamientos ideológicos sin matices.

Es decir, su personalidad básica. Pues podría ser simplemente un rebelde, un bribón envanecido, un patán o un fanático y  no por fuerza un loco. Locura suele ser una acusación lanzada frívolamente contra excéntricos o contra quienes nos amenazan. A más que los dictadores crean sus propias mitologías. ¿No reinó Fidel  cincuenta años en su isla con el mito de la revolución y del imperio como providencial enemigo? A este respecto, por simplista que parezca,  este proyecto existencial básico, el reinado insular,  es sueño neurótico de muchos y parece ser el de Chávez, quien no lo disimula. Mas, articular proyecto tal en un caudillo requiere la conjunción de una personalidad y unas circunstancias determinadas.

Las personalidades Narcisistas y Paranoides reúnen características de grandiosidad y megalomanía no delirante. Son individuos dominantes, presuntuosos, megalómanos, suspicaces, que se creen superiores sin serlo. La desconfianza y prepotencia paranoides originan querellas por poder que en un jefe de estado serán pleitos bélicos o diplomáticos, purgas, persecución o invención de enemigos políticos. La personalidad histriónica conjuga, por su parte,  emocionalidad y teatralidad. El histrionismo reclama incesantes atención y aplausos. ¿No estamos hablando de Chávez? Su psiquiatra en tiempos de prisión y de su primer divorcio, doctor Edmundo Chirinos lo afirma: “Chávez necesita ser idolatrado”.

Antes del frustrado golpe y de Miraflores el coronel, empero, era un individuo disciplinado, ambicioso, con una carrera militar brillante. Inquieto intelectual y artísticamente, escribió cuentos, dramas y poemas. Ama el folclor. Buen amigo, sus admiradores le acreditan humanidad, calidez, solidaridad. Ciertamente.  ¿Y entonces?

Aquí aparece el factor poder. Un exdiputado amigo de infancia lo define así: “A Hugo lo enfermó el poder. Antes era un joven tímido que se la pasaba leyendo libros.”  El poder, experiencia extraordinaria en la vida de cualquier hombre, es capaz de desquiciar las defensas corrientes y sacar a flote lo mejor y lo peor de sí mismo. Con los halagos continuados el ego humano se expande  liberando rasgos larvados o reprimidos y dando origen a una personalidad más libre. Se pierden los límites psicológicos. Pero sucede que lo básico no cambia. Su educación y sus maneras lo traicionan y si Chávez es en la vida privada auténtico y chabacano, ante las cámaras, con las galas del poder, luce como un chafarote de opereta. Desentona y  la majestad del poder le chilla.

Externamente el coronel es en síntesis, para un psiquiatra televidente, un pícnico atlético con rasgos narcisistas, paranoides e histriónicos de personalidad que afloraron reactiva y tardíamente en la orgía del poder y que despliega con cálculo de demagogo. Se crea su propio mito.  Fruto de sueños revolucionarios, aunque esculpe una idiosincrasia  megalómana alimentada por fantasías imperiales, técnicamente no está loco. Habla un presidente. Lo que la gente percibe como locura tiene que ver más con el aparente anacronismo de su proyecto político, y lo brutal, sorprendente y pintoresco de su estilo frente a las responsabilidades y la majestad del poder. Esa incongruencia, sobre todo para aquellos a quienes amenaza,  sugiere insania y despierta ansiedad.

No estando loco ¿resulta menos peligroso Chávez para sus enemigos? No por cierto. Cuerdo resulta más,  dado que aunque la guerra parece cosa de locos, más lo es de hombres cuerdos. La locura moral, la locura erasmiana es la necedad humana. Belicistas locos como Hitler son excepción en la historia. No es la psiquiatría, sin embargo, sino la sabiduría popular la que dicta que el hombre  soberbio propiciará su propia caída. La pregunta es si para realizar su sueño guerrero, este hombre incendiará el continente. Porque a veces quien no puede inmortalizarse como el gran redentor puede intentarlo como el gran destructor.   

* Médico Psiquiatra. Miembro Socedad Colombiana de Siquiatría

Temas relacionados