Exploradores del Chiribiquete

A principios de los 90, un grupo de expedicionarios descubrió en la serranía del Chiribiquete el complejo de pinturas rupestres más extraordinario y antiguo del continente.

Entramado pictográfico conocido como el ‘Yacimiento de los jaguares’, fotografiado por el naturalista Thomas van Der Hammen.  / Cortesía Parques Nacionales Naturales
Entramado pictográfico conocido como el ‘Yacimiento de los jaguares’, fotografiado por el naturalista Thomas van Der Hammen. / Cortesía Parques Nacionales Naturales

A finales de 1987, en el aire, a bordo de un Cessna 206, comenzó la travesía que años más tarde llevaría a Carlos Castaño-Uribe, jefe de Parques Nacionales entre 1985 y 1998, a coordinar tres de las expediciones científicas más importantes que se hayan realizado en la Amazonia colombiana. Travesía que terminó entregando una primera radiografía de la riqueza ecosistémica del lugar y que concluyó con el hallazgo de medio millón de pictogramas ancestrales.

Una tormenta obligó al piloto Eduardo Álvarez a desviar la ruta hacia Leticia y virar hacia Araracuara, en el suroccidente del país. “Entre la bruma y el horizonte comenzaron a aparecer estas majestuosas estructuras rocosas que nos obnubilaron. Nos gastamos dos horas, y toda la gasolina, recorriendo la serranía desde el río Mesai hasta el Apaporis”, recuerda Castaño. (Vea algunas de las imágenes).

Este fue el primero de 17 sobrevuelos realizados durante los dos años siguientes, viajes que permitieron la delimitación de la más grande área protegida de Colombia: el Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete, de 1’298.900 hectáreas entre Caquetá y Guaviare, declarado en septiembre de 1989. Con la decisión se consolidaba el sistema de áreas protegidas ideado por el reconocido naturalista Jorge El Mono Hernández a mediados de los 70.

Desde arriba el Chiribiquete sólo despertaba interrogantes. La selva era un misterio y los tepuyes, mesetas especialmente abruptas, con paredes verticales, sugestivamente emparentadas con las guyanenses del nororiente suramericano, avivaban la curiosidad. La idea de que ese lugar pudiera albergar impresionantes descubrimientos biológicos y arqueológicos se instaló en la cabeza de los principales investigadores del país.

Los antecedentes del paso de expedicionarios por el Chiribiquete eran importantes, pero escasos. Durante la mitad del siglo XVIII un grupo de misioneros franciscanos registraron los primeros encuentros con miembros de la etnia aborigen karijona en cercanías del río Apaporis. Luego, en 1782, Francisco Requena, ingeniero y militar español, recorrió los ríos Cumaré, Mesai, Amú y Yarí, y aseguró que el número de karijonas de esa zona podría acercarse a los 15.000.

Pero las características más fieles de estos aborígenes las entregó el médico, naturalista y antropólogo alemán Karl Friedrich Philipp von Martius, quien recorrió la parte sur del Chiribiquete (hacia Araracuara) en 1810. Von Martius se encontró con karijonas que vivían en las partes altas de los tepuyes, remaban de pie, impulsados por largas pértigas y usaban ceñidas fajas en el tórax y las caderas.

A comienzos del siglo XX los karijonas fueron desplazados por los caucheros colombianos y peruanos contra los que intentaron rebelarse. El etnólogo alemán Theodor Koch-Grünberg describió en 1903 las primeras luchas. Los clanes padecieron la muerte y la esclavitud y el Chiribiquete terminó deshabitado.

Pasó medio siglo antes de que Richard Evans Schultes, el más importante explorador de plantas amazónicas del siglo XX, recorriera Chiribiquete a mediados de los 50 para recolectar especímenes cerca del río Tunia y hacer las primeras descripciones de la fauna.

Lo que esperaba a los exploradores de los 90 era insospechado. Parques Nacionales, con Carlos Castaño-Uribe a la cabeza, convocó a 35 científicos de alto nivel de los institutos de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, de Zoología y Botánica de la Unidad Investigativa Federico Medem y de Arqueología y Geología del Inderena, junto con importantes figuras como El Mono Hernández y el geólogo holandés Thomas van Der Hammen que completaron el equipo.

“No sabíamos qué íbamos a encontrar. Ninguno de nosotros había visto nunca algo similar. De esa selva podría salir cualquier cosa”, cuenta el exdirector de Parques.

“Había muchas plantas raras que no estaban en los herbarios de Colombia, se respiraba la emoción de los científicos por encontrar especies nuevas. Era impresionante. Estabas volando y de repente veías paredes con manchas rojas y te acercabas y te dabas cuenta de que eran pinturas. Muchas huellas de manos de hombres, animales dibujados, escenas de caza. Aterrizábamos a través de cuerdas y luego caminábamos tres o cuatro horas para llegar a las paredes con pictogramas”, cuenta Marcela Cano Correa, hoy jefa del Parque Nacional Natural Old Providence McBean Lagoon.

Durante las expediciones de 1990, 1991 y 1992 los investigadores encontraron más de medio millón de pinturas rupestres de 1.000, 4.000 y hasta 20.000 años de antigüedad, dentro de 36 abrigos rocosos que resguardaban uno de los testimonios culturales más importantes del pasado prehistórico de la Amazonia. Las investigaciones concluyeron que los tepuyes de Chiribiquete fueron sitios sagrados a los que sólo tuvieron acceso personas con altos poderes espirituales, chamanes.

“Las primeras noches acampando al lado de esos abrigos, la mente no se quedaba quieta. Comencé a hacer cuadros mentales reuniendo piezas en las que encajaban unas figuras con otras. Engranajes a los que no he renunciado durante los últimos 20 años. Esos elementos pictóricos primitivos son únicos”, cuenta Castaño-Uribe.

La reconstrucción de los simbolismos atrapados en las pinturas reveló que el jaguar fue el referente más importarte del arte pictórico del Chiribiquete. El felino, considerado por los indígenas el hijo que el sol había engendrado con la luna, se proyectaba como símbolo de poder, fiereza, supremacía y habilidad. Acompañando al jaguar aparecen pintados chamanes, manos, venados y animales presas. Se cree que los chamanes visitaban este lugar para equilibrar las energías de sus clanes.

“El primer contacto con las pinturas fue sorprendente. Me quise desvanecer la primera vez que me acerqué a una de esas manchas rojas y las vi de cerca. Eran innumerables figuras diminutas, preciosas (miniaturas de un centímetro y otras imágenes de hasta 1,5 metros). Jamás imaginé la exquisitez del detalle, la minuciosidad. Con el ‘sabio’ Hernández y el gran Van Der Hammen teníamos conversaciones incansables sobre nuestros diarios de expedición. Fueron momentos invaluables”, recuerda Castaño-Uribe.

En una entrevista entregada a la revista Cromos, el naturalista Thomas van Der Hammen (1924-2010), recuerda sus hazañas en el Parque: “Uno de los grandes trabajos de mi vida fue la caracterización de los paisajes del Chiribiquete. Lo recorrimos en canoa y con motores de quince caballos, en jornadas de tres y cuatro días, con apoyo de la Fundación Puerto Rastrojo. Entramos por los ríos mayores (Mesai, Cuñare, Amú, Apaporis, Ajajú, Puré), hicimos interpretación de la vegetación con imágenes de satélite, inventarios de aves, insectos, plantas por grupos en cada unidad de paisaje, desde los tepuyes hasta los bosques de tierra firme e inundables”.

A pesar de los extraordinarios hallazgos que entregaron estos acercamientos científicos, la guerra terminó con las expediciones en el Chiribiquete. “En 1992 montamos la estación de investigaciones científicas Puerto Abeja, pero en el 2002 la presencia guerrillera obligó a detener los estudios y sólo hasta hace cuatro años regresamos. Motivados por la idea de Parques Nacionales de ampliar la reserva, realizamos los estudios de información biológica que justificaron la ampliación del Parque”, cuenta el biólogo Patricio von Hildebrand, director científico de Puerto Rastrojo.

La ampliación del Chiribiquete se firmó el pasado miércoles ante el presidente Juan Manuel Santos. La reserva natural pasó a ser la más grande de la Amazonia, con un total de 2’782.353 hectáreas. Lo equivalente a proteger el área de un país como Bélgica. Ahora el reto para Julia Miranda, directora de Parques Nacionales, será convencer al Gobierno de que un área protegida de esta magnitud necesita una importante financiación. Por lo pronto, la curiosidad de los investigadores vuelve a avivarse. Creen que es tiempo de volver a campo.