Cienciología, una religión de ciencia ficción

Lafayette Ronald Hubbard, un prolífico escritor de aventuras interplanetarias e inventor de uno de los movimientos religiosos más controvertidos de las últimas décadas, es el personaje central de un nuevo documental de HBO.

De todas las maneras que tiene un escritor de ciencia ficción de alcanzar la fama, sin duda la más original fue la elegida por Lafayette Ronald Hubbard. No llegó a ella a través de sus numerosos relatos firmados con diversos seudónimos (Rene Lafayette, Tom Esterbrook, Kurt von Rachen, Captain B.A. Northrup, Winchester Remington Colt), sino en su calidad de fundador de la Iglesia de la Cienciología. Y, aunque a primera vista ambas cosas no parezcan relacionadas, su capacidad inventiva de aventuras interplanetarias resultó decisiva en la génesis del credo cienciológico.

De entrada, la ciencia ficción le proporcionó el trampolín desde el cual se lanzó al estrellato como profeta visionario. En concreto, fue en el número de mayo de 1950 de Astounding Science Fiction, decana de las revistas del género de Estados Unidos, en donde, con el artículo “Dianetics: the Evolution of a Science”, presentó en sociedad su “tecnología de curación espiritual”.

La dianética tomaba de Freud la idea de la estructura tripartita de la mente y la premisa de que los problemas psicológicos se enraízan en el pasado.

Prometía eliminar las huellas dejadas por recuerdos traumáticos, los “engramas reactivos”, mediante una auditoría en cuyo curso el paciente, estimulado por un auditor, revivía los episodios negativos hasta borrar su impronta. Por si eso fuera poco, la nueva “ciencia de la mente”, al llevar el cerebro al nivel óptimo, impulsaría la evolución humana a un estadio superior, el Homo Novis.

Al artículo le siguió un libro, Dianetics: The Modern Science of Mental Health, que vendió millones de ejemplares. El escritor creó entonces la Fundación de Investigación en Dianética, abocada a curar todo tipo de males psicológicos y psicosomáticos. La dianética se convirtió en la psicoterapia de moda. Sus contenidos de autoayuda aumentaron su tirón: cualquier par de amigos podía auditarse mutuamente; con 15 minutos de auditoría, afirmaba la publicidad, se obtendrían más beneficios que en cinco años en el diván.

El descontrol financiero, las peleas internas y la acusación de ejercicio ilegal de la psiquiatría acabaron con la Fundación. Hubbard perdió hasta el copyright del nombre dianética.

No se desanimó; en 1954 relanzó su doctrina en Los Ángeles bajo otra denominación: Iglesia de la Cienciología (del griego “saber cómo saber”). Sus ambiciones eran ahora mucho más vastas: la dianética perseguía la salud física y mental; la cienciología, ‘‘estudio y manejo del espíritu en relación con sí mismo, los universos y la otra vida”.

El cambio de objetivos vino teñido de misticismo. Hubbard pergeñó una teología protagonizada por los thétanos, entes que representan la dimensión inmortal de la persona. Tales espíritus venían encarnándose en seres humanos desde tiempo inmemorial. La salvación pasaba por lograr que el thétano propio se liberase de su carga negativa y adquiriera control sobre su entorno a través de un proceso de purificación corporal combinado con el estudio de los textos cienciológicos.

Así, lo que surgió como un tipo de psicología popular desembocó en un culto en toda la regla. Al dar el paso, Hubbard rompió con sus referentes, en particular con Freud, quien había tachado a la religión de ‘‘neurosis obsesiva universal de la humanidad”. Pero del maestro vienés nunca olvidó una lección: cobrar a buen precio la ayuda terapéutica.

Al distanciarse del psicoanálisis, Hubbard buscó otras fuentes de inspiración. Al meollo terapéutico de la dianética le añadió las ideas de la transmigración y de la salvación, como “limpieza del karma”, sacadas del budismo y el hinduísmo.

Pero, sobre todo, echó mano de un bagaje que conocía al dedillo: la ciencia ficción. De su acervo escogió algunos tópicos populares: la invasión alienígena, los universos lejanos y los seres con superpoderes adquiridos por medios técnicos o espirituales.

Hubbard, que aparcó su carrera literaria para volcarse a su apostolado, trasvasó su fecunda creatividad al evangelio cienciológico. Lejos de negar los ostensibles parecidos entre su dogmática y la ciencia ficción, los justificó argumentando que este género funciona como un mecanismo de reminiscencia colectiva de lo sucedido a los thétanos en la noche de los tiempos.

Y así, con retales de ficciones y de diversas creencias se confeccionaron los artículos de fe de la cienciología. La jugada tuvo éxito: hoy sus portavoces dicen contar con diez millones de fieles —entre ellos celebridades como Tom Cruise, John Travolta, Isaac Hayes y Juliette Lewis— y más de seis mil templos, misiones y grupos en 150 países. Más reticentes se muestran a la hora de precisar el trasfondo económico de una fe que funciona como una multinacional presente en diversos rubros (editoriales, rehabilitación de drogodependientes, producción de audiovisuales y empresas) cuyos activos se valoran en muchos millones de dólares.

¿Cómo pudo un escritor de un género menospreciado alzar semejante imperio? Ciertamente, nada parecía predestinarlo a ello. Nacido en 1911 en un hogar modesto de Nebraska, Hubbard se ganó la vida durante años produciendo relatos para revistas pulp, publicaciones de papel barato que gozaron en Norteamérica de enorme popularidad entre los años 20 y 40.

Capaz de escribir entre 70.000 y 100.000 palabras al mes, se convirtió en el rey de la velocidad de los autores pulp. Tocó todos los palos: novelas del oeste, de misterio y de fantasía, aunque fueron las de ciencia ficción las que le hicieron popular. Ejemplos de ello son Final Blackout (1948) y To the Stars (1950), historias de héroes solitarios destinados a salvar el mundo con sus poderes mentales sobrehumanos.

La Segunda Guerra Mundial interrumpió su carrera de escribidor a destajo. Durante su etapa en los marines se empapó de lecturas de psicoanálisis, hipnotismo, filosofía oriental. Una vez desmovilizado, regresó a California y, como a tantos veteranos, le costó readaptarse a la vida civil. En esos años se vinculó a la secta esotérica de Aleister Crowley, aficionada a ritos sexuales mágicos.

Un lío de faldas acabó con la asociación, dirigida por un experto del Jet Propulsion Lab, aunque Hubbard sacaría provecho de lo aprendido, tanto en lo simbólico (la cruz de ocho puntos que adoptaría como emblema de su iglesia) como en la organización de una grey de creyentes. Retomó sin gran éxito la producción de relatos de ciencia ficción, mientras sintetizaba por escrito lo que había rumiado de sus lecturas y experiencias, con los que tendría un éxito inesperado.

Resulta fácil burlarse de la cienciología, pero, en justicia, ¿qué religión, examinada a la fría luz de la razón, no se reduce a un manojo de nociones descabelladas?

Más productivo sería intentar entender por qué, de todos los espiritualismos de la New Age, la cienciología fue el más exitoso. Quizá una respuesta radique en que esta, en contraste con antiguallas como el esoterismo de Crowley, adicto al ocultismo, la magia y las sociedades secretas, es un producto contemporáneo, un resultado de la fascinación norteamericana por la ciencia, la tecnología y el coaching, un budismo high tech que concilia modernidad y afanes de trascendencia.

En una era desencantada, la anticipación científica aporta épicas cósmicas, prodigios tecnológicos y una apertura al futuro que hacen de ella un sucedáneo de religiones anquilosadas y un envoltorio resultón de las más variados discursos.

¿Creía Hubbard en lo que predicaba o era el impostor que dicen sus críticos? Una cosa parece seguro, y es que al mostrar que un autor de relatos pulp podía crear una realidad a su gusto manipulando conciencias y fantasías, hizo su biografía digna de una pesadilla de Philip K. Dick.

 

 

AGENCIA SINC

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