"Prohibido hablar con el conductor"

Al subirse al bus lo primero que notó fue un luminoso aviso que les recordaba a los pasajeros que no se permitía hablar con el conductor. Se trataba de una nueva costumbre que trataba de implementar la municipalidad y que no era muy bien acogida —sobre todo por los choferes.

Se pretendía instaurar el silencio en el trópico, pues tampoco se permitía que sonara música ni que se subieran al bus vendedores ambulantes ni artistas del hambre. Así iban las cosas. Los que más aplaudían las medidas eran los que siempre iban en coche. Al resto le daba casi lo mismo. O quizá no, pues el resto era de los que se subían por la puerta de atrás, pagando la mitad del pasaje.

Ahora, con las nuevas máquinas automáticas y el orden marcial de los paraderos, el rebusque debía seguir a pie. Mientras eso pasaba, en los avisos de neón de los buses se leía que por fin habíamos alcanzado el primer mundo. Así son las cosas. Siguiendo pues los nuevos tiempos, Pompilio Téllez marcó la tarjeta, pasó la registradora y buscó su puesto, sin saludar al conductor, a lo que éste respondió con un irónico: “Buenas tardes... a la gente se le olvidó saludar”.

Pompilio, nuestro único pasajero, no supo si debía responder el saludo, pues el aviso le intimidaba. Pensó que era mejor-no-hacerlo, pues podía haber cámaras de seguridad escondidas que registraran cada infracción y quería evitarse problemas. Así que se sentó al final del pasillo y se distrajo mirando por la ventana. El bus rodaba por el este de la ciudad, una zona distante para él. Un par de cuadras más adelante se subió una anciana y saludó efusivamente al chofer, como si se conocieran de toda la vida. Ante el saludo, el chofer se largó a hablar y cada tanto criticaba a la “gente que no saludaba”.

Pompilio trataba de ignorarlo pero la mirada inquisidora de la vieja lo ponía cada vez más nervioso. Miraba de reojo el aviso y sonreía. De repente la vieja empezó a hablar con él y le preguntó en dónde podía bajarse para ir a la iglesia XXY. Como no había escuchado nunca esa iglesia, se le ocurrió que podría preguntarle al chofer. La vieja no podía moverse bien y no quería moverse de su silla.

Pensó que haría parte de su trabajo ayudarle a la gente a encontrar su destino, pero se equivocó. Apenas se acercó al chofer, éste le señaló con el dedo índice el aviso de “prohibido hablar con el conductor” y luego se llevó el dedo a la boca y lo calló. Pompilio insistió un par de veces pero no obtuvo respuesta. Entonces se volvió hacia la vieja y le dijo que no podía ayudarla.

Mientras tanto el chofer había retomado su monólogo y se quejaba por lo que él llamaba la “absurda regla de no poder escuchar a la gente... pero menos mal no está prohibido que el chofer hable” y de allí saltó a hablar de su antiguo trabajo como cartero y no paró más durante todo el trayecto. Habló de su mujer y de sus hijos, de la política del país desde la Independencia y de los alienígenas que nos visitan cada vez que hay elecciones.

La vieja, por su parte, se fue quedando dormida en medio de tantas letanías y Pompilio creyó que no sería prudente despertarla cuando vio la iglesia XXY. Al chofer se le olvidó o no le importó. Tres paradas más adelante, Pompilio timbró y se bajó del bus sin hacer ruido. En la noche todavía pensaba si debió haberse despedido o no.