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Actualidad 19 Dic 2012 - 8:46 pm

Escritores como McCarthy y Asimov también han hecho sus predicciones

Un final de película

El cine ha intentado predecir cómo serán los últimos días de la Tierra. ‘Melancolía’ y ‘12 monos’ , entre muchas otras, han pronosticado posibles desenlaces.

Por: Sergio Silva Numa
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En ‘Melancolía’, de Lars Von Trier, un planeta oculto detrás del Sol amenaza con chocar a la Tierra.

Lo primero fue el miedo. Un miedo inexorable que empezó a colarse en su mente desde que la remota idea del fin del mundo había sido anunciada. Claire (Charlotte Gainsbourg), que repasa “el baile de la muerte” que se anuncia en internet, no puede evitar la ansiedad, el desasosiego. Su llanto, sus ojos observando la cercanía de un planeta que chocará con el nuestro es, quizás, el reflejo de ese miedo que hoy asalta a miles de personas.

Así lo representó Lars Von Trier en su película Melancolía (2011). Así, mezclando la cordura y los desequilibrios que puede causar esa idea, el polémico danés expuso, como muchos, ese sentimiento de terror, que es tal vez el culpable —junto a altísimas dosis de curiosidad— de haber despertado años antes la fantasía. Y con ella, un gran número de relatos de ciencia ficción que, a través de imágenes, sonidos y palabras, han pretendido narrar el final de la Tierra.

Quizás, esa mezcla indisoluble es la que ha hecho que a lo largo del siglo XX y el XXI hayamos sido testigos de una gran producción de películas que muestran los posibles desenlaces de la raza humana. Y pese a que desde hace décadas, con largometrajes como El día en que la Tierra se detuvo (1951), se anunciaron estos rodajes, su realización ha aumentado en los últimos lustros.

De hecho, años antes, con la transmisión radial de la Guerra de los mundos, ya se evidenciaba esa tendencia en los medios de comunicación. Era octubre de 1938 y Orson Welles, basado en la novela de Herbert George Wells (1898), y que Spielberg retomaría en 2005, sembró el pánico en Nueva York y Nueva Jersey. Muchos ciudadanos salieron entonces a las calles invadidos de miedo, creyendo que naves marcianas ocuparían su territorio.

Esa alteración que sintieron algunos aquella vez, es la misma que el cine se ha encargado de revivir a través de películas que exploran a fondo las emociones humanas. Von Trier, con marcados contrastes entre Justin y Claire, sus protagonistas, y cuestionando argumentos científicos que parecen infalibles, evidencia la pequeñez de la Tierra ante inmensidad del universo. Al final, la misma melancolía se lleva todos los recuerdos.

Y a veces, ante las catástrofes que han vaticinado, son esos recuerdos lo único que sobrevive. O, por lo menos, así pasa en Le jetée, la película francesa que Chris Marker le presentó al mundo en 1962 y que después sería el principal argumento de Terry Gulliam en 12 monos (1995). En ambas, otra de las teorías que circulan sobre el fin de nuestra era se hace efectiva. Marker, en su caso, presenta por medio de fotografías un París destruido por la radioactividad. Frente a la única opción de refugiarse en una ciudad subterránea, los humanos se aferran a lo único que tienen: sus recuerdos. Con un viaje a través del tiempo pretenden corregir errores y alcanzar fuentes de existencia, hasta que la muerte los sorprenda de nuevo.

Como esos largometrajes, aunque carentes de la misma calidad cinematográfica, se pueden mencionar varios producidos en las últimas décadas: Mad Max (1979), Armageddon (1998), El día después de mañana (2004), Niños del hombre (2006), El fin de los tiempos (2008), 2012 (2010) y The road (2009), entre muchos otros.

Este último, como ha sucedido en varias ocasiones, es la puesta en escena de un relato literario. La carretera, con el que estadounidense Cormac McCarthy ganó un Pulitzer en 2007, es el libro de donde surge la historia de soledad, de desesperanza y de silencio. El ambiente lúgubre que nos muestra McCarthy con un lenguaje sobrio y con diálogos cortos y escuetos, refleja el entorno que viven los sobrevivientes de una catástrofe. Padre e hijo, entonces, tienen que hacerle frente a la maldad de seres que los acechan en el largo recorrido por la supervivencia.

Como en el cine, en la literatura varios autores, como McCarthy o H. G. Wells, se han encargado de imaginar el fin de nuestros días. Entre ellos, con un sorprendente desborde de imaginación, se encuentra Isaac Asimov. Su mezcla de fantasías futuristas y de problemas energéticos que agobian a la humanidad queda en evidencia en La última pregunta, uno de sus más famosos cuentos. En él, tras la excesiva explotación de uranio y carbón, las fuentes de electricidad se agotan. El sol, como único recurso, no soporta la ambición del hombre, como tampoco lo hacen la infinidad de estrellas que conquistamos. “El universo está muriendo (...) Las galaxias se convirtieron en polvo y el espacio se volvió negro”, dice en sus párrafos finales.

Y aunque tal vez el final no llegue en estos días como lo pronostica la ficción, lo cierto es que, como lo reprodujo Conrad en El corazón de las tinieblas y lo replicó Ford Coppola en Apocalypse now, desde hace mucho tiempo el horror se ha ido apoderando de nuestro mundo. Quizás por eso, como lo decía Justine en Melancolía, pese a que no suceda, ante el fin “no tenemos que lamentarnos”.

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